El Odio que acabó con Susan Sontag

Susan Sontag

El discurso del Odio

Aristóteles –que distinguía entre ira y odio– o Nietzsche –“El hombre de conocimiento debe ser capaz no solo de amar a sus enemigos, sino también de odiar a sus amigos”, escribió– son otros de los pensadores que han tratado de explicar por qué está tan presente en la psique humana. Las teorías sobre su origen adaptativo, en general, suelen ir en esas dos direcciones.

Por una parte, como sugiere Nietzsche, sirve para mantener un cierto estado de alerta intelectual. En situaciones tan peligrosas como el falso consenso grupal –cuando creemos que todos estamos de acuerdo, aunque no sea así, por mantener la cohesión– solo los odiadores son capaces de actuar con lucidez. Algo que resultaría muy útil cuando, en el pasado de la especie, las decisiones colectivas equivocadas a veces suponían la muerte.

El Odio como elemento de terror en el que su discurso se basa en el exterminio del distinto, en la intolerancia más absoluta, en la pérdida del pluralismo político, y, en definitiva, en generar un terror colectivo que sea el medio con el que conseguir esas finalidades.

Shakespeare conocía bien la fuerza del odio enardecido: La cólera es mi alimento; cenaré de mi propia sustancia», exclama un personaje de ‘Coriolano’. El odio es insaciable, ama la muerte y acaba siempre prometiendo el Paraíso, con huríes o sin ellas. Es inútil querer razonar con él, se trata de una fe impermeable a las razones y la experiencia, los atavismos del odio tribal, lingüístico, religioso, han puesto en marcha un fundamentalismo que clama su venganza sobre la razón.

“Si las masas pueden amar sin saber por qué, también pueden odiar sin ningún fundamento”, decía William Shakespeare.

Como ejemplo, tomaremos a una famosa “odiadora”:

Susan Sontag (Nueva York, 1933 – 2004) fue una escritora, novelista, filósofa, y ensayista, así como profesora, directora de cine y guionista estadounidense. Sontag, que recibió al nacer el nombre de Susan Rosenblatt, nació en Nueva York. Fue hija de Mildred Jacobsen y Jack Rosenblatt, ambos judíos estadounidenses.

Susan Sontag, activista para los derechos humanos, y exponente del movimiento feminista, escribió su famosa afirmación de odio contra la raza blanca:

“la raza blanca es el cáncer de la historia de la humanidad; es sólo la raza blanca – sus ideologías y sus invenciones – la que erradica a las civilizaciones autónomas allá donde se extiende, la que estropea el equilibrio ecológico del planeta y la que ahora amenaza a la propia existencia de la vida”

Partisan Review. Spring 1967.

Quizá por eso le llamaban “la conciencia ética de Estados Unidos” y le fue concedido en 2003 el Premio Príncipe de Asturias en España.

Solo como curiosidad: MURIÓ DE CÁNCER. Quizá su odio no le dejó vivir más.

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AUDHUMLA. La Vaca primigenia

Audhumla es la vaca primigenia, También conocida como La Gran Vaca Cósmica, involucrada en el origen de las razas de dioses y gigantes.

Aunque el nombre se encuentra entre los nafnaþulur o sinónimos de “vaca”, el rol mitológico de Audhumla se encuentra solo en el Gylfaginning de Snorri. Sin embargo, es generalmente aceptada por los estudiosos como una parte auténtica de los mitos nórdicos y no descartada como una invención de Snorri Sturluson. Snorri dice que Audhumla surgió de los goteos de la escarcha justo después de que se formó Ymir, y que cuatro corrientes de leche salían de sus ubres y nutrían a Ymir. Ella a su vez lamió bloques de sal, y de estos surgió en tres días Búri, el primero de los æsir.

