ODINISMO: LA RELIGIÓN DE LA NATURALEZA.

Todo conocemos de una moderna ciencia, la ecología, que según la definición más extendida es:

La ecología es la ciencia que estudia las interrelaciones de los diferentes seres vivos entre sí y con su entorno: «la biología de los ecosistemas» (Margalef, 1998, p. 2).

Un ecosistema es un sistema que está formado por un conjunto de organismos vivos y el medio físico donde se relacionan

El primer análisis donde debemos centrarnos es el de “medio físico” ¿Qué entendemos por entorno? En castellano se ha extendido el uso de “medio ambiente” una redundancia que viene de la definición del término en inglés. “environment”

El entorno natural abarca todos los seres vivos y no vivos de origen natural. El término se aplica más frecuentemente a la Tierra o alguna parte de la ella. Este entorno incluye la interacción de todas las especies vivas, el clima, el tiempo y los recursos naturales que afectan a la supervivencia humana y la actividad económica.

Podría afirmarse que la naturaleza elude toda unicidad manifestándose de manera múltiple. Heidegger detalla cinco modalidades bajo las cuales aparece la naturaleza:

(a) como complejo remisional de útiles disponible para la manipulación cotidiana del Dasein[1];
(b) como Vorhandenheit[2], como aparecer que se muestra en su mera presencia;
(c) como Naturmacht[3], o fuerza natural que puede poner en peligro nuestro conjunto de útiles;
(d) como objeto de estudio científico;
(e) como aquello que el poeta puede revelar en términos de “paisaje”, en una relación contemplativa y no instrumental con las cosas.

Finalmente, Heidegger abandona esta multiplicidad de modulaciones y sostiene que la época de la técnica produce que la naturaleza se manifieste como objeto de control, como simple reserva disponible (Bestand) para ser almacenada y transferida. Este concepto de naturaleza sometida a cálculo es el que, según Heidegger, triunfa en la cosmovisión cristiana.

El concepto del entorno natural se puede distinguir por los componentes:

  • -Unidades ecológicas completas que funcionan como sistemas naturales sin intervención humana civilizada masiva, incluyendo toda la vegetación, microorganismos, el suelo, las rocas, la atmósfera y los fenómenos naturales que se producen dentro de sus límites y su naturaleza
  • -Recursos naturales universales y los fenómenos físicos que carecen de límites claros, como el aire, el agua y el clima, así como la energía, la radiación, la carga eléctrica y el magnetismo, que no procedan de la actividad humana civilizada.

Efectivamente, la modernidad pos cristiana se fundamenta en una visión antropocéntrica que tiende a considerar la relación hombre/naturaleza en términos de un vínculo signado por la violencia de la explotación (que algunos autores llegan a asociar con el vínculo entre amo y esclavo).  Ciencia y técnica constituyen, dentro de esta metafórica, los instrumentos necesarios de tal dominación. La exigencia cartesiana de convertirnos en “amos de la naturaleza” (Discurso del método) y la ecuación baconiana “saber es poder”, junto con su idea de que sólo obedeciendo a la naturaleza se la podrá dominar, se insertan en una teoría del conocimiento que desea desprenderse del carácter contemplativo de la theoria griega y poner manos a la obra, entendiendo esta figura como la necesidad de maximizar la eficiencia de la explotación a fin de ingresar sus frutos en la lógica del mercado.

LA NATURALEZA EN EL ODINISMO, COMO UN FIN EN SÍ MISMO.

En este caso, la naturaleza es pensada como fuente de bien intrínseco. Por ejemplo, se puede considerar la diversidad biológica como un fin en sí mismo y defender dicha idea a partir de fundamentos de carácter metafísico o religioso. La Deep Ecology[4] de Arne Naess establece que los problemas de polución y agotamiento de recursos tienen que ver con la metafísica occidental y, especialmente, con el peculiar modo que asume la relación humana con la naturaleza desde el cristianismo. Con el advenimiento de este sistema religioso, se instala la idea de que toda la creación física tiene como finalidad servir a los fines del hombre. A diferencia del paganismo y de las religiones orientales, el cristianismo establece un dualismo entre hombre y naturaleza, e insiste en que es voluntad de dios que el hombre la explote. La ética cristiana se funda, según White, en el lema “Creced y multiplicaos, y dominad la Tierra” –una indicación que la ciencia y la técnica modernas profundizarán progresivamente–.

Oponiéndose a las implicaciones de tal sustrato religioso, dado que el problema ecológico ha surgido por razones religiosas, se requiere una solución de la misma clase: adoptar el modelo pre-cristiano, Odínico, la exigencia de respeto hacia todas las criaturas de la Tierra, lo cual supone una re-sacralización de la naturaleza.

ANTECEDENTES

Durante los últimos 1700 años, la sociedad occidental ha considerado la Tierra como una especie de arca llena de riquezas que el ser humano puede tomar para sí, para su uso y disfrute. La Tierra como algo material, exterior, entregado a nosotros para que hagamos de ella lo que primera visión es la de la sociedad industrial moderna, surgida, junto con el proyecto de la tecnociencia, a partir del siglo XVI. No considera la Tierra como un todo, sino como un conjunto atomizado de recursos, como agua, selvas, minerales, animales y los ecosistemas mismos. Están ahí uno al lado del otro, sin ninguna relación entre ellos. La relación para con la Tierra es de explotación, a base de violencia: excava suelos, derrumba montañas, cierra ríos, abate florestas y mata animales y aves. Utiliza agentes químicos como pesticidas y agrotóxicos que envenenan los suelos y exterminan los microorganismos, como las bacterias, los hongos, los virus y otros organismos vivos que, ellos solos, conforman el 95% del reino de la vida. Apenas el 5% de la vida es visible.

 Tomando la Tierra como una realidad sin espíritu, los seres humanos modernos ocuparon y devastaron prácticamente todas las regiones de la Tierra. El propósito era acumular riqueza de forma ilimitada, explotando todos los recursos posibles, en el tiempo más rápido que se pueda y con la menor inversión posible.

 Ese proyecto de civilización ha comportado incontables beneficios. Inventó los antibióticos, y salvó así millones de vidas. Pero al mismo tiempo inventó una máquina de muerte con armas de destrucción masiva, capaces de destruir de 25 diferentes formas toda la especie humana.

 Esta comprensión y trato de la Tierra fue y continúa siendo propia del proceso industrialista que se expresa hoy en el capitalismo, difundido a todos los países del mundo. Tienen en común el hecho de que usan solamente la razón fría y utilitarista para analizar los recursos naturales y sacar de ellos el máximo provecho. Las demás dimensiones de la vida humana, como la sensibilidad, la compasión, la capacidad de admiración (¿cuánto cuesta una puesta de sol?) y de veneración han sido, en gran parte, reprimidas o incluso difamadas. Es una ciencia sin conciencia y sin corazón.

 Actualmente este tipo de dominación de la Tierra ha entrado en crisis. Los seres humanos han exprimido sus recursos y servicios. Sabemos que la humanidad consume un 30% más de lo que la Tierra puede producir. O sea, para atender a las demandas humanas, necesitamos una Tierra entera y un 30% más de otra Tierra que no existe. Ya se ha hecho el cálculo de que, si los países ricos quisieran universalizar su bienestar para toda la humanidad, necesitaríamos por lo menos tres Tierras iguales a ésta, lo que es manifiestamente absurdo.

 La Tierra como unidad global ya no es sostenible. O cambiamos nuestro estilo de vida y de consumo, o vamos al encuentro de una gran tragedia.  Esta abusiva devastación de la Tierra ha producido el calentamiento planetario. No vamos hacia él; estamos ya dentro de él. La Tierra va a calentarse, posiblemente hasta 6 grados Celsius. Este calentamiento va a producir grandes transformaciones en la naturaleza, diezmarán la biodiversidad, provocarán el deshielo de los casquetes polares y hará crecer exponencialmente la desertificación de los suelos, además de los cambios climáticos que se manifiestan por tifones, grandes sequías e inundaciones a la vez.

¿CÓMO HEMOS LLEGADO HASTA AQUÍ?

El origen del caos actual es sin duda los procesos industriales y tecnológicos desarrollados por el hombre, sobre todo, en los últimos 150 años, pero hemos de remontarnos a las causas primarias del mismo, y éstas se hayan dentro de la sociedad misma.

La responsabilidad de las religiones parece mucho mayor de lo que se pensaba. Más allá de las acciones concretas depredatorias de la naturaleza, la causa mayor del desastre y de la amenaza actual hay que buscarla en el modelo civilizatorio central que ha justificado e impulsado esta depredación. Y dentro de ese modelo civilizatorio causante de nuestra crisis, la principal responsabilidad recae sobre aquellos paradigmas o axiomas básicos, subyacentes en inconsciente colectivo cristiano de Occidente, de quien nace toda la acción depredatoria del planeta y quien ha exportado el modelo a todo el mundo. Ahí, en ese plano profundo, se descubre fácilmente que quien ha puesto esos axiomas básicos de la cosmovisión ecológico-ambiental ha sido la religión cristiana, y también la filosofía platónica, que fue el alma del cristianismo.

