LOS SUEVOS- NUESTROS ANTEPASADOS

El nombre de suevos aparece en las fuentes literarias con César denominados como Suebi (al igual que en Plinio y Tácito), aunque la variante Suevi se documenta ya desde el siglo I. Durante la Antigüedad tardía autores como Hidacio, Jordanes, Procopio o Gregorio de Tours emplearon indistintamente Suaevi o Suavi. Tácito enumera una serie de pueblos que conformaban las tribus suevas: marcomanos, cuados, semnones, hermunduros, longobardos e incluso, en ocasiones, los anglos. En Germania 39, Tácito considera a los semnones como   la base pri-

Figura 1. Invasiones suevas en el Rin y en la Galia en el siglo I a. C. 

Figura 1. Invasiones suevas en el Rin y en la Galia en el siglo I a. C.

 migenia del pueblo suevo (vetustissimi Sueborum), situándolos geográficamente entre los ríos Elba y Oder. Difícil resulta saber cuáles de esas tribus suevas se enfrentaron a César en el norte de la Gallia en el año 58 a. C., entre aquellas que acompañaron a Ariovisto en el año 72 a. C. en su invasión de las tierras galas (fig. 1). César hace una relación de las gentes que formarían parte del contingente militar de Ariovisto y, entre ellas, menciona: harudes, marcomannos, tribocos, vangiones, nemetes, eudusios, suebos (Caesar, Gall.: 1, 51, 2). En este caso, los suevos serían uno más entre los otros conjuntos liderados por Ariovisto, y ni siquiera podríamos afirmar que el propio Ariovisto fuese realmente un suevo.

El concepto cesariano de los suevos no es realmente de tipo etnográfico, sino topográfico al identificar un ámbito espacial, la Germania, y los Germani que la habitan, con los suevos. En el caso de Estrabón y su Geographica, donde recoge las informaciones de carácter etnográfico cesarianas, los suevos dejarían de ser un conjunto uniforme identificado con la Germania y los Germani, para constituir uno de los pueblos del otro lado del limes, bajo el mando de Marobaudo, aunque los suevos siguen siendo considerados la gens más importante, cuantitativa y cualitativamente, entre el Rin y el Elba, junto con los hermunduros y los longobardos.

Tanto César como Estrabón ofrecen una imagen de los suevos como un pueblo permanentemente en movimiento, desde el Elba hacia Bohemia y el Danubio, no asentados de forma estable en ningún territorio, habitando en colinas artificialmente construidas, utilizadas de forma temporal y con un tipo de vida completamente nómada. Ya en el siglo i Tácito, en sus Annales, menciona, como lo hace Estrabón, a los suevos como hermunduros. Tácito menciona conjuntos de suevos, en el Danubio, como los cuados de Vannius, que penetrarían en suelo romano hacia el 50 bajo la presión de hermunduros y lugios.

En este sector de la cuenca media del Danubio ubican los autores romanos a diversos pueblos que formarían parte de los suevos, refiriéndose a estos más como un concepto genérico para designar un heterogéneo conjunto de gentes que como un pueblo concreto. Tácito en su Germania y Dio Casio relatan como en la segunda guerra en Pannonia, el emperador Domiciano, con el apoyo de los lugios, sería derrotado por suevos y Iazyges en la expeditio Suebica et Sarmatica. En la Historia Augusta se mencionan entre los enemigos de Roma, y, junto a los marcomanos, hermunduros y cuados, a los suevos, ya no como una denominación genérica sino refiriéndose a un pueblo más entre los que se asentaban en torno a la cuenca media del Danubio.

La Germania de Tácito, escrita hacia el año 98, sigue la tradición cesariana de considerar a los suevos como todo el conjunto de germanos que habitaban más allá del Rin, y que estarían divididos en diferentes tribus englobadas bajo ese nombre, desde el Elba y el mare Suebicum (el Mar del Norte), delimitando este vasto ámbito geográfico conocido como la Suebia con los celtas al oeste y con los sármatas al este.

Para César, Tácito, Estrabón, Dio Casio y Ptolomeo, entre otros, Suebi designaría durante el Alto Imperio (entre los siglos i-iii) a todos los germanos situados entre el Rin y el Elba. Sería más un concepto geográfico, o a lo sumo pseudoetnográfico, que político o étnico. Sin embargo, a partir del siglo iii los Suebi serían para Roma una de las gentes, siempre junto a cuados y marcomanos (ambos considerados grupos pertenecientes o formando parte de los suevos), asentadas en torno a la cuenca media del Danubio, con las que el Imperio lucharía, comerciaría e incluso se aliaría en función de sus intereses geopolíticos en el limes danubiano.

Con ocasión de las Guerras Marcomanas, en tiempos de Marco Aurelio (166-180), las fuentes mencionan a marcomanos y cuados, junto a los suevos. Durante la primera fase de las Guerras Marcomanas, marcada por la victoria, por separado o conjuntamente, entre Marco Aurelio y Cómodo en el año 176, se habla de bellum Germanicum et Marcomannorum y de expeditio felicissima Quadorum et Marcomannorum. La segunda fase, iniciada en el año 177, de nuevo con una expeditio felicissima secunda Germanica, Roma tendría como oponentes a los Hermunduri, sármatas y cuados, finalizaría en el año 180, con la muerte de Marco Aurelio y el triunfo de Cómodo. Los marcomanos estaban asentados en el territorio correspondiente a las actuales Bohemia y Moravia; mientras que los cuados se situaban en la región que configura la Eslovaquia actual (figs. 2 y 3).