Aunque las vacas no son poco comunes en las historias de creación de todo el mundo, lo que más llama la atención de Audhumla es que une los dos grupos de las élites guerreras en la mitología nórdica, nutriendo a Ymir, antepasado de todos gigantes, y sacando a la luz a Búri, progenitor de los æsir. La presunta etimología de su nombre, “vaca sin cuernos rica en leche”, no ayuda a descifrar su papel mitológico. Su significado no está claro, y el nombre puede haber sido oscuro o interpretado de manera diferente, incluso en tiempos paganos. La palabra auð podría estar relacionada con palabras que significan “riqueza”, “facilidad”, “destino” o “vacío”; ‘riqueza’ es quizás el candidato más probable. La palabra um   no está clara, pero a juzgar por los cognados aparentes en otras lenguas germánicas , podría significar “vaca sin cuernos”.

El erudito sueco Viktor Rydberg, a fines del siglo XIX, estableció un paralelismo entre los mitos y relatos de la creación nórdica en la mitología zoroástrica y védica , postulando un origen proto-indoeuropeo común. La mitología zoroastriana tiene un buey primitivo que se dice que es femenino o masculino y que aparece en el medio de la tierra junto con el humano primigenio.

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Las Valkyrias

En las sociedades guerreras germanas, morir durante la batalla estaba considerado como el mejor final que un hombre podía tener. Prueba de ello son la gran cantidad de personajes que aparecen relacionados con las guerras (Valkirias, Odín,) y la devoción que estos pueblos profesaban ante ellos. Lo curioso del Ragnarök es que todos los participantes conocían su destino antes de que ocurriese, es como si a nosotros nos pasasen un guion escrito de cómo será nuestro último día de vida…

Las Valkyrias (literalmente, “las que eligen a los caídos”) son entidades femeninas divinas, doncellas guerreras servidoras de Odín bajo el mando de la diosa Freyja, representadas como mujeres jóvenes y bellas, que montaban a caballo usando armadura, escudo y lanza. Se encargan de escoger a los guerreros heroicos caídos en batalla, que son llamados Einherjar y llevados al recinto de Odín, en el palacio Vallhöll. En este lugar los héroes muertos habitan hasta la llegada del Ragnarök, cuando el dios Heimdallr suene su cuerno para la batalla del ocaso de los dioses. Las Valkyrias también eran mensajeras de Odín y cuando cabalgaban sus armaduras producían la luz de la Aurora Boreal. Las valkirias se consideraban diosas de los muertos.

Como hemos dicho ya el nombre Valkyria significa “seleccionadora de los que murieron violentamente”. No es privativo de las lenguas escandinavas, puesto que se presenta también en inglés antiguo con la forma wälcyrge (walcyrge, walcrigge). Hay también una locución escandinava antigua, kýosa val, “elegir a los matados”, cuyo significado, aparentemente sencillo, no se conoce con certeza. Acaso se refiera al acto de recoger los cadáveres del campo de batalla o al de decidir qué guerreros han de perecer en él.

Si bien en los documentos existentes no se menciona el origen de las Valkirias, éstas son consideradas muchas veces como hijas de Odín, sin embargo, parece ser que muchas de las Valkirias originales eran de padres mortales. De hecho, hoy en día, se cree que las Valkirias originales eran las sacerdotisas de Odín, las cuales se dedicaban a oficiar los sacrificios rituales en los que se ejecutaba a los prisioneros, para “llevarlos junto a Odín”.

El culto por las Valkyrias es bastante popular entre los odinistas modernos, son diosas de mucha inspiración en nuestro camino, que representan tanto virtudes generales, como cualidades para la guerra.

Las Valkyrias tenían un papel muy concreto, el de escoger a los mejores y más valientes guerreros que habían caído en la batalla, de hecho, se dice que cuando un guerrero veía a las Valkirias, éste sabía que iba a morir. Una vez que las Valkirias escogían, tomaban las almas de los guerreros y los llevaban al Valhalla, dónde se convertían en Einherjar (espíritus guerreros), y se preparaban para luchar junto a Odín cuando llegara la batalla final, el Ragnarök.

Las Valkirias, residían normalmente en el llamado Vingólf, una de las moradas de los dioses. Dicho edificio se encontraba situado al lado del Valhalla, y contaba con quinientas cuarenta puertas. Por estas puertas era por dónde entraban los guerreros caídos. Allí las Valkirias curaban las heridas de los guerreros, o les servían hidromiel y cerveza, aparte de deleitarlos con su belleza.