El paradigma civilizatorio central, inmisericordemente depredador del planeta, que está debajo de las prácticas seculares depredadoras que han destruido el planeta, ha sido construido y vehiculado, de generación en generación, durante milenios, por la religión cristiana. Junto con la practica misionera de la evangelización, de llevar el mensaje de Jesús a todos los rincones del mundo, se une la “civilización” de todas las culturas autóctonas, es decir, despojar de su esencia a las culturas autóctonas a lo largo y ancho de la Tierra y globalizarlas con su mensaje de “salvación”.

El moderno concepto de ecosistema humano o ecología se basa en desmontar la dicotomía hombre/naturaleza y en la premisa de que todas las especies están ecológicamente integradas unas con otras. Contrapuesto al mismo, nos encontramos con la concepción que durante siglos hemos tenido de la naturaleza a través de judeocristianismo y que ha provocado el colapso del planeta. Para ello nos vamos a centrar en un texto clave para poder comprender la delicada situación en que se halla la humanidad.

Raíces históricas de nuestra crisis ecológica, es un trabajo publicado en 1967 de Lynn Townsend White, Jr. Tras sus estudios, se especializó en historia de la técnica, y explicó en las Universidades de Princeton, Stanford y California. Pensó que la Edad Media cristiana estuvo en la raíz de la crisis ecológica del siglo XX, tal como desarrolló en una famosa conferencia en Washington del 26 de diciembre de 1966, titulada, “The Historical Roots of Our Ecologic Crisis“, publicada en Science (1967).

EL COMIENZO DE LA CRISIS

En el Imperio Romano tardío y a principios de la Edad Media no se vivía en un mundo de hechos visibles sino en un mundo de símbolos. La atmósfera intelectual estaba tan saturada con los modos de pensamiento platónico que el primer milenio cristiano fue más consciente de ellos que del aire que respiraban. Detrás de cada objeto y acontecimiento subyacía una idea, una entidad espiritual o significado alegórico, del que la experiencia inmediata no era más que el reflejo imperfecto o alegoría. El mundo había sido creado por Dios para la edificación espiritual del hombre, y no servía para ningún otro propósito.

Tan extremo fue el antropocentrismo de la Antigüedad tardía y principios de la Edad Media que, incluso la agitación y la agonía de la naturaleza se suponía que era sólo una sombra del estado pecaminoso del hombre: cuando el hombre recuperara la simplicidad del Edén, la armonía del cosmos sería restaurada.

Para nuestra regeneración Dios nos había dado dos fuentes de conocimiento espiritual: el libro de la Escritura y el libro de la Naturaleza. Cada uno llenado de significados ocultos que debían ser analizados. En el sentido literal, los hombres de esa edad encontraron “sermones en las piedras y libros en los arroyos.” Creyeron que el universo es un vasto jeroglífico que había que resolver, un criptograma para ser decodificado. Todo lo que es de color rojo debería de ser un recordatorio de la sangre de Cristo; Todo lo que es de madera, un recuerdo de su cruz; cada primavera evocaba el recuerdo de su renacimiento a través del bautismo, y sus surcos refrescantes fueron las aguas del Evangelio revivificando el mundo árido del paganismo.

Los pescadores simbolizaban la captura de sus redes recordándoles su redención, y las escenas de caza eran alegorías de la lucha de los cristianos con la fuerza del pecado. El cangrejo, caminando hacia los lados, era un símbolo de la mentira; la luna, que brilla a través de la luz reflejada, reproducía su estado, que funcionaba en el orden de la iglesia; la tórtola, que se suponía rechazaba a sus segundas parejas, fue un reproche divino a las señoras viudas de la alta sociedad que volvían a casarse; el pelícano, que se creía nutrirse de joven con su propia sangre, fue el análogo de Cristo, que alimenta a la humanidad con su sangre. En tal mundo nadie se le hubiera ocurrido esconderse detrás de una mata de juncos para observar los hábitos de un pelícano. No tendría sentido hacerlo. Una vez que se había comprendido el significado espiritual de los pelícanos, no habría ningún interés en conocer a pelícanos individuales, a los que existían en realidad.

El efecto sobre la ciencia de tal punto de vista acerca de la naturaleza fue desastroso. La literatura “Fisiológica”, moralizó bestiarios, hierbas, y lapidarios, manuales para la interpretación de la creación concebida como símbolo, apareció siglo tras siglo.

La interpretación alegórica fue desarrollada con la mayor sutileza y agudeza posible, por las mentes más capaces de explorar y descubrir la verdad oculta. De hecho, la alegoría, en cierto sentido, un método crítico diseñado para descubrir la clase de verdad que el tiempo requería. Nuestro siglo, que está interesado en un tipo diferente de verdad, ha desarrollado diferentes métodos críticos para Lograr sus fines. Si los resultados de la interpretación alegórica, se muestran inútiles para nuestra mente, debemos recordar que le totalidad de la ciencia moderna habría parecido igualmente estériles a los hombres de aquella edad, a juzgar por los registros que ellos dejaron, se ocuparon principalmente de la salvación.

Inevitablemente tal visión del mundo produjo un reflejo del arte, un arte que distorsionó las formas naturales para indicar una mejor indicación de su significado sobrenatural. Dado que existen ideas eternas más allá del reino del tiempo y el espacio, la tercera dimensión fue inconscientemente eliminada, y la representación se tornó plana, sin cuerpo. No toda la decoración simbólica se dio a principios de la Edad Media, sino, incluso cuando ya no tuvo ningún significado particular, las formas fueron abstractas de tal manera que armonizaran intencionadamente con las escenas simbólicas.

La culminación de estas tendencias fue el estilo románico, produciendo obras de sin igual sobriedad y estilo esencialmente contemplativo, de otro mundo, e introspectivo. Entonces, de repente, Hacia la mitad del siglo XII, algo comenzó a moverse en el arte de Europa occidental: un nuevo sentido de la inmediatez de la experiencia concreta, una nueva unión al mundo.

“… la gente ha sido a menudo un elemento dinámico en su propio entorno natural, pero en el actual estado del conocimiento histórico generalmente no sabemos exactamente cuándo, dónde o cuáles efectos tuvieron los cambios inducidos por el hombre. A medida que nos adentramos en el último tercio del siglo veinte, sin embargo, la preocupación por el problema ecológico crece febrilmente…”

White, en este prolegómeno, une la ciencia a la tecnología en el largo camino de la evolución humana y como afecta ésta al medio ambiente.

“…Las ciencias naturales, concebidas como el esfuerzo para comprender la naturaleza de las cosas, han florecido en varias eras y en diversos pueblos. Del mismo modo, ha existido una milenaria acumulación de habilidades tecnológicas desde la Antigüedad, que algunas veces se han desarrollado más rápido y otras veces más lentamente. Pero no fue sino hasta cuatro generaciones atrás que Europa occidental y América del Norte concertaron una fusión entre ciencia y tecnología, una unión de las aproximaciones teóricas y empíricas a nuestro ambiente natural. El surgimiento de la difundida práctica del credo baconiano:

El conocimiento científico significa un poder tecnológico sobre la naturaleza.

Esta valoración puede apenas datarse antes de 1850, salvo en la industria química, donde ya existía en el siglo XVIII. Su aceptación como regla normal de conducta puede marcar el mayor acontecimiento en la historia de la humanidad desde la invención de la agricultura, y quizás también en la historia de la vida terrestre no humana…”

Si bien el desarrollo tecnológico ha sido lento y progresivo hasta 1850, a partir de entonces y mediante la revolución industrial, en la que tanto ciencia, como su desarrollo práctico, la tecnología, avanzan a ritmo frenético, en una aceleración sin precedentes en la historia. Este doble desarrollo presiona al medio ambiente en dos niveles:

  1. -Cualitativo. La técnica necesita cada vez más de diversos elementos transformados para su avance, su especialización tensa el medio natural al necesitar más industrias dedicadas a la extracción y manipulación de los mismos.
  2. -Cuantitativo. Como consecuencia de lo anterior, se produce una mejora de las condiciones vitales del hombre que conducen a su superpoblación. Este es el principal problema ecológico donde nos situamos. No hay recursos en la Tierra suficientes para una población humana en constante aumento.

El análisis de la situación actual es nítido: Es la superpoblación el principal reto de la lucha medio ambiental, además de reconocer que la situación es incierta, no hay alternativas a la crisis ecológica.

“…Casi de inmediato esta nueva situación forzó la cristalización del nuevo concepto de ecología; de hecho, la palabra ecología apareció por primera vez en la lengua inglesa en 1873. Hoy, menos de un siglo más tarde, el impacto de nuestra carrera con el ambiente ha aumentado tanto en fuerza que este ha cambiado en su esencia. Cuando se dispararon los primeros cañones a principios del siglo XIV afectaron a la ecología al enviar a obreros a bosques y montañas a la búsqueda de más potasa, azufre, minerales de hierro y carbón, con la consiguiente erosión y deforestación. Las bombas de hidrógeno son de un orden diferente: una guerra librada con ellas podría alterar la genética de toda la vida del planeta. Ya en 1285, Londres tenía un problema de contaminación generado por la combustión del carbón ligero, pero la combustión actual del combustible fósil amenaza cambiar la química de la atmósfera del globo como un todo, con consecuencias que estamos solo comenzando a atisbar.