Figura 2. El Imperio de Marobaudo y Marcomanos en Bohemia (© Eduard Drobejar)

Bajo la perspectiva romana, tanto marcomanos como cuados eran suevos. De hecho, los cuados fueron uno de los pueblos (unos autores los denominan como suevos, otros como cuados; e incluso algunos como alamanes, es el caso de Gregorio de Tours) que bajo Radagaiso formaron parte de la oleada migratoria que en el año 406 cruzó el limes renano-danubiano. Curioso, pero a la vez lógico dentro de la interpretatio romana, es el hecho de constatar que los cuados, que entran en la Galia en el año 409, según san Jerónimo, se convierten luego, para Hidacio, en los suevos que constituyen una entidad política independiente, consentida por Roma, en el noroeste de Hispania en el año 411; son los mismos que Gregorio de Tours denomina como alamanes en el siglo vi.

El contacto de los suevos con el mundo romano es recurrente, y diríamos que continuo desde tiempos de César. En efecto, a los episodios señalados se unen ciertas noticias que evidencian esta relación: la Notitia dignitatum (un texto del siglo v) hace referencia a tres unidades auxiliares de contingentes suevos en la Galia (Lugdunense y Aquitania), por tanto al servicio del Imperio (ndocc: xlii, 42; 34, 35 y 44); Jordanes (en el siglo vi) menciona enfrentamientos de suevos y godos a finales del siglo iv, los primeros de nuevo al servicio de Roma (Iordanes, Get.: xlviii, 250); el propio Claudiano los menciona buscando la paz con Estilicón (Claudianus, Eutr.: i, 379-382; Stil.: i, 191-193).

Figura 3. Bohemia tras la caída del Imperio de Marobaudo (siglos i y ii) (© Eduard Drobejar)

La imagen que Roma nos ha transmitido de los suevos deriva esencialmente de las descripciones realizadas por César a finales del siglo i a. C. y, sobre todo, por Tácito en el siglo i d. C. en un breve texto que ha tenido una gran repercusión y no siempre positiva influencia: De re germaniae. La representaciones conocidas que podemos relacionar con suevos, reflejan fielmente la descripción de Tácito:

Figura 4. Cráneo del hombre de Osterby (© Landesmuseum Württemberg, Stuttgart)

Es típico de esta raza peinarse el pelo hacia un lado y sujetárselo por debajo con un moño; de esta manera, los suevos se diferencian de los restantes Germanos y los suevos libres de los esclavos. En otros pueblos se da también, aunque raramente y durante la edad juvenil, ya por algún parentesco con los suevos, o, lo que sucede con más frecuencia, por mimetismo. Los suevos, hasta que encanecen, cardan sus hirsutos cabellos y es frecuente que los lleven atados en lo alto de la cabeza. Los próceres llevan el pelo de forma más rebuscada. Tal es su preocupación por la estética; aunque inofensiva, por cuanto no se adornan para amar o ser amados, sino para aparentar una mayor estatura a los ojos de los enemigos e infundir así terror al entrar en combate (Tacitus, Germania: 38).

Es decir, la iconografía disponible sobre los suevos no es probablemente una autorrepresentación, no es un autorretrato, sino el resultado de una autoría romana, y de una imagen estereotipada sobre los germanos que describe un tipo físico característico, repetido sin cesar hasta nuestros días: «han logrado mantener una raza peculiar, pura y semejante solo a sí misma. De aquí que su constitución física, en lo que es posible en un grupo tan numeroso, sea la misma para todos: ojos fieros y azules, cabellos rubios, cuerpos grandes» (Tacitus, Germania: 4, 2).

Figura 5. Máscara de terracota con el busto de un germano ataviado con el nodus (© British Museum)

Si la imagen tacitiana se correspondía con la realidad es algo que no deja de ser plausible, pues el cráneo hallado en Osterby (norte de Alemania) nos muestra un individuo con el cabello pelirrojo perfectamente conservado y adornado con la característica trenza sueva (nodus), tal y como Tácito describió en su Germania (fig. 4). Conservamos en diversos materiales (terracota: fig. 5; oro: fig. 6; bronce: figs. 7, 8, 9; mármol: fig. 10 y granito: fig. 11), y con diferentes funcionalidades, representaciones de suevos que cronológicamente se sitúan entre los siglos i y ii, mostrando a individuos barbados, o no, pero siempre ataviados con el famoso nodus (la trenza sueva) (vid. catálogo núms. 1, 2, 3, 5 y 6). Se trata de una iconografía, identificada con los suevos por la descripción de Tácito, que contrapone la imagen del bárbaro (el extranjero) al tipo clásico romano (visible a través de la numerosa estatuaria y bustos conservados), resaltando determinados marcadores físicos; en este caso, y más que la barba en sí, la presencia del nodus.

La mayoría de estas representaciones, fechadas en época altoimperial, se enmarcan en un contexto histórico muy preciso, las conocidas como Guerras Marcomanas (denominadas en las fuentes literarias y epigráficas como bellum Germanicum, bellum Germanicum et Sarmaticum, expeditio (prima) Germanica, expeditio Germanica et Sarmatica), y en sus ecos posteriores que resonaron durante largo tiempo a lo largo y ancho del Imperio romano. Por ello, no es aventurado, especialmente teniendo en cuenta el lugar donde ha sido documentado un mayor número de bustos de individuos con el nodus (Brigetio, en Hungría), vincular estas representaciones con ese ambiente bélico y militar que enfrentó a las legiones romanas con los temibles marcomanos.

