PIEDAD GERMÁNICA

A través de nuestra religión, nuestros antepasados honraron fuerzas sobrenaturales cuya acción sentían, y el poder en los campos y en el bosque, en el cielo y en la tierra, ciertamente, pero, ante todo, sobre su propia existencia. Tal fue siempre el aspecto esencial. El hombre es también un hijo de la naturaleza, pero en tanto que ser dotado de palabra y de espíritu, su vínculo con la comunidad es totalmente diferente del animal. Las relaciones originales con la familia, el clan y el pueblo en los cuales ha nacido, influyen en su vida a un nivel mucho mayor que sus relaciones con la “naturaleza” que es el campo de su actividad. La comunidad popular le procura también su religión… ¡igual que su lengua! Por medio del culto y del mito que aprende, ella le transmite la especificidad de su relación con la divinidad. Más aún: él distingue la voluntad de la divinidad misma que se expresa en la acción y en la motivación de esta comunidad, en las leyes y las reglas que la rigen, en los valores morales que le son inherentes. La discierne primero en la comunidad, pues estas reglas y estas relaciones extraen su fuerza sagrada del hecho de que han sido establecidas, según la antigua creencia, por los mismos dioses y están sometidas a su vigilancia y a su protección.

En este contexto, las sagas islandesas que describen la fiesta del sacrificio de los noruegos son particularmente instructivas. En ellas aprendemos que en ocasión de las grandes fiestas anuales, se sacrificaba, por una parte “por la cosecha” (o por un “buen año”) y la “paz”, y por la otra, por la “victoria” y el reinado del rey. De ello se deduce que el sacrificio organizado por la comunidad popular representada por el culto comunitario estaba vinculado a la vida y al destino de esa comunidad. Un buena cosecha y la paz por una parte, la victoria y la soberanía, por otra; tales son los dos polos alrededor de los cuales gira la vida de un pueblo: el aspecto biológico natural y el aspecto político-histórico. Por una parte, la paz que conlleva el trabajo del campesino y culmina en la cosecha; por otra, la guerra que, coronada por la victoria, proporcionaba el honor y la fuerza. Si se piden estas cosas a los dioses en las fiestas del sacrificio, ello demuestra que se les consideraba como los dispensadores y los protectores de tales bienes, es decir, de todo lo que constituye el alma y la razón de ser de la comunidad étnica. El germano creía que los dioses eran artífices, tanto de la prosperidad de su trabajo pacífico -cultivar sus campos- como de la conquista de la victoria en la guerra que aseguraba la supervivencia del pueblo.

Pero la fórmula “til ârs ok fridar” conlleva una enseñanza mayor que la traducción “por un (buen) año y la paz”; pues la palabra “paz” no caracteriza tan sólo el estado de paz, en oposición a la guerra, sino también el orden moral y jurídico sobre el que reposa la vida común pacífica de la comunidad humana. Nada podría explicar mejor el sentido religioso de esta vieja fórmula que las palabras de Schiller: “Orden sagrado, hijo celeste que aporta la bendición que une a toda la comunidad en la libertad y la alegría.” Los dioses son los que aportan el bien, los bienes de la vida; son los jefes de la guerra, los soberanos de la victoria y así determinan el destino de los pueblos. Son también los guardianes de la paz sagrada que se funda en el derecho y la ley.

En comparación con los conocimientos que se tienen del culto y de la repercusión de la religión en la vida pública, más difícil es representar la actitud religiosa interior del germano, su piedad.

El carácter sagrado y la fuerza de la divinidad suscitan en el creyente el sentimiento de la dependencia. Pero para el germano, ese sentimiento de dependencia hacia sus dioses estaba exento de toda sumisión servil. En cambio, estaba basado en una confianza fuerte, animosa. En el Norte, “Tru” (“confianza”) es la expresión de la fe religiosa y de los dioses con que el islandés contaba antes que todo ante las miserias y las dificultades de la vida. Les llamaba “fultrui“, es decir, los que merecen toda la confianza. Como el noruego Thorolf Mosterbart, muchos hombres germánicos buscaron su salvación ante sus dioses cuando debían tomar decisiones difíciles y solicitaban su consejo. ¿Se consideraban en seguridad bajo la protección de los dioses poderosos, o era solamente un reacción instintiva de ver en ellos a los “amigos” seguros? Disponemos de numerosos testimonios según los cuales Thor gozaba en primer lugar de esta consideración. Se le llama “Astvinr” (“el amigo amable”), en la saga. Una relación tan hermosa y digna no aminoraba la distancia entre el hombre y el Dios, sobre la que reposa toda creencia piadosa; de ella fluía una piedad que confería al hombre la seguridad y la fuerza; es la característica más noble que se halla en la concepción de la religión germánica

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