Con la explosión demográfica, el cáncer de la urbanización no planificada, los depósitos geológicos de basura y desechos radiactivos, la verdad es que ninguna otra criatura ha manejado su nido tan mal en un tiempo tan corto como el hombre.

Hay muchos llamados a la acción, pero las propuestas específicas, aunque pudieran ser valiosas a nivel individual, parecen ser demasiado parciales, demasiado paliativas, demasiado negativas: prohibir las bombas, derribar carteles publicitarios, entregar anticonceptivos a los hindúes e indicarles que se coman sus vacas sagradas. La solución más simple para cualquier cambio sospechoso es, por supuesto, impedirlo, o aún mejor, la de volver a un pasado romántico: hacer que esas antiestéticas estaciones de gasolina luzcan como el cottage de Ann Hathaway o (en el Lejano Oeste) como una cantina de una ciudad fantasma. La mentalidad del “área silvestre” aboga invariablemente por una ecología profundamente congelada, sea en San Geminiano o en la Sierra Alta antes que se arrojara el primer Kleenex.

 Pero ni el atavismo ni la petrificación podrán hacer frente a la crisis ecológica de nuestro tiempo. ¿Qué deberíamos hacer? Nadie lo sabe todavía. A menos que pensemos acerca de lo fundamental, nuestras medidas específicas pueden producir nuevos y más serios retrocesos que aquellos que queremos remediar…”

White analiza las relaciones entre ciencia y tecnología, la ciencia:

 “…Para empezar, deberíamos tratar de aclarar nuestras ideas observando, con cierta profundidad histórica, los supuestos que implican la tecnología y la ciencia modernas. La ciencia ha sido tradicionalmente aristocrática, especulativa, intelectual en su propósito; la tecnología se atribuye a las clases bajas, es empírica y orientada hacia la acción. La súbita fusión de estas dos áreas hacia la mitad del siglo XIX está ciertamente relacionada con las revoluciones democráticas contemporáneas y algo anteriores que, reduciendo las barreras sociales, tendían a sustentar una unidad funcional entre el cerebro y la mano. Nuestra crisis ecológica es el producto de una cultura democrática emergente, completamente nueva. El punto es si un mundo democratizado pueda sobrevivir a sus propias implicaciones. Presumiblemente no podemos, a menos que reconsideremos nuestros axiomas…”

CIENCIA Y TECNOLOGÍA

Los problemas complejos como la salud, el medio ambiente, entre otros, han demostrado los límites de la capacidad de la ciencia de predecir y controlar. Un testimonio son los problemas globales como el cambio climático. Se observa que antiguas enfermedades que se consideraban extinguidas reaparecen y se multiplica el número de nuevas enfermedades; se producen accidentes nucleares; el caso de las vacas locas demuestra la vulnerabilidad de los controles tecno científicos y los desastres ecológicos ocurren a diario. Todos estos ejemplos son también el resultado de los procesos de industrialización que la tecnología ha hecho posibles. La Revolución Verde es un claro ejemplo de destrucción ambiental asociada al avance tecnológico.

Las actividades industriales y agrícolas provocan cambios en los ciclos biológicos, químicos y geológicos que perturban los sistemas naturales. Asistimos a la desaparición de especies, contaminación del aire y del agua, el agujero en la capa de ozono, sequías y exceso de lluvia, inundaciones, huracanes, tsunami, entre otros.

Se observa la aparición de una curiosa paradoja:  los plaguicidas crean plagas, los antibióticos hacen surgir nuevos agentes patógenos, los hospitales son focos de infección, el desarrollo agrícola aumenta la brecha entre ricos y pobres

El gran éxito de la ciencia europea moderna fue la simplificación de la complejidad. El conocimiento abstracto, normalizado, dominó los particulares éxitos y procesos naturales. Sabemos ahora que por este éxito se pagó un precio. ¿Cuál fue este precio?  La creencia de los fundadores de la ciencia moderna fue que la ignorancia sería conquistada por el poder de la razón. La incertidumbre era resultado de las pasiones humanas. La tarea de la ciencia era la creación de un Método que asegurara la separación entre la razón y la pasión. Su objetivo era el descubrir los puros hechos duros, no contaminados por sistemas de valores blandos.

El incipiente método científico incluía los siguientes supuestos: el sistema de la naturaleza podía ser dividido en componentes aislados casi estables, y los objetos de estudio podían ser separados del sujeto que los estudiaba. Eso ha dado como resultado una ciencia dividida en disciplinas (que es la base del sistema universitario) y el mito de una ciencia neutral, libre de valores, que legitima a los expertos. Al mismo tiempo que Europa conquistaba nuevos mundos, la ciencia moderna conquistaba a la Naturaleza: ambas conquistas están interrelacionadas.

El éxito de la ciencia dio al Estado moderno un modelo legitimador en la toma de decisiones racionales. El descubrimiento de los hechos verdaderos llevaba a tomar las acciones correctas. En otras palabras, lo Verdadero conducía al Bien. La racionalidad se convirtió en sinónimo de racionalidad científica y el conocimiento fue sinónimo de conocimiento científico. Otras formas de conocimiento y otras apelaciones a la racionalidad, como el conocimiento práctico agrícola, medicinal o artesanal, fueron considerados de segunda categoría.

  • El supuesto tradicional de que la ciencia sólo puede llegar a lo Verdadero, está ahora en entredicho.

Más por lo general, se difunde el sentimiento de que el sistema científico (incluida la tecnología basada en la ciencia) es responsable de muchos de los problemas que percibimos en el ambiente natural y en nuestra salud. La sociedad percibe también la conexión entre ese sistema científico y una ciencia económica que privilegia el crecimiento económico como la única forma de desarrollo, olvidándose de las cuestiones de equidad y justicia, y que adopta un despreocupado optimismo tecnológico. Así pues, el Bien que deriva de la ciencia, también está en entredicho.

CIENCIA

A pesar del indudable progreso de la ciencia durante los siglos XVII, XVIII y XIX seguía en pie la cuestión del fundamento racional de la misma sobre dos justificaciones divergentes:

  • El racionalismo que fundamenta el método hipotético-deductivo: la ley científica se justifica en una deducción teórica a partir de una hipótesis o teorías científicas.
  • El empirismo que fundamenta el método inductivo: la ley científica se justifica en la mera observación de los hechos.

Por otro lado, la mecánica cuántica en su expresión matemática abre una brecha entre espacio-tiempo y materia y salva el tradicional abismo entre el observador y la realidad por caminos que traen conturbados a los científicos y han sumido a los filósofos en una gran confusión. El espacio y el tiempo pierden el carácter de absoluto de la mecánica clásica de Newton; etc.

¿Sigue siendo la ciencia el gran argumento de autoridad en el reconocimiento de la verdad? La ciencia no es una cosa, es «muchas»; no es algo cerrado sino abierto; no tiene un método, sino muchos; no está hecha, sino se hace. Hay un nuevo metaconcepto de ciencia: La verdad no es necesaria ni universal, sino producto humano y por tanto cambiante y contingente.

¿Qué distingue al conocimiento de la superstición, la ideología o la pseudo-ciencia? La Iglesia Católica excomulgó a los copernicanos, el Partido Comunista persiguió a los mendelianos por entender que sus doctrinas eran pseudocientíficas. La demarcación entre ciencia y pseudociencia no es un mero problema de filosofía de salón; tiene una importancia social y política vital[5].

“Creo, sin embargo, que al menos existe un problema filosófico por el que se interesan todos los hombres que reflexionan: es el de la cosmología, el problema de entender el mundo… incluidos nosotros y nuestro conocimiento como parte de él. Creo que toda ciencia es cosmología, y, en mi caso, el único interés de la filosofía, no menos que el de la ciencia, reside en los aportes que ha hecho a aquella; en todo caso, tanto la filosofía como la ciencia perderían todo su atractivo para mí si abandonasen tal empresa.”[6]

Hoy en día la idea de que los experimentos verifican las teorías que los sustentan como justificadas, es discutida porque puede haber otros condicionantes que no conocemos, o que ese hecho no se comportaría igual en situaciones distintas.

TECNOLOGÍA

La tecnología es el conjunto de conocimientos técnicos, científicamente ordenados, que permiten diseñar y crear bienes, servicios que facilitan la adaptación al medio ambiente y la satisfacción de las necesidades esenciales y los deseos de la humanidad. Nótese aquí que, aunque uno de los criterios ecológicos es la “acomodación” del hombre al medio natural, que, si bien se llevó a cabo en sus primeros tiempos, ahora se ha sustituido por el de “eliminación”. Se prescinde de todo aquello que resulte incómodo o no sea útil por razones económicas, se talan bosques para fabricar tal o cual material, se destroza la tierra para extraer minerales, estalla la tierra en sus entrañas mediante el “cracking” para obtener petróleo, que produce terremotos. Transformamos y aniquilamos la naturaleza sin piedad.

