Odinismo y Naturaleza

Moncayo

La denominación “pagano” es atribuida a las religiones pre-judeo-cristianas de Europa. Aquí nos abocaremos al paganismo que entra en colisión con la visión cristiana en el terreno de la cultura occidental, y las características de lo pagano en un sentido amplio. El término pagano procede del latín pagus, y de su derivación paganus, que se traduce como hombre de campo. Pagus remite al pago, al lugar de origen o nacimiento. En ambos casos lo pagano alude a una cultura originalmente campesina; es decir un tipo de existencia originalmente rural abierta a las potencias naturales.

El término pagano se difunde principalmente a partir del siglo IV d.c, momento del conflicto entre el paganismo declinante y el cristianismo ascendente. Pablo Osorio en su Historiarum Adversus Paganus vincula lo pagano con supersticiones idolátricas en el campo, las adoraciones a los dioses de las antiguas religiones. Para algunos, lo pagano sobrevive principalmente en un ámbito rural; pero para otros también en las ciudades; aunque lo urbano, con su tendencia al racionalismo y el escepticismo, debilitará de a poco la creencia en los dioses. Sin embargo, para la época de los decretos contra la antigua religión politeísta por un Imperio Romano ya cristiano (siglo IV dc), la mayor parte de la población urbana todavía es pagana. La raíz terminológica del término pagano, que incluye la diferenciación entre lo rural y lo urbano, es el preámbulo de la comprensión del sentido general de la actitud pagana ante el mundo.

Veamos:

En la evolución de la cultura, la ciudad moderna se constituirá como ámbito autosuficiente y encerrado en sí mismo. La naturaleza aparece entonces como lo lejano o salvaje. En la ciudad antigua, por el contrario, en el seno de la poli griega o la urbs romana, o en la ciudad medieval, la naturaleza está todavía cercana y conserva un alto valor simbólico.

La naturaleza es el lugar de las fuerzas divinas primarias, la fuente de simbolismos míticos altamente significativos.  En el horizonte antiguo, los rituales de Ostara, se relacionan con la renovación de la vida en la primavera, por ejemplo; es decir se renueva la vida desde las estaciones naturales, desde lo que fluye entonces fuera de la civilización.

Es en la ciudad moderna de masas en la que de manera particular la percepción de la naturaleza se debilita, como lugar divino y no humano. Hoy, para el hombre contemporáneo replegado dentro de la ciudad, la naturaleza sólo sobrevive como lugar de descanso, como escenario de aventuras bajo cobertura de GPS y teléfonos satelitales; o el cielo astronómico o los paisajes naturales no son contemplados ya en sí mismos, sino solo como posibles fondos de escritorios de computadoras.

El Odinismo como cosmovisión empieza como experiencia de la naturaleza en tanto realidad diferente y superior. La naturaleza no se comprende solo como medio para la acción humana y su cultura. La relación entre lo rústico, lo campesino, y el origen etimológico del término pagano detenta una significación principal: lo rural o rústico como vida diferenciada de la ciudad supone valorizar un vivir dentro de las fuerzas naturales que escapan al control del hombre.

El hombre antiguo inmerso en la naturaleza sabe que para su supervivencia depende de las fuerzas naturales en un doble sentido: de ellas brota el don de la vida, y el de la supervivencia. Para el cazador paleolítico la vida es siempre un don que se agradece, y la inseguridad que se repite. En un estadio originario de la mentalidad pagana la tierra es símbolo de la fuente de la vida, o de su renovación en los ciclos estacionales de la naturaleza. El principio de lo matricial es la diosa y su vientre, la matriz y la fuente, la primera creación y aparición de la vida, que luego es ordenada por el segundo principio: lo paterno, los dioses Ases que imponen una ley, una autoridad, y el orden estable del universo creado. En el comienzo es el abismo misterioso, lo matricial que se da y despliega. Es la fuente o matriz de la diosa madre; luego, la ley del principio paterno. De ahí surgen las dos familias de Dioses: Ases y Vanes.

Para la mentalidad de signo arcaico germánico, la pretensión de reinar sobre la matriz o abismo inicial de la vida misteriosa es delirio y locura regresiva (no la locura extática que acerca a poetas o chamanes a la vida divina). Para la conciencia antigua, la vida humana no es lo no dependiente de lo natural (actitud preponderante en la modernidad), sino el vivir dentro de las fuerzas de una naturaleza divinizada. Las fuerzas de la naturaleza (en tanto fuerzas divinas) dan la vida. Pero a su vez suspenden o cancelan la vida a través de la destrucción física, las catástrofes geológicas o atmosféricas (terremoto, inundación, sequía), o la enfermedad inesperada, la peste, el hambre y, en definitiva, la muerte. El sentimiento de la naturaleza como fuente constante de peligro y amenaza forzó en el hombre antiguo la estrategia psicológica de la protección mágica, por el sortilegio y el encantamiento; o por las ofrendas como pedido de bienes y protección a los dioses ante el mal; mal que no surge desde la interioridad (como en el sentimiento de culpa por el propio pecado en el alma cristiana) sino por un mal exterior (como una hambruna o una sequía), o por el ataque de demonios o espíritus malignos.