Ambiente que refleja, obviamente al estilo Hollywood, el comienzo de una película de éxito y bien conocida por el gran público, Gladiator. Quizás sea menos conocido que aquellos bárbaros a los que se enfrentan las legiones observadas, en una lejana proximidad, por el emperador Marco Aurelio, son los marcomanos, individuos a los que los autores romanos asocian a los cuados, siendo ambos (cuados y marcomanos) identificados con los suevos. Marco Aurelio, en la película con suma facilidad, en la realidad con un enorme esfuerzo prolongado en el tiempo, obtendría una gran victoria sobre los marcomanos, y no es extraño imaginar que el final de las Guerras Marcomanas tuviera un eco que, además del relato complaciente y adulador de los autores romanos, sería visible en objetos y representaciones de aquellos bárbaros derrotados y sometidos. De hecho, algunas de estas pequeñas estatuillas representan a individuos con el nodus en posición de súplica o incluso con las manos atadas a la espalda o de rodillas (vid. catálogo núm. 2; figs. 7, 8 y 9). Resonancia de dichas guerras que también se evidenciaría a través del mundo funerario, como vemos en las tumbas de algunas de las élites bárbaras en las que se han documentado dos extraordinarios calderos de bronce decorados con bustos de individuos barbados y con la característica trenza sueva (vid. catálogo núms. 5 y 6).

Figura 7. Prisionero suevo con las manos atadas a la espalda y el nodus (© Muzeul Național de Istorie a României; fotografía: Cristian Chirita)

los suevos del danubio a la gallaecia:

Marcomanos y cuados, tanto diferenciados de los suevos como identificados con ellos, se situaban en torno a la cuenca media del Danubio (fig. 12). Los marcomanos (Marcomanni, los ‘hombres de la frontera’), uno de los grandes enemigos de Roma desde el siglo ii, son referidos por César, en el año 58 a. C., entre los pueblos por él derrotados (Caesar, Gall.: 1, 51, 2), bajo el mando de Ariovisto, no siendo posteriormente mencionados en las fuentes, aunque se les considere junto a/o formado parte de los suevos, hasta las diversas ofensivas de Drusus entre los años 12 y 9 a. C., junto a los Chattes y los cuados (Cassius Dio: 54, 36, 3; Orosius, Hist.: 6, 21, 15). En el año 8 a. C., con ocasión de la campaña de Tiberio al oeste del Elba, los marcomanos podrían, pero esto no es más que una mera suposición, estar entre los pueblos asentados en este sector (Cassius Dio: 55, 6, 2; Chr. min., ii, 135; Estrabón: 7, 1, 4; Suetonius, Aug.: 21, 1; Tacitus, ann.: 2, 26, 3). Se atribuye a Marobaudo, hacia el año 7 a. C., tanto por parte de los autores antiguos como por los actuales, el proceso conducente a la emancipación, o nueva etnogénesis (Stammesbildung) en el marco de este paradigma explicativo, de los marcomanos del genérico y heterogéneo conjunto de suevos, y su proceso de asentamiento (Landnahme) en el curso medio del Danubio, al norte de la ciudad fronteriza de Carnuntum, en las actuales Bohemia y Moravia (Cassius Dio: 55, 8, 3; Estrabón: 7, 1, 3-4). En este sector geográfico Maurobaudo, según Estrabón, conseguiría, a través de acuerdos y/o campañas militares, someter a una serie de pueblos próximos como los Lugii, semnones, Hermunduri (turingios) e incluso a los longobardos (Estrabón: 7, 1, 3) (fig. 2).

Figura 8. Estatuilla de bronce con un suevo arrodillado e implorante, ataviado con el nodus, segunda mitad del siglo i a primera mitad del siglo ii (© Bibliothèque Nationale de France)

Un dominio político y territorial, el de Marobaudo y los marcomanos, más que real resultado de la propaganda política romana con objeto de justificar actuaciones militares en la frontera danubiana, para resolver, como casi siempre, problemas de índole doméstica. Se sucederán así, a lo largo del siglo i, los enfrentamientos y acuerdos, más o menos tácitos, entre Roma y las gentes barbarae asentadas al norte de la cuenca media del Danubio, entre ellas los marcomanos, liderados ahora por Vannius (Vannianum regnum), hasta la finalización de las denominadas bellum Suebicum, entre los años 97-98, con Trajano quien, durante un tiempo, restablecería el equilibrio de fuerzas en este sector del limes danubiano (fig. 3).

En cuanto a los cuados, el etnónimo es conocido desde el siglo i, mencionado por Tácito: «Danuvium ultra inter flumina Marum et Cursum locantur, dato rege Vannio gentis Quadorum» (Tacitus, Ann.: 2, 63, 6) y «retro Marsigni, Cotini, Osi, Buri terga Marcomanorum Quadorumque claudunt» (Tacitus, Germ.: 42 y 43, 1), y por Amiano: «Quadorum natío […] parum nunc formidanda […] antehac bellatrix et potens» (Ammianus: 21, 1), así como en algunas monedas romanas en las que se hace referencia a un Rex Qvadis datvs, entre los años 140-144, y mencionándose también en el año 283 un Trivmfv Qvadorv.

Figura 9. Estatuilla de bronce de un suevo erguido con las manos atadas a la espalda, ataviado con el nodus, siglo ii (© Kunsthistorisches Museum, Viena

Los cuados son considerados, por parte de la investigación especializada, un conjunto perteneciente a los germanos occidentales y concretamente al grupo de los suevos del Meno (Mainsweben), asentados en tiempos de César al norte del curso medio y bajo del Meno, que formarían parte ya en época altoimperial de los marcomanos. Como se evidencia con la mayor parte de las gentes barbarae, asentadas del otro lado del limes, el registro arqueológico de las áreas donde los autores romanos, y los posteriores, sitúan a los cuados muestra una heterogeneidad de elementos característicos también de otros pueblos bárbaros y, naturalmente, con una fuerte influencia romana (cerámica, bronces y vidrios), tanto en el sector del Elba como al norte del curso medio del Danubio, del otro lado de la provincia romana de Pannnonia.