Las tecnologías usan, en general, métodos diferentes del científico. Cada cultura distribuye de modo diferente la realización de las funciones y el usufructo de sus beneficios. Las tecnologías no son independientes de la cultura, integran con ella un sistema socio-técnico inseparable. Las tecnologías disponibles en una cultura condicionan su forma de organización, así como la cosmovisión de una cultura condiciona las tecnologías que está dispuesta a usar. ´

El premio Nobel de economía, Angust Deaton, lleva años recordando que el progreso tecnológico va siempre acompañado de un avance en la desigualdad debido a que inicialmente solo unas minorías –las élites– se benefician del progreso. Algo que puede explicar el creciente divorcio entre el campo y la ciudad. Entre otras cosas, porque la deslocalización industrial expulsa del mercado laboral no solo a quienes trabajaban en las grandes fábricas. También, a las pequeñas y medianas empresas que conforman el tejido industrial y hasta el alma de un determinado territorio.

CIENCIA Y TECNOLOGÍA EN LA TRADICIÓN EUROPEA

“…Un hecho es tan cierto que parece absurdo decirlo: tanto la tecnología moderna como la ciencia moderna son claramente occidentales. Nuestra tecnología ha absorbido elementos de todo el planeta, especialmente de China; sin embargo, hoy en cualquier lugar del mundo, sea en Japón o en Nigeria, la tecnología exitosa es la occidental. Nuestra ciencia es la heredera de todas las ciencias del pasado. Hoy, alrededor del mundo, toda ciencia significativa es occidental en estilo y método, sin importar el color de la piel o el lenguaje de los científicos. Otros dos hechos son menos reconocidos debido a que son el resultado de conocimiento histórico bastante reciente.

El liderazgo de Occidente, tanto en tecnología como en ciencia, es mucho más antiguo que la llamada Revolución Científica del siglo XVII o que la llamada Revolución Industrial del siglo XVIII. Estos términos son, en efecto, anticuados y oscurecen la verdadera naturaleza de lo que intentan describir: etapas significativas en dos eventos de desarrollo largos y separados.

Cerca del 1000 A.C., como máximo –y quizás hasta 200 años antes– Occidente comenzó a aplicar la energía hidráulica a otros procesos industriales, además de su uso para moler grano. A esto siguió la utilización de la energía eólica hacia fines del siglo XII. Desde sus simples inicios, pero con una notable consistencia en el estilo, Occidente expandió rápidamente sus habilidades para el desarrollo de maquinaria poderosa, de dispositivos que ahorran fuerza de trabajo y automatización.

Aquellos que dudan deberían contemplar el más monumental logro en la historia de la automatización: el reloj mecánico impulsado por peso, que apareció en dos formas a principios del siglo XIV. No en destreza, pero sí en capacidad tecnológica básica, el Occidente latino de fines de la Edad Media sobrepasó con creces a sus elaboradas, sofisticadas y estéticamente magníficas culturas hermanas: la bizantina y la islámica. En 1444, Bessarion, un gran eclesiástico griego que había estado en Italia, escribió una carta a un príncipe de Grecia. Estaba impresionado por la superioridad occidental de los barcos, armas, textiles y vidrio. Pero, por, sobre todo, estaba atónito con el espectáculo de los molinos de agua aserrando madera y bombeando los fuelles de los hornos de combustión. Claramente, no había visto nada parecido en el Cercano Oriente.

Hacia fines del siglo XV, la superioridad tecnológica de Europa era tal, que sus pequeñas y mutuamente hostiles naciones pudieron expandirse al resto del mundo conquistando, saqueando y colonizando. El símbolo de esta superioridad tecnológica es el hecho que Portugal, uno de los Estados más débiles de Occidente, fue capaz de convertirse y mantenerse durante un siglo como dueño de las Indias Orientales. Y debemos recordar que la tecnología de vasco de Gama y de Alburquerque fue construida sobre empirismo puro, con muy poco aporte o inspiración de la ciencia.

Bajo la actual comprensión vernacular, se supone que la ciencia moderna se habría iniciado en 1543, cuando Copérnico y Vesalio publicaron sus grandes obras. No desmerece sus logros, sin embargo, señalar que obras tales como la Fábrica y el de revolutionibus no surgió de la noche a la mañana. La tradición característica de la ciencia occidental comenzó, de hecho, a fines del siglo XI con la traducción masiva al latín de obras científicas escritas en árabe y griego. Solo unos pocos libros notables –Teofrasto, por ejemplo– escaparon al nuevo y ávido apetito de Occidente por la ciencia, pero en menos de 200 años, el grueso de la ciencia musulmana y griega estaba efectivamente disponible en latín, y era leída y criticada ávidamente en las nuevas universidades europeas. De la crítica surgieron nuevas observaciones, especulaciones y aumento de la desconfianza hacia las autoridades de la antigüedad. A fines del siglo XIII, Europa había arrancado el liderazgo científico global de las vacilantes manos del islam. Sería tan absurdo negar la profunda originalidad de Newton, Galileo o Copérnico, como negar la de los científicos escolásticos del siglo XIV como Buridan u Oresme, sobre cuyo trabajo construyeron aquellos. Antes del siglo XI, apenas existía ciencia en el Occidente latino, incluso en los tiempos de los romanos. A partir del siglo XI, el sector científico de la cultura occidental ha ido aumentando en forma constante.

Debido a que nuestros movimientos científicos y tecnológicos comenzaron, adquirieron su carácter y lograron el dominio mundial en la Edad Media, parece que no podremos comprender su naturaleza o impacto actual sobre la ecología sin examinar los supuestos y los desarrollos medievales fundamentales…”

LA VISIÓN MEDIEVAL DEL HOMBRE Y DE LA NATURALEZA

Hasta hace poco, la agricultura ha sido la ocupación principal incluso en sociedades “avanzadas”; por lo tanto, cualquier cambio en los métodos de cultivo tiene gran importancia. Los avances en tecnología, traen tras sí importantes consecuencias para la sociedad y el medio ambiente:

“…Los arados primitivos arrastrados por dos bueyes por lo general no volteaban el suelo, sino que solo lo escarbaban. Por esta razón se hacía necesaria la labor cruzada del arado y los campos tendían a ser cuadrados. En los suelos más livianos y en los climas semiáridos del Oriente Cercano y del Mediterráneo, esto funcionaba bien. Pero este arado no era adecuado para los climas húmedos y suelos frecuentemente compactos del norte de Europa. Hacia fines del siglo VII A.C., sin embargo, sin que se sepa cómo, algunos campesinos del norte comenzaron a utilizar un tipo de arado completamente nuevo equipado con una cuchilla vertical para cortar la línea del surco, una rejilla horizontal para deslizar bajo la superficie del terrón, y una vertedera para voltearlo. La fricción de este arado contra el suelo era tan alta, que normalmente requería no de dos, sino de ocho bueyes. Agredía el suelo con tal violencia que la aradura en cruz ya no era necesaria y los campos tendieron a ser alargados. En los tiempos del arado primitivo, los campos estaban por lo general distribuidos en unidades capaces de abastecer a una sola familia. La agricultura de subsistencia se daba por supuesta. Pero ningún campesino poseía ocho bueyes: para utilizar el arado nuevo y más eficiente, juntaron sus bueyes y formaron grandes equipos para arar, recibiendo originalmente (al parecer) extensiones de tierras proporcionales a su contribución. De esta manera, la distribución de la tierra ya no estuvo basada en las necesidades de una familia, sino más bien en la capacidad de una máquina para labrarla. La relación del hombre con la tierra había cambiado profundamente…”

Antes, el hombre había sido parte de la naturaleza; ahora era su explotador[7]. En ningún otro lugar del mundo los agricultores desarrollaron una herramienta agrícola parecida. ¿Es acaso una coincidencia que la tecnología moderna, con su insensibilidad hacia la naturaleza, haya sido producida por los descendientes de estos campesinos del norte de Europa? ¿Cómo es posible que el profundo respeto hacia la naturaleza practicado por los pueblos germánicos se hubiera transformado en una agresión contra ella? ¿Qué había cambiado en la mente de aquellos hombres y mujeres en un espacio de tiempo tan significativamente corto?

“…Esta misma actitud explotadora aparece un poco antes del 830 A.C., en los calendarios ilustrados de Occidente.

En calendarios más antiguos los meses aparecían como personificaciones pasivas. Los nuevos calendarios de los francos, que establecieron el estilo de la Edad Media, son muy diferentes: muestran hombres forzando el mundo a su alrededor –arando, cosechando, talando árboles, sacrificando cerdos–. El hombre y la naturaleza son dos cosas, y el hombre es el amo.