El Odinismo germánico empieza a perfilarse, así como veneración y temor ante las fuerzas de una naturaleza divinizada. El punto máximo de esta veneración es lo numinoso, la vida como majestad o esplendor; pero este sentimiento de plenitud es acompañado por una sensación paralela e intimidante de terror. Por otro lado, la trasformación de la tierra, el aire, el agua o el sol en distintas divinidades supone también la humanización de los elementos naturales. La luz solar o las aguas pueden estar vivas y conscientes como el alma humana. El hombre suaviza la amenaza de lo otro desconocido mediante su humanización; es decir: los elementos naturales (divinizados) son asimilados a lo familiar y conocido.

Lo humano nunca deja de estar dentro de un hervidero de fuerzas pre-humanas; fuerzas creadoras representadas por los gigantes y los Jötuns, las de la naturaleza, en definitiva, siempre duales y ambivalentes, de destrucción y de afirmación y plenitud. Un “estar” en una tierra imbuida de sentidos cosmológicos. Y el estar dentro de las fuerzas naturales divinizadas, es también una salida hacia la vida como lo que está ahí afuera como don, misterio y abismo, que el hombre intenta capturar, a veces impotentemente, con sus interpretaciones y metáforas, mitos y religiones.

El Odinismo siempre ha sido apertura a los procesos vitales de la naturaleza. Su inteligencia de la vida es biocósmica. La vida se eleva al participar de una naturaleza sacralizada. En su sensibilidad, el mundo físico, lo exterior, el afuera, es percibido como espacio de circulación de dioses con sus dones y castigos, de espíritus benefactores o demoníacos. Si todo está poblado de dioses, es porque en acto o en potencia nada escapa de su origen y realidad divina.

Y el paganismo es la creencia en los muchos dioses. Politeísmo. Entonces, la potencia divina se expresa por la diversidad de los fenómenos naturales divinizados, devenidos hierofanías. Como le refiere Mircea Eliade, cada fuerza natural se convierte en un dios o diosa, en una expresión de potencias materiales divinizadas de alto alcance simbólico[1]. El politeísmo pagano es consecuencia entonces de la creencia de que la presencia de lo divino es inseparable de su manifestación a través de la naturaleza múltiple y material del universo. Así, la manifestación de lo divino no acontece principalmente en la intimidad invisible del alma o el pensamiento. Sin embargo, en lo pagano, el encuentro con la divinidad o con el más allá también acontece dentro del individuo; o desde experiencias extracorpóreas que proyectan el deseo espiritual en canales de invisibilidad. Un ejemplo: el éxtasis del Berserker es el momento del olvido y salida del yo, en el que el prosélito de Odín siente en su interior la divinidad poderosa y se une fugazmente con el dios.

Éxtasis

Pero el éxtasis, o la travesía extracorpórea de la magia Seidr, no se divorcian nunca de un canal de lo físico como puente o vehículo hacia la elevación religiosa. El éxtasis es resultado de una previa inmersión en la danza, la música percusiva, el canto y lo festivo, las intensidades de los cuerpos excitados. Y el viaje extracorpóreo se relaciona con un estado de salida del cuerpo para luego entregarse a la mediación del viento, del aire ligero; el viento, otro pliegue del mundo exterior y físico. Estas fuerzas naturales se convierten en puertas hacia el otro mundo o más allá invisible. Así, la mística del éxtasis o del viaje al más allá recurre a la interioridad, a la intimidad y a la invisibilidad; pero sin disociarse, en lo pagano, de lo material como medio de una elevación religiosa.

El Odinismo, es representado entonces como divinización del afuera de las fuerzas o elementos naturales, pero también como posible éxtasis íntimo, experiencia interior de elevación. Una religiosidad que integra lo interior (alma, mente) y lo exterior (cuerpo, extensión, afuera, sentidos, espacio próximo y lejano de la naturaleza).

La diversidad politeísta nunca es una forma de separación estricta del mundo en distintas regiones especializadas (las regiones-fuerza del cielo, la tierra, el sol, la luna, o la rueda estacional del año). En contra de una primera impresión, la diversidad politeísta pagana tiende a la unidad. Este proceso se relaciona con la veneración de una divinidad máxima y superior. La superioridad, por ejemplo, de Odín-Tyr, Zeus-Júpiter, o Mitra-Varuna impone una autoridad unificadora. Pero la unidad del mundo en la creencia politeísta pagana, en su expresión más profunda, remite a la unidad de una fuerza o energía omnipresente en la multiplicidad del universo cuyas partes o regiones están bajo el control de distintos dioses o diosas. Esa fuerza única conduce a un monismo energético de una fuerza universal no visible presente en toda la naturaleza. Chamanes, brujos, poetas, sacerdotes, héroes son especialmente receptivos a la circulación de la fuerza única en o través de lo natural. Los pueblos germánicos llaman a esta fuerza Ørlög, así como otros: daimon[3] o wakan[4].