En efecto, las necrópolis localizadas en estas áreas, donde estarían asentados los cuados, se caracterizan por la incineración en urnas funerarias, acompañadas a principios de la época altoimperial romana de armas intencionalmente deformadas y otros elementos de ajuar; mientras que a finales de la época altoimperial casi estarían ausentes los elementos de ajuar y armamento. Las tumbas más ricas, con depósitos de armas en plata de carácter simbólico y con presencia de materiales romanos importados, se vinculan con las élites cuadas. Estos depósitos funerarios nos están indicando el fuerte proceso de aculturación al que se han visto sometidos estos individuos a través de su contacto, bélico o pacífico, con el mundo romano.

Figura 6. Bracteate hallado en la isla de Funen, representado a Odín con el nodus (Dinamarca)

Esta simbiosis cultural es visible a través de depósitos funerarios, fechados entre los siglos i y iii, en los que se documenta la presencia de objetos de vajilla en bronce o plata y elementos de adorno personal con influencias: procedentes directamente del mundo romano, como las tumbas de Czarnówko (vid. catálogo núm. 5), en Polonia; Musov (vid. catálogo núm. 6), en Chequia; Zohor (vid. catálogo núms. 16, 17, 18, 19) y Krakovany-Stráze (vid. catálogo núm. 21), en Eslovaquia; y otras claramente de tradición local, aunque con influjos póntico-orientales, que se relacionarían con las poblaciones asentadas en estos territorios (marcomanos y cuados, es decir, suevos): Smolin (vid. catálogo núms. 23, 24, 26, 28, 29, 30, 31, 32, 33 y 34), Zohor (vid. catálogo núm. 15), Krakovany-Stráze (vid. catálogo núm. 22).

Mientras que en los conjuntos funerarios hallados en las inhumaciones fechadas en época altoimperial romana, apreciamos una gran diversidad tanto en los depósitos como en los elementos de vestimenta y adorno personal que acompañarían al individuo en su última morada, en el tránsito de los siglos iv al v, observamos una clara tendencia a una homogenización muy evidente y estandarizada en los enterramientos de las élites bárbaras. Un común denominador en las inhumaciones de esas élites bárbaras, fue la adopción de un tipo de vestimenta similar conocida como moda póntico-danubiana, relacionada con lo que en la investigación especializada se conoce como tumbas principescas. El uso y trabajo del metal, mayoritariamente oro y piedras preciosas como ámbar y granates, aunque también plata dorada, se ha vinculado tradicionalmente con el mundo bárbaro, y especialmente con sus élites; no tanto por el oro y la plata, omnipresentes en la orfebrería romana, sino por las ornamentaciones y estilos decorativos (cuando no por la procedencia y situación de los talleres donde se elaboraron estos objetos, con orígenes en al ámbito oriental). Estos lujosos y exhuberantes elementos de vestimenta conformaban los objetos distintivos y característicos de la moda danubiana, visible en los enterramientos de la gente vip entre los siglos iv y vi, en el período de las grandes migraciones, desde el Póntico hasta el norte de África.

Las tumbas de individuos (en este caso mayoritariamente mujeres de edades diversas comprendidas entre la infancia y la madurez) de alto estatus social y económico de Smolin (vid. catálogo núms. 23, 24, 26, 28, 29, 30, 31, 32, 33 y 34); Keszthely-Fenékpuszta (vid. catálogo núms. 11, 12 y 13), Szabadbattván (vid. catálogo núms. 9 y 10) y Répcelak (vid. catálogo núm. 8), en Hungría; Gündelsheim (vid. catálogo núm. 35), en Alemania; Hochfelden (vid. catálogo núm. 36) y Balleure (vid. catálogo núm. 37), en Francia, constituyen ejemplos paradigmáticos de esta moda póntico-danubiana característica de las élites bárbaras entre los siglos iv y vi. La influencia, resultado de una aculturación ya visible en época altoimperial, del mundo romano, es también evidente en tumbas como la xxxii de Smolin (vid. catálogo núms. 25, 27); al tiempo que la influencia del cristianismo, particularmente fuerte y pujante en Panonia, se evidencia en las tumbas de Répcelak (vid. catálogo núm. 7) y Keszthely-Fenékpuszta (vid. catálogo núms. 12 y 14), ambas en la actual Hungría.

la creación del regnum sueborum en la gallaecia: el primer reino medieval de occidente

Figura 11. Metopa del trofeo de Adamclisi mostrando a un dacio luchando con un guerrero burio ataviado con el nodus

En el año 409 los suevos, acompañados de vándalos y alanos, atraviesan los Pirineos; acontecimiento que Hidacio, en su crónica, sitúa el 28 de septiembre o 12 de octubre, no quedando claro en su relato la fecha exacta, aunque no cabe duda de que fue un martes (tercera feria); aunque debemos suponer que dicha travesía no habría tenido lugar a lo largo de un único día: «Los alanos, vándalos y suevos invaden las Españas en el año 447 de la Era. Algunos dicen el cuarto día de las Calendas de octubre, otros el tercero antes de los Idus, tercera feria, cuando eran cónsules Honorio por octava vez y Arcadio hijo de Teodo­sio por la tercera» (Hydatius: 34).

El desconocimiento que los autores romanos tenía sobre los diferentes conjuntos poblacionales que conformaban las gentes bárbaras, como hemos tenido ocasión de señalar con anteriori­dad, unido al hecho de que una de sus características principa­les es el verse sometidos a procesos de creación y configuración de identidades colectivas bajo un nombre común (lo que se co­noce como etnogénesis), particularmente en fases migratorias como la que venimos analizando, es perceptible en los textos que narran tanto en paso del Rin como el de los Pirineos, en lo que a la Península Ibérica se refiere.