Estas innovaciones parecen ser consistentes con procesos intelectuales de mayor alcance. Lo que las personas hacen con su ecología depende de lo que piensan acerca de ellos mismos en relación al mundo que los rodea…”

Es aquí cuando vemos por primera vez aparecer el concepto de “Explotación”.  El hombre contra su entorno.  Consecuencia de la nueva concepción mental que el cristianismo había impuesto al pueblo germánico: Tanto Naturaleza como el resto de seres vivos, habían sido puestos a disposición por su “Dios Creador” para el rey y sujeto de la creación: el Hombre.

“…La ecología humana está profundamente condicionada por las creencias acerca de nuestra naturaleza y destino, es decir, por la religión. Para los occidentales esto es evidente en la India o Ceilán. Esto es igualmente cierto para nosotros y nuestros ancestros medievales…”

EL ORIGEN DE LA CRISIS ECOLÓGICA

 “…La victoria del cristianismo sobre el paganismo fue la mayor revolución psíquica en la historia de nuestra cultura…”

White, con esta afirmación, pone el dedo en la llaga:

Reinhold Bernhardt, ha afirmado: «En esta historia criminal del cristianismo (refiriéndose a la historia de desastres, invasiones, destrucciones, cruzadas, ejecuciones… realizadas por las Iglesias cristianas en nombre supuestamente de la lucha por la extensión de la fe cristiana), la responsabilidad recae, precisamente, sobre el conjunto de elementos teóricos que han hecho posible tal prepotencia»[8]

  Paralelamente, en referencia a la serie de desastres ecológicos actuales y sobre todo futuros, podríamos decir también que: «En esta historia de la depredación hasta el borde del colapso de este planeta, la principal responsabilidad recae, precisamente, sobre el conjunto de elementos teóricos que han hecho posible tal prepotencia». Es decir: sobre el modelo interpretativo de la realidad cósmica y humana que ha dibujado el cristianismo.

White sigue explicando:

“…Hoy se ha puesto de moda decir que, para bien o para mal, vivimos en la “era postcristiana”. Ciertamente, las formas de nuestro lenguaje y pensamiento han dejado de ser cristianas, pero, a mi parecer, la esencia permanece asombrosamente similar a aquella del pasado. Nuestros hábitos cotidianos de acción, por ejemplo, están dominados por una implícita fe en un progreso perpetuo, desconocido tanto para la antigüedad grecorromana como para Oriente. Esto está arraigado en la teología judeocristiana y no puede separarse de ella. El hecho que los comunistas lo compartan, deja en evidencia lo que puede ser demostrado en muchas otras áreas: que el marxismo y el islamismo son herejías judeocristianas. Hoy continuamos viviendo, como lo hemos hecho por 1.700 años, en un contexto formado en su mayor parte por axiomas cristianos…”

Dos puntos importantes son aclarados por White:

  1. -Que el marxismo y el islamismo son dos sectas judeocristianas. El islamismo como religión en sí misma y marxismo como “cristianismo laico”.
  2. -Que nuestra sociedad actual mantiene viva la estructura intacta del judeocristianismo, proveniente sobre todo de los valores de la revolución francesa, transformado en una especie de “cristianismo laico” de la misma manera que el marxismo

¿Cuál es la postura del cristianismo acerca de sus relaciones con el medio ambiente?

“…Aunque muchas mitologías alrededor del mundo proveen historias de la creación, la mitología grecorromana fue singularmente singular a este respecto. Lo mismo que Aristóteles, los intelectuales del antiguo Occidente negaban que el mundo visible tuviera un inicio. De hecho, la idea de un comienzo era imposible en la estructura de su concepto cíclico del tiempo. En marcado contraste, el cristianismo heredó del judaísmo no solo una concepción del tiempo no repetitiva y lineal, sino también una notable historia de la creación. A través de etapas graduales, un Dios amoroso y todopoderoso había creado la luz y la oscuridad, los cuerpos celestes, la tierra y todas sus plantas, animales, aves y peces. Finalmente, Dios creó a Adán y, después de una reflexión, a Eva para evitar que el hombre estuviera solo. El hombre dio nombre a todos los animales, estableciendo de este modo su dominio sobre ellos. Dios planeó todo esto, explícitamente para beneficio y dominio del hombre bajo la regla: ningún elemento físico de la creación tenía otro propósito, excepto el de servir aquellos del hombre. Y aunque el cuerpo del hombre fuera creado de arcilla, él no es simplemente parte de la naturaleza: fue creado a imagen y semejanza de Dios…”

“…El cristianismo es la religión más antropocéntrica que el mundo ha conocido, especialmente en su forma occidental. Ya en el siglo II, tanto Tertuliano como San Ireneo de Lyon insistían que, al concebir a Adán, Dios estaba presagiando la imagen del Cristo encarnado, el Segundo Adán. El hombre comparte, en gran medida, la superioridad de Dios sobre la naturaleza…”

“…A nivel de la gente común, este concepto tuvo un interesante resultado. En la antigüedad, cuando el paganismo estaba en pleno apogeo, cada árbol, cada vertiente, cada arroyo, cada montaña tenía su propio genius loci, su espíritu guardián. Estos espíritus eran accesibles a los hombres, pero eran muy diferentes de los hombres; centauros, faunos y sirenas muestran su ambivalencia. Antes que alguien cortara un árbol, explotara una mina o dañara un arroyo, era importante apaciguar al espíritu a cargo de aquella situación particular y había que mantenerlo aplacado. Destruyendo el animismo pagano, el cristianismo hizo posible la explotación de la naturaleza con total indiferencia hacia los sentimientos de los objetos naturales…”

“…Con frecuencia se dice que la Iglesia sustituyó el animismo por el culto a los santos. Es cierto, pero el culto a los santos es funcionalmente bastante diferente del animismo. El santo no está en los objetos naturales; puede tener santuarios especiales, pero habita en el Cielo. Además, un santo es completamente humano: puede ser abordado en términos humanos. Junto con los santos, el cristianismo tuvo ángeles y demonios heredados del judaísmo y quizás, en algún grado, del zoroastrismo. Pero estos eran tan móviles como los mismos santos. Los espíritus en los objetos naturales, quienes en un principio habían protegido a la naturaleza de la acción del hombre, se esfumaron. El monopolio efectivo del hombre sobre el espíritu en este mundo fue confirmado y las antiguas inhibiciones para explotar la naturaleza desaparecieron…”

“…El cristianismo, en contraste absoluto con el paganismo antiguo y las religiones asiáticas no solo estableció un dualismo entre el hombre y la naturaleza, sino que también insistió en que era la voluntad de Dios que el hombre explotara la naturaleza para su propio beneficio…”

“…Cuando se habla en términos absolutos, es necesaria una nota de cautela. El cristianismo es una fe compleja, y sus consecuencias difieren en diferentes contextos. Lo que he dicho podría ser bien aplicado al Occidente medieval donde, de hecho, la tecnología hizo avances espectaculares. Pero Grecia oriental, un reino muy civilizado con igual devoción cristiana, parece no haber producido ninguna innovación tecnológica significativa después de fines del siglo VII, cuando se inventó el fuego griego. La clave para este contraste podría hallarse en una diferencia en el matiz de devoción y pensamiento que los estudiosos de teología comparativa encuentran entre las iglesias griega y latina. Los griegos creían que el pecado era una ceguera intelectual y que la salvación estaba en la iluminación, en la ortodoxia, es decir, en el pensamiento claro. Los latinos, por otra parte, sentían que el pecado era un mal moral, y que la salvación estaba en una conducta recta. La teología oriental ha sido intelectualista. La teología occidental ha sido voluntarista. El santo griego contempla; el santo occidental actúa. Las implicaciones que tiene el cristianismo para la conquista de la naturaleza surgirían más fácilmente en la atmósfera occidental….”

EL PRINCIPIO DE TODO

“…El dogma cristiano de la creación, que se encuentra en la primera oración de todos los credos, tiene otro significado para nuestra comprensión de la crisis ecológica actual. A través de una revelación, Dios había entregado al hombre la Biblia, el libro de las Sagradas Escrituras. Pero como Dios había creado la naturaleza, esta también debía revelar la mentalidad divina. El estudio religioso de la naturaleza para la mejor comprensión de Dios era conocido como teología natural. En la Iglesia de la antigüedad, y por siempre en la del Oriente griego, la naturaleza estaba concebida fundamentalmente como un sistema simbólico a través del cual Dios les habla a los hombres: la hormiga es un ejemplo para los holgazanes; las llamas que se elevan son el símbolo de la aspiración del alma. Esta visión de la naturaleza era esencialmente artística más que científica. Aunque Bizancio preservó y copió gran cantidad de antiguos textos científicos griegos, la ciencia tal como la concebimos hoy, habría florecido con dificultad en tal ambiente…”

La conclusión a la que nos lleva White no es otra que lo comentado anteriormente, dejando aparte a la ciencia que lleva otro camino, afirma que la tecnología moderna es el resultado último de la teología judeocristiana:

“…la tecnología moderna puede ser explicada, al menos en parte, como una expresión del dogma cristiano occidental voluntarista acerca de la trascendencia del hombre sobre la naturaleza y de su legítimo dominio sobre ella. Pero, como reconocemos actualmente, hace algo más de un siglo la ciencia y la tecnología –hasta ese momento actividades bastante separadas– se unieron para darle a la humanidad poderes que están fuera de control, a juzgar por muchos de sus efectos ecológicos. Así, el cristianismo conlleva una inmensa carga de culpa…”

“…Personalmente dudo que el desastroso impacto ecológico pueda evitarse simplemente aplicando más ciencia y más tecnología a nuestros problemas. Nuestra ciencia y nuestra tecnología han nacido de la actitud cristiana respecto a la relación del hombre con la naturaleza, que es casi universalmente sostenida no solo por cristianos y neocristianos, sino también por quienes se consideran a sí mismos postcristianos.

