El Ojo de Odín

Hablemos del ojo de Odín. Es decir, del ojo que ya no está, el izquierdo, el cual tuvo que perder para adquirir la sabiduría. Ese ojo que, al irse, le dio sentido a la vida del dios, pues en adelante vio con mayor claridad mucho más allá que nadie. Las pérdidas siempre otorgan algo, a veces más de lo que se quería o se creía. Y a veces no tanto así, es cierto, pero en el caso del señor de Asgard su ojo se fue para que pudiera ver mejor. Y no hay paradoja en esto. No puede haberla, pues él mismo no lamentó el que tuviese que usar un parche negro para cubrir el ojo vacío. Claro que en ocasiones esto podía ser incómodo.

Pero cuando se pierde algo para lograr algo que lo vale, las incomodidades tienen que aceptarse, para que todo se transforme en lo que tendrá que ser. Y Odín supo que al perder el ojo izquierdo se había convertido en el dios más sabio de cuantos ha habido en los nueve mundos. Porque la mayor parte de los dioses siguieron como si nada hubiera pasado. No obstante, ese ojo perdido fue el pago ofrecido por el dios al gigante guardián de la fuente del conocimiento, y sólo así podía Odín llegar a ser sabio. Así es como lograría conocer las runas, las cuales indican el destino, el sentido, el porqué de cada cosa. Mientras bebía vio todo el sufrimiento y los problemas que los hombres y los dioses deberían soportar, pero también vislumbró por qué era necesario que esto sucediera. Ni siquiera el Crucificado blanco, con su sacrificio-por demás inútil- pudo lograr tanto, ya que no tuvo que perder ningún ojo; simplemente, lo perdió todo. Y Odín, además de perder el ojo, tuvo que permanecer colgado de un árbol, sin comer y sin beber, todo con tal de ser sabio. El Crucificado no quería sabiduría, sino salvar al mundo.

Sin embargo, como seguramente pensó Odín, nadie puede salvar a nadie, lo más que se puede lograr es llegar a entenderlo, y esto exige la pérdida del ojo. Es decir, que es indispensable quedarse medio ciego para saber. Media ceguera es un paso adelante hacia el conocimiento de todo lo que es y de lo que será. Y este conocer implica saber que nada es para siempre. Para eso era el sacrificio, para obtener algo valioso. Nadie logra algo por nada, eso es evidente, y el alto precio pagado tiene como recompensa lo que vale aún más. ¿De qué sirve no saber nada y tener consigo todos los ojos del mundo? Saber significa pues perder un ojo, pero esta pérdida no tiene importancia. Además, Odín no perdió los dos ojos, por lo que la vista normal, aunque un poco atenuada, continuaría. Pero es la otra vista, la que procede de tener un solo ojo, lo en verdad decisivo, porque así es como se ve más y mejor, aunque suene absurdo.

Lo adecuado es que por fin sabía lo que quería saber: que todo está destinado a perecer, en el Ragnarök de todos tan temido, y a la vez de todos tan esperado. Y sabía que después de la destrucción total vendría otro mundo. Ya no estarían la mayor parte de los antiguos dioses, algunos habrán muerto en el ocaso, incluyendo al propio Odín. Sin embargo, algunos humanos lograrán sobrevivir a la catástrofe universal, acaso por azar o por pura buena suerte, y ellos no olvidarían a los dioses muertos. Con eso sería suficiente, con ese recuerdo ferviente ofrendado por hombres y mujeres que anhelarían ser, ellos y ellas, también dioses y diosas. No como dioses a semejanza e imagen de éstos, sino dioses por su propio derecho. Lo lograrán, y entonces otra vez serían posibles Odín, Thor, Freya, Loki… Todo vuelve, todo regresa, y todo se perderá otra vez… ¿Está bien así? ¿Es el eterno retorno una bendición o una maldición? Esto, ni siquiera Odín podía saberlo, quizá sería necesario sacrificar el otro ojo y entonces entender el sentido de ese destino. Pero el dios no está dispuesto a llegar a tanto, se conforma con lo que ha llegado a saber. Todas estas cosas las decían las runas.

¿Por qué Mimir pidió un ojo? ¿Y por qué Odín no vaciló en dárselo?

En todas las culturas del mundo el ojo, la vista, es el sentido que se asocia al conocimiento de la verdad. Esto se refleja de muchas formas, por ejemplo, en el lenguaje, cuando decimos que somos capaces de “ver” la verdad, o cuando afirmamos que Dios lo “ve” todo. De manera que el ojo es el conducto por el que la verdad entra en nosotros, el ojo es el canal de la percepción. Dar un ojo a cambio de sabiduría es la representación mítica de la necesidad de cambiar nuestra manera de percibir el universo si queremos llegar a contemplar la verdad, su esencia o su presencia.

Odín está contento porque sabe que salió ganando en el trato. Ahora ve más con un ojo que antes con dos. El ojo de Odín permanece en el fondo de dicha fuente, de la cual el mismo Mimir bebe cada día.

Es su legado.

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