Figura 10. Sarcófago de Portonaccio con un individuo ataviado con el nodus (© Museo Nazionale Romano)

En este sentido, los especialistas de este período conside­ran que los suevos que el año 409 cruzan los pasos pirenaicos, junto a vándalos y alanos, se habrían constituiudo como una nueva unidad política durante su estancia en la Galia, de la que formarían parte cuados, marcomanos e incluso alamanes, y que el nombre de suevos que adoptan como identidad colectiva es­taría relacionado: por una parte, con el hecho de tratarse de un apelativo dotado de cierto prestigio entre los bárbaros y, por otra, a la más que probable presencia de un grupo aristocrático aglutinado en torno a una estirpe regia al frente de la que esta­ría un jefe militar (un Herrkönig) suevo. Es más que plausible que los componentes principales de estos suevos fueran cuados y suevos, y que por lo tanto el contingente mayoritario de es­tos que penetró en Hispania y se asentó en la Gallaecia fueran cuado-suevos.

El paso de los Pirineos en el año 409, visto y tratado tradi­cionalmente como la invasión de las Españas, debe encuadrar­se en el contexto político y militar del Imperio romano en un momento de quiebra de la autoridad romana en la parte occi­dental del Imperio. En este sentido, más que hablar de invasión lo adecuado sería inscribir este acontecimiento en el marco de una lucha por el poder entre facciones, en la práctica una gue­rra civil interna, en la que los supuestos invasores son utiliza­dos por una de las partes. Algo que, de nuevo, sucedería tressiglos después, en el año 711, cuando los árabes que penetran en la Península Ibérica lo hacen apoyando a una de las facciones en la lucha interna por el poder en el reino godo de Toledo.

En efecto, mientras suevos, vándalos y alanos saqueaban la Galia, en Britania tiene lugar la usurpación de Graciano, nom­brado emperador y asesinado casi al mismo tiempo. Le sucede­ría Constantino III, un militar de bajo rango, que se dirigió a la Galia para hacer frente a los bárbaros sin mucho éxito, solici­tando, a través del envío de magistrados, ayuda a las Hispanias. En las Españas, dos nobles adolescentes, Dídimo y Veriniano, decidieron actuar por su cuenta y en defensa de sus intereses tanto en contra de los bárbaros como del usurpador, Constan­tino, en defensa del emperador Honorio, y se dirigieron (con un contingente formado por sus propios esclavos y campesinos dependientes) a los Pirineos. Alertado Constantino, envía a su propio hijo, Constante, al frente de un contingente de merce­narios bárbaros, los honoriacos. Estos, tras asesinar a Dídimo y Veriniano, atraviesan los Pirineos recibiendo, como recom­pensa por su victoria, autorización para saquear las llanuras palentinas y para custodiar los pasos de la cordillera pirenai­ca. Las consecuencias fueron, una vez más, la traición al pac­to establecido (es la visión romana del asunto, repetida una y otra vez en los relatos de los distintos autores) permitiendo así los honoriacos el paso de los Pirineos por parte de los suevos, vándalos y alanos que saqueaban las Galias, y uniéndose a ellos acabaron por repartirse el territorio

los «honoriacos», empapados ya de botín y halagados por la abundancia, al concedérseles, para que sus crímenes fueran más impunes y tuvieran más libertad para los pro­pios crímenes, la custodia del Pirineo y abrirse así sus des­filaderos, dejaron entrar en las provincias hispanas a todos los pueblos que andaban por las Galias, y se unieron ellos mismos a estos; y allí, haciendo de vez en cuando impor­tantes y sangrientas correrías, permanecen todavía como dueños tras habérsela repartido a suertes (Orosius: vii, 40, 9-10).

Esta idea del reparto por sorteo de las Españas, entre suevos, vándalos y alanos, junto a los honoriacos y probablemente junto a otros contingentes bárbaros que los acompañaban, tuvo lugar en el año 411, tras dos años de pillajes y correrías por toda His­pania (entre los años 409 y 411), es señalada tanto por Orosio como por Hidacio –«Los bárbaros habiendo penetrado en las Españas, las devastan de forma sanguinaria. La peste, por su parte, no es menos virulenta en sus ataques» (Hydatius: 40)–. Aunque es Orosio quien expresa de manera más clara el cambio de actitud de los bárbaros, pasando de ser un conjunto de indi­viduos errantes centrados en el pillaje y el saqueo a su deseo de asentarse y establecerse de forma permanente en un territorio:

inmediatamente después de estos he­chos, los bárbaros, despreciando las ar­mas, se dedicaron a la agricultura y res­petan a los romanos que quedaron allí poco menos que como aliados y amigos, de forma que ya entre ellos hay algunos ciudadanos romanos que prefieren so­portar la libertad con pobreza entre los bárbaros que preocupación por tributos entre los romanos (Orosius: vii, 41, 7).

Hidacio se limita a señalar que los bárbaros se reparten las provincias de las Españas, en el año 411, con la finalidad de establecerse en ellas; eso sí, indicando el resultado de este reparto en­tre suevos, vándalos y alanos. De esta forma, los vándalos hasdingos ocuparían la parte oriental de la Gallaecia (conventus asturicense); los sue­vos los conventus de Lugo y Braga (las actuales Galicia y norte de Portugal); mientras que la otra parte de los vándalos hasdingos lo harían en la meseta norte (el conventus cluniacense, que como consecuencia de la reforma de Dio­cleciano en el siglo iii formaba todavía parte de la provincia romana de Gallaecia), y los alanos las provincias cartaginense y Lusitania, quedan­do la Bética para los vándalos silingos (fig. 13): «los bárbaros […] se reparten los territorios de las provincias para establecerse. Los vándalos ocupan Galicia y los suevos la parte situada al oeste junto al océano. Los alanos la Cartaginense y Lusitania y los vándalos silingos la Bética» (Hydatius: 41).