Y censura la actitud del cristianismo en su relación con el paganismo al talar los bosques sagrados, reconociendo en el paganismo la esencia religiosa que preserva a la Naturaleza:

“…Por casi dos milenios los misioneros cristianos han estado cortando bosques sagrados que consideraban objetos de idolatría porque suponen un espíritu en la naturaleza …”

 “…A pesar de Copérnico, todo el cosmos gira alrededor de nuestro pequeño planeta. A pesar de Darwin, nosotros no somos en nuestros corazones, parte del proceso natural. Somos superiores a la naturaleza, la despreciamos y estamos dispuestos a utilizarla para nuestros más mínimos caprichos. El recientemente electo gobernador de California, creyente como yo, pero menos preocupado que yo, dio prueba de la tradición cristiana cuando dijo (según se afirma) “cuando has visto un pino gigante de California, los has visto todos”. Para un cristiano, un árbol no puede representar más que un hecho físico.

Nos habla además del concepto sacral de la naturaleza expresado por el bosque sagrado:

“…El concepto de bosque sagrado es completamente extraño para el cristianismo y para el ethos de Occidente…”

La solución para él no puede venir del mismo problema, camino que trata de transitar la sociedad, que busca “otra tecnología” para arreglar los males de la primera. Inconscientemente busca el retorno del paganismo, de la religión natural, y solo esa podrá conseguirlo:

“…Lo que hagamos por la ecología depende de nuestras ideas acerca de la relación hombre-naturaleza. Más ciencia y más tecnología no nos librarán de la actual crisis ecológica hasta que encontremos una nueva religión…”

Rechazando además el budismo como posible solución:

“…Los beatniks, los revolucionarios de nuestro tiempo, muestran una resonancia instintiva en su afinidad al budismo zen, que concibe la relación hombre-naturaleza como una imagen casi especular de la visión cristiana. El zen, sin embargo, está tan profundamente condicionado por la historia asiática como lo está el cristianismo por la experiencia de Occidente, y dudo de su viabilidad entre nosotros…”

Y finalmente acaba reclamando la aparición de la antigua religión, la nuestra:

“…Nuestra sociedad no ha aceptado ningún nuevo sistema de valores para desplazar aquellos del cristianismo. Por lo tanto, continuaremos agravando la crisis ecológica hasta que rechacemos el axioma cristiano que la naturaleza no tiene otra razón de ser que la de servir al hombre. Tanto nuestra ciencia como nuestra tecnología actual están tan penetradas por la arrogancia cristiana  hacia la naturaleza, que no puede esperarse que ellas puedan solucionar nuestra crisis ecológica…”

                Afirmando que la crisis medioambiental, está anclada sobre unas raíces religiosas judeocristianas y hasta que la sociedad no se “descristianice” no será posible acabar con ella y salvar a la Tierra de la destrucción que pesa sobre ella:

“…Debido a que la raíz de nuestro conflicto es tan profundamente religiosa, el remedio debe también ser esencialmente religioso, llamémoslo así o no. Debemos repensar y resentir nuestra naturaleza y nuestro destino…”               

¿CÓMO DE COMPLEJO ES EL SISTEMA RELIGIOSO JUDEOCRISTIANO?

No solo las confesiones religiosas conforman el complejo mundo monoteísta judeocristiano, pues abarca campos al margen teológico: la política, la filosofía y sobre todo la economía lo completan.

Clasificación

Sistemas religiosos

  • Judaísmo
  • Cristianismo
  • Islam

Sistemas laicos

Ilustración[9]

  • Francmasonería, Rosacruz, Iluminati
  • Democracias liberales

Socialismo

  • Socialdemocracia
  • Marxismo

Sistemas económicos

  • Capitalismo
  • Planificación estatal
  • Estado del bienestar

Características Generales

-Religiones de espaldas a la naturaleza

-Desacralización

-Dualismo

  • El dualismo material-espiritual. Lo material, por un lado, y la metafísica y lo sobrenatural por otro. Desde la cosmología tradicional indoeuropea y la nueva física, sabemos que la materia la imaginaban conceptualmente nuestros antepasados como un estado energético diferente, más denso, pero energía, al fin y al cabo. Observamos a la luz de los últimos descubrimientos, que la materia no es la «ganga» de la realidad, sino un estado de la energía en la que todo subsiste. La materia es un estado concreto de la realidad única. Por eso es tan sagrada como lo más sagrado. Después de la física cuántica, materia, espacio, energía y tiempo significan otra cosa… y también debemos relacionarlo con nuestra religión. El ser humano actual rechaza las religiónes que sigan operando con conceptos obsoletos y arcaicos, porque es obvio que su «error en la concepción de las criaturas no podrá sino llevarla a un error en el conocimiento de la divinidad».
  • El dualismo cuerpo y alma, mente-espíritu, materia inerte-vida. Con ese dualismo el ser humano y los pueblos expresaron su admiración hacia esa presencia gradual de una dimensión que les sobrepasaba, pero el hecho de concebirla como distinta, como separada, venida de fuera y en total transcendencia o discontinuidad con la realidad cósmica, sólo fue fruto de la ignorancia, un espejismo que hoy debemos reconocer y enmendar. No hay discontinuidad entre el cuerpo y el espíritu, ni siquiera entre la vida y la mente, ni tampoco entre la materia y la energía, ni quizá entre la realidad cósmica y la realidad mistérica divina… La nueva visión científica nos atestigua una «continuidad» en el continuum de la vida, y probablemente en el mismo continuum de toda la realidad cósmica.
  • Hemos aprendido a rechazar el dualismo tierra/cielo, este mundo/el otro mundo, este mundo de abajo y el mundo de arriba. Que es también el dualismo entre este mundo pasajero de la presente era (eón), y el mundo verdadero y definitivo, de después de nuestra muerte, y que según el judeocristianismo sería el que verdaderamente importaría, ante el cual éste de ahora palidecería y quedaría sin valor. Este dualismo se despliega en la «heteronomía» del piso inferior respecto al superior, en una infravaloración de la naturaleza y lo terrenal, y una clara desvalorización de lo mundano, lo corpóreo, lo carnal. Las religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo, islam) que mantengan una cosmovisión dualista, dividida en dos pisos o en dos eones… corren el riesgo de ser olvidadas, ante la imposibilidad de ser comprendidas desde la actual epistemología derivada de la transformación operada en la conciencia humana por el retorno a la primitiva cosmología indoeuropea.
  • El dualismo Dios/creación, o transcendencia/inmanencia. Hace dos milenios y medio que venimos dando por supuesto el axioma o postulado de la «transcendencia» de Dios, gratuita e incuestionadamente; forma parte de los supuestos, postulados o axiomas propios de la cultura occidental, provenientes mayoritariamente de la filosofía platónica. Se trata de un «theos», imaginado como transcendente, situado «ahí fuera, ahí arriba», y «totalmente Otro» respecto a su creación, como un creador externo, preexistente y «voluntarista» que decide crear por un «arcano designio» (del que no sabemos si fue contingente o necesario) …
  • La nueva cosmología alza un severo grito de advertencia al respecto: una dualista y radical transcendencia de Dios vendría a ser uno de los factores que más daño ha hecho al ser humano y a sus relaciones con la naturaleza, porque ha expatriado a Dios fuera de este mundo y fuera del cosmos, lo ha exilado ubicándolo ahí afuera, ahí arriba, desacralizando, despojando de misterio divino al cosmos y a la naturaleza, al ser humano mismo, a la realidad entera.  El paradigma de la ecología profunda postularía una nueva visión en la que la divinidad la percibimos en la realidad real, la realidad cósmica, no en un postulado plano superior metafísico, o en una trascendencia abstracta, expatriada, desconocida o metafísicamente imaginada. La realidad cósmica no nos da licencia para alejarnos de ella pensando que al hacerlo estamos acercándonos a Dios… Este planteamiento dualista es un supuesto axiomático gratuito que tenemos derecho a rechazar, habida cuenta sobre todo de sus efectos deletéreos. Es la Realidad misma la que nos aparece como divina, como misteriosa, como sagrada, tremens et fáscinans…

 El paradigma de la ecología profunda urge pues a las religiones dejar de basarse gratuitamente en ese supuesto dualizante y desacralizador de una transcendencia entendida como clásicamente lo ha sido, a partir del platonismo, hace dos milenios y medio. Mucho tiempo ha transcurrido para que el cambio pueda ser fácil o pacífico.