La distinción entre las Valkirias y las Nornas (las tejedoras del destino de los hombres y mujeres, además de las encargadas de regar y cuidar a Yggdrasil), a veces es confusa, puesto que se considera que las Valkirias, eran las tejedoras de las redes de la guerra, y que ellas decidían (bajo el beneplácito de Odín) el resultado de las batallas, y, por ende, quién debía morir y quién debía vivir. Además, la Norna más joven de todas, Skuld, era también una Valkiria. De hecho, se dice que normalmente eran Freyja y Skuld, quienes encabezaban a las Valkirias, mientras se dirigían a los campos de batalla.

Las Valkirias son representadas comúnmente como bravas y bellas guerreras, siempre vírgenes, (si bien anteriormente habían sido representadas como cuervos que devoraban la carne de los muertos) armadas con yelmos y lanzas y cuya armadura desprendería una extraña luz que crearía lo que los hombres llaman Aurora Boreal o Luces del Norte. A menudo, también vemos que estas deidades son representadas cabalgando grandes caballos alados, sin embargo, el término “caballo de Valkyria” podría ser lo que se llama un kenningar, es decir, un tipo de perífrasis escandinava. Así, en realidad las Valkirias no cabalgarían sobre grandes y majestuosos caballos alados, sino grandes y temibles lobos que en medio de la batalla buscaban los cuerpos de los guerreros muertos.

El número de Valkirias, ha ido variando, y, si bien, en algunos mitos encontramos el nombre de algunas de las principales Valkyrias, las diferentes fuentes literarias han ido añadiendo nombres y aumentando el número total de estas divinidades femeninas menores, así el número ha ido fluctuando de tres hasta dieciséis. Sin embargo, nueve son las más comúnmente citadas:

Brynhildr o Brunilda, cuyo nombre significa “cota de batalla”.

Hilda, cuyo nombre significa “batalla”.

Sigdrifa o “la que trae victoria”.

Sigrun, “conocedora de los misterios o hechizos de la victoria”.

Sváva, cuyo nombre significa “sueva”.

Ölrun, Svanhvít y Alvitr conocida también como Hervör. Su nombre puede tener dos significados, “conocedora de los misterios del hidromiel” o “hechizo extraño”.

Þrúðr, hija del dios Thor, su nombre significa “fuerza”.

A continuación, todos sus nombres y significados:

Valkyrias de connotación guerrera:

1.- Brunhilda ó Brynhildr.- malla de batalla.

2.- Skögul & Gunnr ó Gudr.- batalla.

3.– Herfjötur.- grillete de guerra.

4.- Geirahöd.- lanza de batalla.

5.- Sigrdrifa.- viento de victoria.

6.- Skeggjöld.- portadora de un hacha de guerra.

7.- Hildr.- batalla.

8.- Hlökk.- estrépito de batalla.

9.- Göll.– grito de guerra.

10.- Sigrún.- runa de la victoria, reencarnación de Sváfa ó Sváva.

 

Valkyrias de connotación virtuosa:

11.- Thrudr ó Thrud.- poder.

12.- Rádgridr.- paz divina, consejera de paz.

13.- Randgridr.- escudo de paz.

14.- Reginleif.- herencia de los dioses.

 

Valkyrias con otras connotaciones:

15.- Skuld.– la que se convertirá. (Tiene el mismo nombre que la Norna del futuro)

16.- Hrist.- la que estremece.

17.- Róta.- la que causa confusión

18.- Göndul.- maga, mujer lobo.

19.- Mist.- neblina.

20.- Kára.- tempestuosa como el viento, reencarnación de Sigrún.

21.- Sváfa.- la que adormece, antecesora de Sigrún.

 

Walkyrias adicionales:

22.- Hladgudr.- guerrera con collar.

23.- Olrún.- la que conoce todas las runas.

24.- Hjalmthrimul.- la que provoca la batalla.