Figura 12. Distribución de los pueblos bárbaros al este del limes renano-danubiano

Si bien la entrada de suevos, vándalos y alanos en Hispania es la consecuencia de una alianza, previa o posterior, con una de las facciones enfrentadas por el control de la Península Ibérica, el asentamiento en las diversas provincias de las Españas parece haber sido realizado por sorteo, hecho en el que coinciden tan­to Orosio como Hidacio. Los términos empleados por ambos, sortes y ad inhabitandum, hacen referencia, efectivamente, a un reparto de tierras; otra cosa diferente es si ello es el resultado de un pacto tipo foedus (frecuente y profusamente empleado por Roma en su relación con los bárbaros) en sentido estricto o un acuerdo de facto ante una política de hechos consumados: la ocupación de la mayor parte de Hispania, con excepción de la Tarraconense (territorio todavía en manos del Imperio), por parte de suevos, vándalos y alanos.

No existe unanimidad respecto a esta cuestión entre los especialistas, aunque todos están de acuerdo en que algún tipo de compromiso hubo de producirse entre Roma y los bárbaros con objeto de mantener el frágil equilibrio de fuerzas existente en el mapa político-territorial de la Península Ibérica en ese momento o, cuando menos, un pacto entre ellos. En el caso de la Gallaecia, y en lo que respecta a los suevos y vándalos hasdingos, Hidacio, tras narrar el reparto de tierras, indica como la población local acabó por someterse al dominio bárbaro, lo que en cierta medida no parece que fuera la consecuencia de una previa relación pacífica: «Los hispanos de las ciudades y castella que habían sobrevivido a los desastres se sometieron a las servidumbre de los bárbaros que dominaban las provincias» (Hydatius: 41).

Figura 13. Áreas de asentamiento de vándalos, suevos y alanos en Hispania a comienzos del siglo v

El reino suevo galaico (411-585), se desarrolla durante poco más de un siglo y medio en un ámbito territorial correspondiente a la provincia romana de la Gallaecia y áreas colindantes (el área portuguesa comprendida entre el Duero y el Tajo, junto con el sector occidental de la provincia de Lusitania). En el momento de su llegada a Hispania, junto con vándalos y alanos, atravesando los Pirineos en el año 409, un grupo cuantitativamente minoritario (se suele atribuir a los suevos, aunque sean cifras meramente especulativas, un número entre 20 000 y 25 000 individuos), respecto a la población local galaicorromana e hispanorromana (los suevos representarían apenas un 3% de la población galaicorromana), conformado por una élite militar de carácter aristocrático, logró articular un dominio político y territorial (aunque nunca de forma uniforme y homogénea sobre el conjunto de la Gallaecia) que le permitió configurar un reino independiente (el primero en el Occidente europeo postromano) respecto a la hegemonía goda en la Península Ibérica.

Autores hispanorromanos como Hidacio, Orosio, Isidoro de Sevilla y Juan de Biclaro relatan diversos acontecimientos políticos, militares (enfrentamientos y campañas de expansión territorial) y la sucesión de los diversos reyes (así como las luchas internas dentro de las familias dirigentes suevas) que marcaron el devenir histórico de los suevos en el extremo occidental de la Península Ibérica. Resulta difícil, tanto por la falta de información, especialmente en el siglo posterior al final de la crónica de Hidacio (desde los inicios de la tercera década del siglo v hasta prácticamente mediados del siglo vi), como por las imprecisiones de las propias fuentes, establecer una genealogía de los reyes suevos desde los inicios de su dominio político en el año 411 hasta su definitiva integración en el reino godo de Toledo en el años 585 Podríamos, no obstante, dividir la misma en función de las fases por las que atraviesa el reino suevo:

Figura 14. Máxima expansión territorial del reino suevo a mediados del siglo v

  1. a) 409-456

Un primer momento, vendría marcado por la llegada, asentamiento y creación del seino suevo, que coincide con su máximo dominio territorial en la Península Ibérica (fig. 14). Esta etapa se extendería desde el año 409 (cuando se produce el paso de los Pirineos) hasta el año 456 (fecha de la derrota de Requiario frente al godo Teodorico junto al río Orbigo, cerca de Astorga, y de su posterior ejecución en Oporto). En cierta medida el reino suevo, a partir del año 456, pasaría a estar bajo la órbita de la pujante y expansionista monarquía goda bajo Teodorico II, siendo en la práctica una especie de reino tutelado. Son tres los reyes conocidos para esta primera fase, que podríamos calificar como de máximo esplendor y autonomía del reino suevo en la Gallaecia:

  • Hermerico (409-438). La capital del reino está en Bracara (Braga).
  • Requila (438-448). Existe de facto una doble capitalidad del reino compartida entre Bracara (Braga) y Emerita (Mérida).
  • Requiario (448-456), hijo de Requila. Se mantiene con Requiario la doble capitalidad del reino, compartida entre Bracara (Braga) y Emerita (Mérida); es posible que existieran guarniciones o destacamentos de carácter militar en determinados enclaves de especial significación política, administrativa y económica como Lucus (Lugo), Tude (Tui), Asturica (Astorga) Portumcale Castrum Novum (Oporto, Portugal), Conimbriga (Condeixa-a-Velha, Portugal).
  1. b) 456-468/469

Una segunda fase del reino suevo sería la que comienza tras la muerte de Requiario en el año 456 en el castrum de Oporto, caracterizada por la división, la anarquía y la guerra civil en el reino suevo entre dos facciones o grupos de la élite dirigente sueva agrupados en torno a dos linajes, cada uno de ellos considerado como legítimo por parte de sus seguidores. Tras la muerte de Requiario, tiene lugar una especie de un efímero y breve interregno representado por el godo Agiulfo, en el mismo año 456, que evidencia dos hechos que marcarían el reino suevo hasta su definitiva absorción por Leovigildo en el año 585: por una parte, la tutela goda, pues Agiulfo es un representante, un delegado de hecho, de Teodorico II; por otra parte, la profunda división de la élite sueva en dos grupos principales, dado que uno de ellos no reconoce ni apoya a Agiulfo. Este último hecho, la existencia de dos facciones enfrentadas, pone de manifiesto el poder unificador de los primeros monarcas suevos (Hermerico, Requila y Requiario), al tiemo que el prestigio de su linaje entre el conjunto poblacional suevo. La tutela goda es palpable en el envío continuo de embajadores por parte de Tedorico II para resolver los conflictos entre Frumario y Remismundo. Incluso en los efímeros episodios de unidad entre las dos facciones o linajes, como acontece con Remismundo tras la muerte de Frumario en el año 464, los monarcas suevos envían embajadas a Teodorico II, en un claro acto de vasallaje.