-Antropocentrismo

 Los grandes relatos de las religiones neolíticas son claramente antropocéntricos. El cristianismo pasa por ser «la religión más antropocéntrica», al decir de Lynn White, en su emblemático artículo. El antropocentrismo funge como un dualismo radical de base: entre el mundo humano, y el resto del cosmos. Entre uno y otro nivel hay un abismo de separación y diferencia. El cosmos y la naturaleza son sólo un escenario que habría sido creado por Dios sólo para que diera acogida al drama humano-divino, que sería lo único realmente importante. Todo lo demás sería simplemente «material», lo que significa inerte, oscuro, pasajero, y sin verdadera consistencia metafísica o «sobre-natural».

Se trata quizá del más marcante de los dualismos del viejo paradigma. Su descubrimiento pone en entredicho la validez del gran relato religioso tradicional: el gran relato real no es una aventura estrictamente humana y sobrenatural en el marco de un escenario material y despreciable, como había determinado el judeocristianismo; es algo radicalmente diferente. Su lógica y su evidencia se imponen implacablemente.  La creación de un «mito de superioridad» … La voz profética de Lynn White, hoy unánimemente reconocida, la ha declarado como la religión más antropocéntrica del mundo, y la que se ha auto-exportado a las demás culturas, siendo en gran parte la culpable del deterioro al que hemos sometido a nuestro planeta hasta extremos que hoy día amenazan inminentemente con una catástrofe global.

-Rechazo a la Vida y al mundo

  • La naturaleza y el cosmos aparecen como ajenos al cristianismo. Es cierto que en un capítulo del primer libro se relata su creación en una semana, de una sola vez y definitivamente, tal como lo conocemos. Pero fue creado simplemente en función del ser humano, como el escenario necesario en el que poner a esta criatura privilegiada. En esa visión bíblica sólo es contemplado lo que el ser humano contempla: sólo interesa el mundo humano. En su discurso sobre la creación, en vez de unir al hombre con ella, la separa más de Dios, no dice nada más sobre la naturaleza. Los mandamientos -la ética- no tienen nada que ver tampoco con ella. La liturgia, la eucaristía, por ejemplo, tampoco. Se trata de un «punto ciego» respecto a lo ecológico.
  • Ha habido en el judeocristianismo un ethos anti-naturaleza: no sólo ese sentido de considerarla inferior, sino de considerarla inferior religiosamente: un lugar inferior al que las «almas» habrían caído «platónicamente»; la materia como lugar de lo mutable, fútil y pecaminoso, lugar de la “carne”, “enemiga del alma”, una visión maniquea que considera la materia (y a la carne, al sexo, al placer…) como el otro polo del mal y del pecado, opuesto al polo divino del Bien.
  • El desprecio de la materia, por un lado -la consideración de la Tierra como inanimada, como despensa de repositorios, como naturaleza desacralizada, desencantada, sin presencia ni dimensión divina.

-La Creación como “Desacralización” de la Naturaleza.

  • El acto de la creación es el acta de desacralización de la naturaleza: ésta no es Dios, y éste es transcendente, separado respecto a la naturaleza… La naturaleza queda de esta manera desvalorizada, desacralizada, desdivinizada. La creación que vemos es meramente material, de materia inanimada, inerte, opaca… Sólo tiene valor significativo cuando la rehabilitamos mediante nuestra imaginación filosófica otorgándole una trastienda metafísica, o un alma «sobrenatural».
  • En las Escrituras judeo-cristianas el Universo es estático e inmóvil, no hay en ellas noticia alguna de la evolución cósmica. Sólo consideran -y muy de lejos- el cosmos, pero ignoran lo que hoy sabemos: que no estamos en el cosmos, sino en una cosmogénesis. La reacción de la religión al conocerla modernamente ha sido negativa: un rechazo de la visión evolutiva, y una consideración de la misma como una eventualidad histórica de la materia, sin «relevancia salvífica».

-La Naturaleza como objeto de consumo. Materialismo de las cosas.

  • La primera página de las Escrituras judeocristianas proclaman claramente que la naturaleza es sólo el escenario puesto por Dios para que el ser humano se desarrolle sirviéndose de él y sometiéndolo con su trabajo. En consecuencia, hemos considerado el mundo como un mero depósito o repositorio de «cosas» inanimadas, de «objetos» no sujetos, animales para comer, materias primas para transformar, recursos para utilizar, energía para consumir… una despensa de material inferior…
  • El cristianismo nos ha alienado respecto a la naturaleza, por la «imagen artificiosa que nos ha dado de nosotros mismos»: como seres creados por un poder no cósmico, venidos en ese sentido de fuera (no de dentro), de arriba (no de abajo), animados o inspirados por una naturaleza especial no de este mundo, por una sobre-naturaleza o espíritu, por haber sido hechos «a imagen y semejanza de Dios», lo que nos diferencia esencialmente del resto de la creación (nos “aliena” de ella) …
  • Finalmente aun en la situación actual de inminencia de catástrofe planetaria, los poderes no reaccionan: continúan vueltos hacia sí mismos, hacia sus problemas internos, enfrentados con la sociedad a quien dirigen, e incapaces de reconvertirse «ecológicamente» y de unirse en una acción decidida por la salvación del planeta y de la humanidad que lo habita; las iniciativas en este sentido están viniendo de la sociedad civil.

A partir de este panorama de limitaciones de toda la ideología judeocristiana con la naturaleza podemos deducir algunas conclusiones:

  • El monoteísmo, tal como se ha desarrollado en la historia, evidencia unos síntomas patológicos, y se halla en una situación «ecológicamente disfuncional».
  • No se relaciona bien con el mundo, con la realidad, con el cosmos, con nuestra naturaleza; está de espaldas a ella.
  • Nos ha hecho a-naturales (como si no fuéramos naturales, como si fuéramos extra-naturales o sobre-naturales, en definitiva, metafísicos). En algún sentido, nos ha alienado de la naturaleza, porque nos arrebata y nos traslada radicalmente a otro plano, al plan de la Historia de la salvación, al drama humano de la caída/redención/salvación, drama en el que la naturaleza no tiene ningún papel, excepto el de ser receptora del supuesto pecado original y el de contaminarnos transmitiéndonoslo.
  • Nos ha hecho antinaturales: convencidos de que debíamos superar la naturaleza (una «naturaleza caída»), huir del mundo (fuga mundi) y despreciar lo material (contemptus mundi), defendernos de la carne y combatirla (ágere contra), para hacernos sobrenaturales, «espirituales», para «divinizarnos» …. Mundo y carne son dos de los tres grandes «enemigos del alma»)
  • Es «la religión más antropocéntrica» … (Lynn White).
  • Es teológicamente responsable de la gigantesca crisis ambiental planetaria que hemos causado.
  • Es responsable de la actitud de dominio, desprecio y maltrato a la naturaleza, del paradigma cristiano-platónico… cartesiano (separación materia-espíritu) y newtoniano (mecanicismo físico) …

La conclusión última es que todo esto postula la necesidad de reconsiderar radicalmente las relaciones de la religión con el cosmos y con la naturaleza, hasta el punto de re-convertirse ecológicamente en profundidad.

Religión y nueva cosmología

Muy a pesar de la relación milenaria que la religión germánica ha tenido con la naturaleza, vivimos desde hace cuatro siglos (un tiempo cosmológicamente muy breve, «desde ayer») un tiempo nuevo. Podemos decir que actualmente vivimos en un cosmos radicalmente diferente del que hemos pasado estos siglos de cristianismo y negación de la vida. Pero esto no siempre fue así, desde que el hombre es hombre y empezó a desarrollar sus sentidos dentro de la naturaleza, nos desarrollamos integrados en ellas, se trata pues de un viaje de retorno a nuestra casa ancestral.