25.- Hjörthrimul.- portadora de la espada resonante.

26.- Geiravör.- diosa de la lanza.

 

BAJO EL COMBATE

Bajo la lluvia y el rayo
aúllan los plañideros espectros,
cazando de los caídos el aliento.

Plantados en la tierra
mezclados con sangre,
florecen los huesos de los muertos;en las cuencas vacías
el agua se estanca
y corre entre los dientes
sin mantos de labios.

Del campo devastado,
apestando a muerte,
huyen las monturas sin jinete.

Ahora en lodoso lecho yace mansa
la carne fiera, deseosa de hazañas.
De valor, de miedo, los gritos guerreros
dan como fruto sólido silencio.

Para las implacables hijas de Odín
en charcos, en regueros, salpicaduras rubíes
son servidas en bandeja como carroñera ofrenda,
mientras sus voces frías sisean en el viento:
Nacerán gloriosos cantos de vuestros lamentos.

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Cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico

Después del encarnizado debate abierto tras su publicación en inglés llega a España el demoledor ensayo en que Catherine Nixey describe el fin de una era en la hoguera del fanatismo

Tommaso Laureti – ‘El triunfo del cristianismo’ (1585)

Arrasado el jardín, entraron los barbudos en el templo de Palmira y quebraron de un golpe la impresionante estatua, la decapitaron y desmembraron, acaso temerosos de que las piedras encubrieran blasfemias contra su dios. ¿Soldados del Estado Islámico en 2012? No: soldados de Cristo en 385 d.C. “Parece que solo entonces esos hombres -esos cristianos- sintieron, satisfechos, que habían hecho su trabajo. Volvieron a fundirse una vez más con el desierto. Tras ellos el templo quedó en silencio. Las lámparas votivas, desatendidas, se apagaron. En el suelo, la cabeza de Atenea empezó a cubrirse lentamente con la arena del desierto sirio. Había empezado el ‘triunfo’ de la cristiandad”. Así comienza ‘La edad de la penumbra’ (Taurus), el demoledor ensayo en que la británica Catherine Nixey describe la extinción de una era en la hoguera del fanatismo y que ahora llega a España después de que su edición inglesa desatara un encarnizado debate.

‘La edad de la penumbra’.

Lo que los romanos entendían por “triunfo” no era exactamente lo mismo que ahora. No consistía solamente en la victoria del ganador, sino en “la total y absoluta subyugación del perdedor“. Y tal es la premisa de Nixey, historiadora y periodista de The Times e hija de unos monjes que pasaron veinte años dentro de un monasterio antes de colgar los hábitos: que si bien el cristianismo conservó parte del legado clásico en los siglos oscuros de la Edad Media, otra historia anterior, mucho menos gloriosa y conocida, desplegó un escenario de destrucción apocalíptica de la filosofía y el arte de la antigüedad grecolatina, reducido por la Iglesia a sangre y cenizas durante los siglos IV y V d.C.

“Los asaltos violentos de este periodo”, advierte Nixey, “no fueron terreno exclusivo de chiflados y excéntricos. Hombres que estaban en el corazón mismo de la Iglesia Católica alentaron y lideraron los ataques contra los monumentos de los “locos”, “malditos” y “dementes” paganos. El gran San Agustín afirmó ante una congregación en Cartago: “¡Dios quiere, lo mandó, lo predijo, comenzó ya a llevarlo a efecto, y en muchos lugares de la Tierra ya lo ha realizado en parte: la extirpación de toda superstición de paganos y gentiles!”. San Martín, todavía hoy uno de los santos franceses más populares, arrasaba los campos galos destruyendo templos y consternando a los lugareños a su paso. En Egipto, San Teófilo demolió uno de los edificios más hermosos del mundo antiguo. En Italia, san Benito destruyó un santuario dedicado a Apolo. En Siria, despiadados grupos de monjes aterrorizaban las zonas rurales, derribando estatuas y arrancando los techos de los templos”.