  • Agiulfo (456). Es un enviado de Teodorico II; fue reconocido solo por una parte de los suevos como rey; su alianza con una de las facciones en liza, y su rebelión contra el monarca godo, autoproclamándose rey de los suevos, hizo que fuera depuesto y asesinado. La capitalidad estaría compartida entre Bracara (Braga) y Portumcalem (Oporto).

 

  • Facción bracarense:
  • Maldras (456-460). Asesinó a Agiulfo, con objeto de detentar el domino sobre el conjunto suevo. La capitalidad estaría en Portumcalem (Oporto).
  • Frumario (460-464). Tras el asesinato de Maldrás, por una parte de los suevos, estos eligieron a Frumario como rey. En el año 460, se produce el episodio del apresamiento de Hidacio en su iglesia de Chaves; algo que habría que entender como un intento de expansión territorial por parte de Frumario hacia las tierras másorientales del conventus bracarense, o distrito conventual de Braga. Existiría una doble capitalidad entre entre Bracara (Braga) y Portumcalem (Oporto).
  • Facción lucense:
  • Frantán (456-457). Fue elegido rey por una parte de los suevos, tras la muerte de Maldras. La capitalidad de esta facción o linaje se ubicaría en Lucus (Lugo).
  • Requimondo o Remismundo (457-¿468-469?). Es hijo de Maldras, y se enfrentaría a Frumario. Su matrimonio con una goda le permitió convertirse en hijo de armas del godo Teodorico II; un episodio que Hidacio relata como una adopción por las armas, una especie de juramento de fidelidad (prácticamente un acto feudal de vasallaje) característico entre los Bárbaros (una Versippung). Esta relación con los godos sin duda influyó en su conversión al arrianismo en el año 465 El asesinato de Teodorico II por parte de su hermano Eurico, habría contribuido a retomar la política territorial expansionista hacia el sur del Duero, como lo evidencia el ataque a Conimbriga en el año 467, y en el año siguiente a Lisboa. La capitalidad de esta facción o linaje estaría en Lucus (Lugo).
  1. c) 469-550

El final de la crónica de Hidacio, probablemente debido a la muerte del cronista entre los años 468 y el 469, extiende una sombra sobre prácticamente un siglo en lo que respecta a nuestras informaciones sobre el reino suevo y sus élites dirigentes. Algunas fuentes de dudosa autenticidad, o muy posteriores, mencionan ciertos reyes durante este amplio período, pero nodejan de ser meras suposiciones sin fundamento histórico de ningún tipo.

  1. d) 550-583

Debemos recurrir a Isidoro de Sevilla, que escribe en el siglo vii, para tener noticias de un monarca suevo (también mencionado por Gregorio de Tours, aunque mejor diríamos que probablemente el hispalense recoja esta información del turonense), hacia el año 550, bajo el nombre de Carriarico o Charriarico. Esta fase se caracteriza, precisamente, por su conversión al catolicismo en el año 550, siguiendo a su rey Carriarico y por intermediación de Martín de Dumio, conocido como el Apóstol de los Suevos. Martín escribiría, además, un speculum para el rey suevo Miro, las Formulae vitae honestae (fig. 15), una serie de recomendaciones éticas para devenir un buen gobernante. En cierta medida, estaríamos ante una etapa que marcaría, más por la personalidad e intensa acción política y religiosa de Martín de Dumio, que por la de los monarcas suevos propiamente dichos, una segunda fase de esplendor del reino suevo. Conocemos tres monarcas para esta segunda juventud del reino suevo galaico, alguno de los cuales, como Miro, retomaría la política de expansionismo territorial (propia de los primeros monarcas suevos), como queda reflejado en la campaña militar contra los runcones (pueblo situado en la franja cantábrica, a oriente de Asturias). La serie de monedas conocidas como Latina Mvnita (y según algunos investigadores ciertos tremises de imitación en oro a nombre de Valentiniano III) se inscriben, precisamente, en este período de estabilidad y fortaleza del reino suevo galaico.

  • Carriarico (550-559). Su conversión al catolicismo (según informa Gregorio de Tours) marca un antes y un después enla historia del reino suevo. La capitalidad estaría en Bracara (Braga).
  • Ariamiro (559-561). El i concilio de Braga se celebró durante su reinado, en mayo del año 561, con la presencia de Martín de Dumio; una asamblea conciliar en la se finiquitó la omnipresente y espinosa cuestión priscilianista. La capitalida del reino sería Bracara (Braga).
  • Teodomiro (561-570). Isidoro de Sevilla, considera a este monarca como el protagonista de la conversión al catolicismo de los suevos; algunos investigadores identifican a Tedomiro y Ariamiro, como un hijo de Carriarico; las fuentes, en este sentido, no son coincidentes, y no parece lo más razonable dudar de la historicidad de ambos monarcas. La capitalidad continua estando en Bracara (Braga).
  • Miro (570-583). En el segundo año de su reinado, en el 572, tuvo lugar el ii Concilio de Braga. Miro intentó retomar la política territorial expansionista, aunque más bien se trató de acciones destinadas a la búsqueda de botín, atacando la franja costera del norte Hispania. Miro incluso realizó acciones militares que lo implicaban en la disputas político-religiosas internas del reino godo, como su ataque a Sevilla, en el último año de su reinado, 583, apoyando a Hermenegildo, católico como él, y enfrentado con su padre arriano Leovigildo. La capitalidad se mantiene en Bracara (Braga).
  1. e) 583-585