La nueva imagen del Universo

  • Un universo en movimiento. Frente a la visión cristiana estática, la visión ancestral nos dice que nada es estático, todo está en movimiento. La tierra gira sobre sí misma, y gira al rededor del sol a unos 100.800 km/h (30 Km/s). El sol gira en torno al centro de nuestra galaxia, a una velocidad de 780.000 Km/h, tardando 225 millones de años en dar una vuelta. La Vía Láctea, a su vez, se desplaza a 965.000 Km/h… Todo se mueve.
  • Un universo en expansión. Expansión que apenas comenzamos a descubrir por los años 30 del siglo XX, con los aportes de Hubble y su constatación del corrimiento hacia el rojo del espectro luminoso de las galaxias. Vivimos en una explosión, somos esa explosión. Estamos en un universo en evolución. Lo que vemos no es sino el resultado del despliegue de la gran explosión. No se trata de un mundo creado con un plan definido desde el principio, con especies fijas y estáticas, con leyes eternas que regirían un movimiento exacto e inmutable de los astros… sino de una génesis continua, de un continuo hacerse. No se trata de un cosmos, sino de una cosmogénesis.
  • Existencia de propiedades emergentes. No es lo mismo un protón y un electrón, que un átomo de hidrógeno, ni el oxígeno y el hidrógeno simplemente yuxtapuestos, o combinados en el agua… Las moléculas no tienen vida, pero juntas pueden formar un organismo vivo, capaz de reproducirse, alimentarse, interactuar… Surge algo con coherencia de comportamiento desde componentes que presentan una incoherencia inicial… El todo es mayor que la suma de las partes (holismo), y está en cada una de ellas (holografismo). Auto-organización, autopoiesis.
  • Despliegue de creatividad, en complejidad creciente. El Universo nos aparece como un «despliegue», desde dentro, un desvelamiento de una misteriosa fuerza interior, que saca ventaja de todo para derrochar creatividad de soluciones, de nuevas formas, inimaginablemente bellas y originales. Una inabarcable biodiversidad. El despliegue evolutivo del mundo sería comparable al desarrollo de una flor, o de un embrión… Es una constante el crecimiento en complejidad, tanto en la evolución del cosmos, cuanto de la vida en la tierra, que es su continuación. La tendencia hacia la complejidad aparece desde el principio, desde las partículas elementales y las cuatro fuerzas fundamentales…
  • Crecimiento de la conciencia. En continuidad con esa dimensión holística aparecen, en un determinado momento de la evolución de la vida, la mente, la psique, la conciencia… El sistema nervioso aparece como un proceso de complejificación, desde las bacterias, pasando por los invertebrados, incrementándose en los mamíferos y llegando a su máxima expresión en el cerebro humano. La conciencia humana se hace colectiva, asume reflexivamente a todo el macrocosmos y el microcosmos, se responsabiliza de él, y se hace noosfera… Todo ello en una admirable continuidad surgida desde abajo y desde adentro.
  • Interdependencia holística, de todo con todo. Ninguna especie es autosuficiente. Todo son redes. La diversidad está organizada en redes de redes, abarcando cada vez círculos más amplios, e implicando a las formas vivas con las aparentemente no vivas, hasta abarcarlo todo. Océanos, atmósfera, composición de suelos, humedad, temperatura… todo está relacionado entre sí como un tejido inextricable y autorregulado, que en lo que corresponde a la Tierra, nuestro planeta aparece como un maravilloso sistema auto-mantenido, que ha demostrado su capacidad de auto-equilibro.

Concluyendo

El «viejo relato», la caduca visión cosmológica global, ha sido una de las grandes causas de la crisis planetaria en que hoy nos vemos sumidos. Más concretamente:

  • El exiliamiento del Dios cristiano, por el concepto de transcendencia, hacia un más allá abstracto exterior a la naturaleza.
  • La diferencia humana, es decir, la conciencia de superioridad humana, nuestra auto-atribuida «sobre-naturalidad» de «imágenes y semejanza de Dios» que nos convertían en los absolutamente únicos protagonistas de la realidad, han sido los ejes fundamentales de un viejo paradigma que nos ha puesto en contra de la naturaleza, como explotadores inmisericordes de sus recursos, sin ninguna otra consideración. Ello, unido a una economía irracional de persecución del lucro por el lucro, y al crecimiento exponencial democrático, y a la ignorancia de efectos secundarios de la «economía del carbono», ha ido llevando al planeta al borde del colapso.
  • No asumir la situación de crisis. La mayor parte de la Humanidad vive ajena a esta amenaza, continúa sumida en su pequeño mundo personal y familiar, en el viejo estilo de vida depredador. Las estructuras económicas locales e internacionales, los intereses económicos nacionales y corporativos, se niegan a aceptar que esta amenaza deba ser enfrentada. No tenemos capacidad para abandonar la economía de carbono que hoy sabemos que es una de las principales causas físicas del calentamiento del planeta. ¿Por qué esta irresistible inercia, ante la amenaza más grave y quizá más científicamente demostrable que la Humanidad ha vivido en toda su historia? ¿Por qué esta parálisis que nos impide reaccionar inmediatamente, como sería lo lógico? Respondemos: porque la causa sigue residiendo unas estructuras de pensamiento instaladas en los supuestos más básicos del pensamiento occidental, en lo que podríamos llamar el «paradigma» religioso-cultural-económico que representa la concepción del mundo por parte del judeocristianismo.
  • Las religiones tradicionales son cómplices del desastre. ¿Y por qué estas religiones parecen continuar de espaldas al problema? ¿Por qué no han sido las primeras que hayan alzado la voz, o al menos por qué no se han movilizado inmediatamente para ponerse al frente de la humanidad en un esfuerzo supremo por salvarse y por salvar al planeta con toda la comunidad de vida que la habita? Respondemos: tal vez porque las religiones monoteístas mismas son tal vez las que están en menor capacidad de aportar la nueva visión que la humanidad necesita para comprender esta crisis y superarla, porque ellas son también las principales responsables de la vieja visión que desencantó el planeta, que exilió a Dios, y que nos convirtió en depredadores planetarios por derecho divino.
  • Aislar los viejos modelos religiosos antiecológicos, enfrentarlos y reconvertirlos en modelos nuevos de religión «cósmica» reconciliada con los intereses del planeta y de su comunidad de vida, es el llamado más urgente que las personas que han alcanzado un grado de consciencia tienen ante sí para salvar nuestro planeta.

 Ante la encrucijada que se enfrenta la Humanidad, de reconocer o desconocer el peligro ambiental que se cierne sobre la propia especie humana, no cabe dudas en calificar como desacertado, toda manifestación de desarrollo que hasta el presente haya tenido cabida en La Tierra, al negar como factor común dentro del desarrollo, la inclusión de la complejidad y diversidad ambiental, en sus componentes naturales, sociales, económicos, culturales y tecnológicos.

El impacto ecológico presente y futuro no puede evitarse simplemente aplicando más ciencia y más tecnología a nuestros problemas. Nuestra ciencia y nuestra tecnología han nacido de la actitud cristiana respecto a la relación del hombre con la naturaleza, en palabras de White:

“…Lo que hagamos por la ecología depende de nuestras ideas acerca de la relación hombre-naturaleza. Más ciencia y más tecnología no nos librarán de la actual crisis ecológica hasta que encontremos una nueva religión o repensamos nuestra religión antigua…”

Por eso desde la Comunidad Odinista de España-Asatru, proponemos una nueva vía y camino—el retorno a la antigua religión ancestral—no ya para nosotros mismos, sino para salvar a toda la especie humana y al planeta mismo. Las consecuencias de la Revolución industrial han desestabilizado la sociedad, han hecho que la vida no sea plena, han sometido a los seres humanos a situaciones indignas, han provocado un incremento del sufrimiento psicológico y han infringido severos daños al medio ambiente. El continuo desarrollo de la tecnología empeorará la situación. No hay manera de reformar o modificar el sistema para impedir que prive a las personas de dignidad y autonomía. Nosotros abogamos por una revolución contra el sistema industrial. No será una revolución política sino religiosa, espiritual y cultural. Su objetivo no será derrocar gobiernos sino derrumbar las bases económicas y tecnológicas de la sociedad actual.


[1] La noción de Dasein se utiliza para indicar el ámbito en que se produce la apertura del hombre hacia el Ser. De forma más precisa, podemos decir que Dasein alude al hombre como único ente que vive fuera de sí, abierto constantemente al Ser y a sufrir una revelación de Él. El término Dasein es usado para identificar categóricamente la relación entre el ser humano y cualquier acción enfocada hacia el alcance de un propósito

[2] Una cosa se revela como Vorhandenheit, cuando se distingue de cualquier conjunto útil de un equipo determinado, pero que inmediatamente pierde esta condición de Vorhandenheit y se convierte en algo que debe ser reparado o reemplazado.

[3] El ser natural de la naturaleza, el “poder de la naturaleza” (Naturmacht), constituye, par excellence, en el indescifrable juego de oposiciones de patencia y latencia que anima el ámbito originario de la  latencia.

[4] Deep Ecology es la denominación que brinda el filósofo noruego Arne Naess (NAESS, Arne, “The Shallow and the Deep: A long-range ecology movement. A summary”, ed. cit.) para distinguir su posición teórica de la “ecología superficial” (Shallow Ecology). Esta última sólo pretende reducir la contaminación y administrar de manera más eficiente los recursos sin discutir el modelo socioeconómico y los fundamentos de la sociedad moderna. La “ecología profunda”, en cambio, persigue una perspectiva no-antropocéntrica y critica las visiones instrumentalistas de la naturaleza que caracterizan la modernidad.  “ecología profunda”, en cambio, persigue una perspectiva no-antropocéntrica y critica las visiones instrumentalistas de la naturaleza que caracterizan la modernidad.

[5] Imre Lakatos. La metodología de los programas de investigación científica.  p.9

[6] Karl Popper. La lógica de la investigación científica. México, Rei, 1991.

[7] Curiosamente, en España, el ministerio de agricultura denomina “explotadores” a los agricultores que realizan actividades agrarias y las minas, “explotaciones mineras”.

[8] La pretensión de absolutez del cristianismo, Desclée Bilbao 2000, pág. 315-316.

[9] Estas sociedades secretas identificaban a Dios como un laico arquitecto racional del universo y condenaban la religión como una superstición vulgar

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