9 Nobles Virtudes: CORAJE

LUCHA EN LA NATURALEZA

Además de los otros dudosos regalos ofrecidos por el avasallamiento bi-milenario de las doctrinas del Próximo Oriente, el hombre europeo ha heredado también la representación forzosa de un país imaginario haciéndole creer en un mundo llamado “paraíso” que nunca ha existido ni nunca existirá. La insipidez y el reblandecimiento son los acordes mayores de este conjunto de “espejismos del desierto” que hablan del amor, de la indolencia propia de la debilidad y que hace codearse a feroces leones llenos de dulzura con un paciente asno.

Tales quimeras son la expresión de un carácter extraño y decadente. Nunca la inteligencia sana y viva de nuestros ancestros “paganos” habrían podido inventar tal absurdo pues ellos estaban todavía demasiado cerca de la naturaleza, tenían los dos pies en la tierra, en la lucha con -y en- la cruda realidad. Vivimos en una época en que igual que ellos hay que hacer definitivamente “tabla rasa” de esas doctrinas extrañas que encorsetan nuestra espiritualidad ancestral, y volver a encontrar la verdad emanada de nuestra alma.

En esta Tierra, todos los acontecimientos y todas las fuerzas de la naturaleza se basan en el pro y el contra. Cada acción encuentra una reacción opuesta, toda evolución exige una decadencia correspondiente. La vida de uno implica a menudo la muerte de otro. Siempre fue así y siempre será lo mismo, por lo menos mientras en la Tierra haya vida. A causa de esta ley natural, cada ser viviente debe constantemente luchar por su existencia, ya sea una planta, un animal o un hombre. Esta lucha puede variar mucho, lo mismo que las armas de ataque o de defensa. Podría casi decirse que existen tantos métodos de lucha como formas de vida y especies. Además, la lucha por la vida de una naturaleza evolucionada es más dura que la de una simple célula. Un hombre de valía tiene más adversarios que un ser insignificante. No hay hombre sin enemigo; en caso contrario, se trata de una nulidad. En consecuencia, cuanto más grande es una Comunidad, más numerosos son los que la envidian y, por tanto, sus enemigos.

La lucha natural se extiende a todas las fases de la vida. El primer instante de la vida de una criatura constituye ya una forma de lucha por el aire y la alimentación. La lucha por la alimentación se prolongará durante toda su vida hasta su último suspiro. Pero habrá todavía toda una serie de luchas que se expresen tanto por el ataque como por la defensa: el combate contra el entorno, contra la intemperie, el calor y el frío, contra la sequía y la inundación, la sombra y la luz, o para la luz. A esto se añade la lucha por el compañero sexual, por la reproducción, por el hijo, por el hogar, el territorio y finalmente contra el enemigo personal. Las formas de lucha pueden ser directas o indirectas. Pueden residir en la forma física y en la forma del cuerpo, el camuflaje, la rapidez, el tipo de movimiento, la resistencia, él tamaño o la pequeñez, el número de descendientes o en innumerables formas particulares, pero también en las facultades espirituales.

En el cuerpo de cada ser vivo, ya sea una ameba unicelular o una planta pluricelular, o que sea un animal o un hombre, se efectúa continuamente una asimilación del aire, del suelo o de la alimentación que es restituida bajo la forma de materia energética. Además, cada ser vivo está sometido a un proceso de evolución constante. No hay tiempos muertos. Crece desde su nacimiento para alcanzar su madurez, pero se transforma también continuamente, de manera retrógrada. Decae, envejece, las funciones se apagan una tras otra para finalmente no ofrecer ya nada a la fuerza motriz de la vida y apagarse.

Y así la Comunidad también se transforma continuamente, como el individuo. La única gran diferencia reside en el hecho de que la duración de la vida de la Comunidad es mucho más larga que la del individuo. Un pueblo, por ejemplo, es capaz de vivir milenios, incluso si sus miembros, los conciudadanos, sólo viven el tiempo de su breve existencia. Pero como son constantemente reemplazados por recién llegados, la estabilidad popular queda garantizada sobre un lapso de tiempo inmenso. La duración de vida de una generación, de una etnia o de un pueblo depende en primer lugar de circunstancias internas y externas que están ligadas, en buena parte, a los principios vitales. Un pueblo claramente consciente del lazo natural humano, que no abusa excesivamente de sus posibilidades de evolución civilizadora, no envejece ni se debilita jamás. Pero por la aplicación exacta de las leyes de la naturaleza, se renueva constantemente y es muy superior en valor y en duración de vida al pueblo que no cumple estas condiciones previas. En efecto, esta regla necesita una lucha perpetua que revela múltiples formas. Es ante todo la lucha por la conservación del clan, por el territorio y por la supervivencia.

La lucha por la reproducción forma el punto culminante del combate natural. Existe igualmente en el mundo de las plantas. La magnificencia de las flores es uno de sus elementos. Una flor supera a otra por la belleza de sus colores, su curiosa forma o su perfume para provocar la fecundación y asegurar así su multiplicación. La abigarrada familia de las mariposas, así como otros innumerables insectos, cumple con esta misión, ciertamente de una manera involuntaria, pero por instinto natural. En los trópicos, son también numerosos pájaros, especialmente esas pequeñas bolas de plumas que son los colibríes, los pájaros mosca de soberbios colores y muchos otros. También los mamíferos pueden ser embajadores entre las flores masculinas y femeninas.

No obstante la más bella forma de lucha amorosa tiene lugar en las épocas de celo o de alarde cuando se libran a menudo combates encarnizados. Tienen lugar tanto entre los mamíferos como entre los pájaros, los reptiles e incluso los insectos. Dos poderosos guerreros se enfrentan, llenos de fuerza y de experiencia miden sus fuerzas en un duelo caballeresco. La lucha es larga e indecisa, mientras la hembra se mantiene apartada mientras contempla la viril acción de sus pretendientes con sus sentidos aguzados. Finalmente, acaba el combate. El vencido se retira y abandona al vencedor el cumplimiento de su supremo deber. Pero esto no es todo, pues el natural femenino existe también. Al combate por la hembra sigue otro combate para ganar su docilidad. La vida de los animales se parece mucho a la de los seres humanos.

La supervivencia de la especie depende de la tasa de crecimiento. Cuanto más bajo es el número de descendientes, más está en peligro la existencia de la especie. Ésta es la razón por la cual las especies animales cuyas crías viven en condiciones particularmente peligrosas, procrean un gran número de descendientes. El hombre ha destruido toda clase de animales, no sólo por razones de conservación o de utilización, sino sobre todo por despreocupación. En estos tristes casos, la lucha por la vida ha sobrepasado su límite natural. Por otra parte el hombre se encuentra permanentemente enfrentado a su entorno vivo e inanimado. Pensamos, simplemente, en la lucha contra los seres dañinos. Pero la proliferación de dichos animales dañinos, sean ratones, ratas o insectos de todas las clases posibles, es consecuencia en casi todos los casos de una acción humana unilateral. La mayor parte de los insectos se multiplican y llegan a ser dañinos precisamente porque el hombre cultiva sus plantas nutritivas en campos cerrados de una manera antinatural. Y lo mismo sucede con el caso de otros animales como las ratas, etc.

Estos ejemplos nos muestran hasta qué punto la existencia depende de la lucha y que una vida sin lucha es absolutamente inconcebible.

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