La batalla con los demonios

‘La edad de la penumbra’ es estrepitoso, estupendamente escrito, durísimo y muy divertido: “los ataques no se detenían en la cultura. Todo, desde la comida que se ponía en el plato (que debía sen sencilla y sin especias) hasta lo que se hacía en la cama (que debía ser igualmente sobrio y sin especiar) empezaba, por primera vez, a quedar bajo el control de la religión“. Tal vez sus páginas provoquen un corte de digestión a algunos creyentes pero será difícil que no los fascine al mismo tiempo con su brillante recreación histórica del momento trágico y surreal en que la civilización se hundió en las tinieblas. Los demonios, por ejemplo.

Al decidir a quién venerar, las congregaciones no elegían entre un dios u otro; estaban escogiendo entre el bien y el mal, entre Dios y Satanás

Aquel era un mundo de apariciones diabólicas, un lugar en que Satanás podía pasar a tu lado por un camino y un demonio podía sentarse frente a ti en la cena; un mundo en que el alma inmortal estaba en peligro perpetuo“. Esto que hoy invitaría a una sonrisa, no era ninguna broma entonces. Para los panegiristas cristianos se trataba de una amenaza mortal que además les servía como dispositivo ideológico para purgar el mundo de paganos: “Una nueva generación de predicadores inflexibles pronunciaba un sermón intimidatorio tras otro, en los que quedaban claras las opciones del pueblo. Al decidir a quién venerar, las congregaciones no elegían entre un dios u otro; estaban escogiendo entre el bien y el mal, entre Dios y Satanás“.

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Catherine Nixey recuerda que no tenía por qué haber ocurrido así, que mientras que los pastores cristianos exigían pureza, su grey, bastante menos apasionada, estaba incorporando al dios cristiano sin mayor problema al cada vez más nutrido panteón de divinidades paganas y ora le rezaba a él, ora sacrificaba un carnero en el altar de Júpiter. El propio emperador Constantino, que legalizó el cristianismo en el Imperio Romano en el año 313, se mostró comprensivo con los ritos antiguos. “Ningún hombre será privado de la completa tolerancia”, proclamó en el célebre edicto de Milán. Pero los clérigos cristianos, por fin dueños de la situación, no iban a permitirse semejantes lujos ‘demócratas’. Al poco de su legalización, los templos paganos ardían de Oriente a Occidente mientras sus sacerdotes -y miles de sus fieles- eran asesinados.

Los últimos filósofos

Año 532 d.C. Siete hombres huyen de Atenas hacia Oriente con un parco equipaje de libros. ¿Cuál es su oficio? Filósofos, los últimos miembros de la Academia, la más famosa escuela de Grecia fundada por Platón mil años antes. La cuna de la razón occidental se había tornado un lugar peligroso para su actividad, los soldados de Cristo buscaban ejemplares prohibidos casa por casa para quemarlos en grandes piras -junto a sus poseedores-, la discusión pública había sido prohibida y los frisos del Partenón, asaltados y mutilados. Apenas nos quedan hoy palabras de aquel “grupo melancólico”, como las de su líder, el septuagenario pero aún enérgico Damascio: “Toda mi vida ha sido barrida por el torrente“.

Sólo un uno por ciento de la literatura latina sobrevivió a los siglos. El noventa y nueve por ciento se perdió

¿Por qué contar ahora esta historia? Sencillamente, responde Catherine Nixey, porque nadie lo había hecho, porque la épica aventura de un puñado de monjes defendiendo de la oscuridad medieval el legado clásico es una versión real pero también tremendamente parcial: “Los palimpsestos -manuscritos sobre los que se grababa de nuevo- aportan indicios de los momentos en que desaparecieron las obras antiguas. Agustín sobrescribió el último ejemplar de ‘Sobre la República’ de Cicerón para anotar encima sus comentarios de los ‘Salmos’. Una obra biográfica de Séneca desapareció bajo otro ‘Antiguo Testamento’ más. Un códice con las ‘Historias’ de Salustio se raspó para dar lugar a más escritos de San Jerónimo…. Sólo un uno por ciento de la literatura latina sobrevivió a los siglos. El noventa y nueve por ciento se perdió“.