Con la muerte de Miro y el ascenso de Eurico al trono, se inicia el declive, ocaso y final del reino suevo, conducentes a la inevitable anexión e integración territorial en el reino godo de Toledo con Leovigildo en el año 585 El monarca godo ya había arrinconado a los suevos, dejándoles sin prácticamente posibilidades de expandirse territorialmente, en la parte costera del conventus bracarense, entre Tui y Oporto, con cuatro contundentes campañas militares (relatadas en la crónica de Juan de Biclaro) en los confines del reino suevo; todas ellas llevadas a cabo en tiempos del rey Miro y con el objetivo de anexionar definitivamente el norte y noroeste de la Península Ibérica: la primera, en el año 572 respondiendo directamente al ataque de Miro contra los runcones; la segunda, sobre la región de Sabaria (zona oriental-interior del distrito de Braga, en la margen derecha del río Sabor), donde habitaba el pueblo de los Sappos; la tercera, en el año 575, actuando militarmente en el territorio de los Montes Aregenses (probablemente la parte oriental montañosa de la actual provincia de Ourense), enfrentándose aquí a Aspidius, un senior loci, y la cuarta, en el año 576, muy cerca de la base político-territorial del reino suevo, en una zona comprendida entre el río Sabor y la Serra do Marão. Pero no sería hasta nueve años después, en el año 585, ya en tiempos de Andeca, cuando Leovigildo aseste la puntilla definitiva al reino suevo, atacando directamente la región costera del distrito bracarense (el territorio costero entre el Duero y el Miño), anexionándolo y finiquitando definitivamente el reino suevo galaico.

  • Eurico o Eborico (583-584). Hijo de Miro; su reinado fue breve y marcado por una actitud de sumisión al poder godo, lo que motivaría su deposición y confinamiento en un monasterio por parte de quien sería su sucesor, Andeca.
  • Andeca (584-585). Hijo de Miro, y hermano de Eborico, representa el vano e ilusorio intento de una buena parte de la élite sueva de insumisión frente a los godos. El conflicto dinástico con Eborico fue aprovechado por Leovigildo para aniquilar definitivamente el reino suevo.
  • Malarico (585-¿?). Intentó restaurar la monarquía sueva en base a su supuesto parentesco en el rey Miro, lo que fue no obstante abortado por las guarniciones godas de Leovigildo establecidas en la Gallaecia, quedando a partir de ese momento este territorio bajo el mandato de un Dux godo, como una provincia administrativa más del reino toledano.

La historia del reino suevo relatada por Hidacio e Isidoro de Sevilla es esencialmente un relato contado por los romanos y para los romanos, que es preciso contrastar, en la medida de lo posible, con las evidencias materiales con las que contamos para los siglos v y vi en esa área geográfica. A partir de las fuentes de naturaleza arqueológica, junto con la numismática, podremos valorar, de una forma más objetiva, si la presencia de los suevos generó cambios, y de qué tipo, en la sociedad galaicorromana de los siglos v y vi.

Figura 15. Página inicial de las Formulae vitae honestae, escrito por Martín de Dumio para el rey suevo Miro (© Bibliothèque Nationale de France)

Regnum autem Sueuorum deletum in Gothis transfertur: el final del reino suevo galaico

Tanto Isidoro de Sevilla como Juan de Biclaro re­cogen como Leovigildo en el año 585 puso punto final a la existencia del reino suevo galaico (fig. 18). Se abre de esta forma una etapa diferente en la historia de las tierras de la antigua provincia romana de Gallaecia, que se integrarían así en el pujante y he­gemónico reino godo de Toledo.

Las fuentes numismáticas nos ofrecen un eco de este hecho histórico de gran relevancia mediante una serie de emisiones monetarias, tanto por parte de Leovigildo como de Recaredo I (vid. catálogo núm. 82), en las que significativamente figura la palabra Victor/Victoria. Que Mérida sea una de las cecas que acompañan esta leyenda no tiene nada de casual o extraño, pues a su papel como antigua capital provincial de Hispania se suma su relevancia como punta de lanza y enclave estratégico más meridional en los momentos de máxima expansión del ex­tinto reino suevo.

La multiplicación de las cecas (como las que vemos en los tremises acuñados por Witerico y Sisebuto en Georres, Laure, Senabria o Semure) (vid. catálogo núms. 83 a 86), no pocas de ellas coincidentes con lugares de importancia en el organigra­ma correspondiente a la organización administrativa eclesiás­tica de la Gallaecia, ya desde mediados del siglo vi, pero con particular intensidad desde finales de ese siglo y sobre todo a lo largo del siglo vii, no deja de ser también un reflejo de una más acusada e intensa estructuración y jerarquización político-ad­ministrativa del territorio, sin duda también, con fines fiscales y recaudatorios. Un hecho singular en el conjunto de la Península Ibérica el importante número de cecas galaicas (que superan latreintena), mayor que en cualquier otro territorio peninsular, que se expresa en el trinomio: ceca-obispado-parroquia, marcando una clara jerarquización y estructuración vertebradora del poblamiento en el noroeste hispano (figs. 19 y 20).

Figura 20. Cecas de época visigoda en Gallaecia (según Ruth Pliego)

Creditos:

In tempore Sueborum…

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