Y el monismo de la fuerza no puede ser separado de una percepción animista. En su versión más primitiva lo animista es la creencia de que todo tiene vida consiente o alma. En el paganismo germánico, por ejemplo, los elfos convierten al bosque en una multitud de espíritus, que incluyen también la supervivencia de los antepasados como puente integrador entre los vivos y los muertos. Pero el animismo más complejo confirma el monismo de la fuerza que subyace a las muchas formas y dioses.

El odinismo tiene la convicción de que existe “una única fuerza superior que constituye una amalgama de materia, espacio-tiempo y fuerzas, encuadrada en un todo integrador y armonioso”.

La intolerancia de los monoteísmos

Por otro lado, las religiones monoteístas institucionalizadas se construyen sobre una revelación. Dios, primero oculto en su misterio, se abre y revela para hacer partícipe al hombre de la única verdad. El dios se revela a través de una figura fundamental de mediación: el profeta: Moisés, Isaías, Mahoma; y, en el caso del cristianismo, la mediación incluye la kenosis o vaciamiento del Dios Padre en la figura del Dios Hijo. La verdad revelada por los mediadores elegidos no se modifica a través del tiempo; lo revelado es lo que permanece y su aceptación debe ser impermeable a la duda o la discusión racional. Es el dogma. Sí es posible interpretar todo el alcance o significado de la revelación, pero no la realidad de la misma. Y la fe en la verdad revelada definitiva impone un deber: propagar la suprema revelación de la Biblia, el mandato evangelizador. La propagación de la verdad desde el Pueblo de Dios hacia los pueblos profanos no alcanzados todavía por la única verdad. Esta voluntad misionera no ocurre en el judaísmo, pero sí en la evangelización cristiana e islámica.

El cristianismo, quizá bajo la influencia del expansionismo romano, y a través de San Pablo, concibe la necesidad de la expansión ecuménica y misionera. Esto a su vez instituye la intolerancia respeto a lo distinto, respecto a toda creencia no compatible con la revelación original de la verdad. Si nos creemos en posesión de la verdad exclusiva, las otras formas de interpretación de lo divino o son un error, o son, a lo sumo, una preparación para la aceptación del único Dios. La conciencia evangelizadora cristiana ayuda también a la difusión de la profecía. La profecía que no sólo anuncia la llegada del Hijo del dios único, sino también su triunfo definitivo en la historia. Bajo la voluntad del único dios cristiano, la historia del hombre caído terminará con la destrucción apocalíptica, a lo que seguirá el nuevo mundo trasfigurado de los justos.

Revelación única, dios único, dogma, profetismo, mesianismo… Certezas ausentes en las creencias paganas. Más allá de la intuición de la única fuerza, el politeísmo pagano (su veneración de muchos dioses) es multifacético. Allí donde el dogma cristiano se muestra rígido y omnipotente, lo pagano carece de cualquier libro sagrado y dogmático. En el Odinismo, la verdad es la acumulación y trasformación dinámica de mitos, ritos, fiestas, sacrificios y ofrendas sin el monopolio de un texto absoluto ni de una institución clerical. No hay ni dogma, ni texto sagrado ni un monopolio sacerdotal de lo divino, impera la descentralización y la transformación de una verdad no retenida.


[1] Ver Mircea Eliade, Tratado de historia de las religiones, México, Biblioteca Era. Las hierofanías son las formas de manifestación de lo sagrado en la naturaleza, desde una percepción espiritual-animista del hombre antiguo y pagano. Así el sol, la luna, las piedras, las aguas, el cielo son diversas manifestaciones de poderes en una naturaleza de fuerzas divinizadas.

[2] Tolkien (en griego antiguo: μακάρων νῆσοι / makárôn nễsoi) son el lugar donde, según la mitología griega, las almas virtuosas gozaban de un reposo perfecto después de su muerte, equivalente al Paraíso de otras tradiciones escatológicas (creencias acerca del más allá o ultratumba). El lector de J.R.R. Tolkien quizás recuerde a Avallone, aquel puerto de la Isla de los Elfos, enclavada presumiblemente en medio del Océano Atlántico; y es el propio Tokien quien, de hecho, penetró con mayor agudeza en el mito de Avalon, aunque su naturaleza cristiana no le permitió vociferar abiertamente el secreto que ocultan sus playas.

[3] Término griego (que no se suele traducir) con el que los griegos se referían al destino individual de cada cual; el término tenía connotaciones religiosas, y se consideraba que el destino de cada cual era algo divino o asignado por los dioses.  En ese contexto era, con frecuencia, personificado, de forma similar a lo que otras culturas percibieron como ángeles o demonios.

[4] es el término para lo sagrado o lo divino en la cosmovisión sioux

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