Catherine Nixey en portada de The Times Magazine

Concluye Catherine Nixey: “Se produjo otra pérdida definitiva, aún menos recordada que las demás, pero a su modo, casi tan importante. La memoria de que existió una oposición al cristianismo desapareció. La idea de que los filósofos pudieron haber luchado con vehemencia, con todo lo que tenían, contra el cristianismo fue, y aun es, ignorada. El recuerdo de que muchos se alarmaron por la expansión de esta religión violentamente intolerante desaparece del paisaje. La idea de que muchos no estaban entusiasmados sino disgustados por la visión de sus templos en llamas y demolidos se dejó -y se deja- de lado. La idea de que los intelectuales estaban consternados -y asustados- por la visión de los libros ardiendo en piras ha caído en el olvido. El cristianismo contó a las generaciones posteriores que su victoria sobre el viejo mundo fue celebrada por todos, y las siguientes generaciones lo creyeron. (…) El ‘triunfo’ del cristianismo era completo“.

 

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Soldado USA tiene permiso para conservar su barba por ser Odinista

  • El ejército aprobó una norma el año pasado que permitía a las tropas estar exentas de la regla de afeitarse si iba en contra de su libertad religiosa después del pleito sij.
  • Ahora, un soldado de la Brigada de la 14ª Brigada de la Policía Militar, Missouri, ha argumentado con éxito que su paganismo nórdico significa que debería permitírsele guardar la barba también.
  • El paganismo nórdico fue una religión practicada en el norte de Europa en la época precristiana, pero que se ha vinculado más estrechamente con los vikingos.
  • Los Dioses Thor, Loki y Odin han inspirado innumerables libros y películas La religión fue aniquilada por el cristianismo en el año 1000 dC, pero ha resurgido con fuerza hoy en día en Europa y los Estados Unidos.

A un soldado con barba se le ha permitido conservar su vello facial debido a su fe nórdica.

El Ejército aprobó una norma el año pasado que permitía que las tropas estuvieran exceptuadas de la regla de afeitar limpio si iba en contra de su libertad religiosa.

La medida se produjo después de una demanda de soldados sij que argumentó que se les debería permitir mantener la barba porque cortarse el cabello está prohibido en la fe, ya que se considera un regalo de Dios.

Pero la regla se aplica a todas las religiones y ahora un soldado de la Brigada de la 14ª Brigada de la Policía Militar en Fort Leonard Wood, Missouri, ha argumentado con éxito que su paganismo nórdico significa que también se le debe permitir mantener la barba.

“Otorgo su alojamiento, sujeto a los estándares y limitaciones que se describen a continuación”, escribió el comandante Col. Curtis Shroeder al soldado del 795.º Batallón de la Policía Militar, cuyo nombre está redactado de una copia del memorando que circula en Facebook.”

‘En observancia de tu fé Odinista; La fe pagana nórdica, puedes dejarte barba, de acuerdo con los estándares del uniforme y el arreglo personal del ejército para soldados con adaptaciones religiosas aprobadas.”

Kesh: el requisito de Sikh de no cortar sus barbas

Kesh, o “pelo sin cortar” es la práctica de permitir que el cabello crezca naturalmente como un símbolo de respeto por la creación de Dios. Es uno de los Cinco Kakaars, los símbolos externos ordenados por Guru Gobind Singh en 1699 para representar la fe sij.

El cabello se peina dos veces al día con un Kanga y se cubre con un turbante.

Los rituales como las grandes fiestas comunales, los sacrificios de animales, el culto a los antepasados ​​y los obsequios a las criaturas conocidas como seres de pie eran parte de la fe. Pero la religión es más famosa por sus dioses Thor, Loki y Odin, que han inspirado innumerables historias, personajes de cómics y la última versión de las películas de Marvel.

La religión se extendió desde lo que hoy es Escandinavia moderna a gran parte del norte de Europa, incluidos el Reino Unido y Alemania, gracias a los navegantes vikingos, pero la fe casi se extinguió después de la introducción del cristianismo alrededor del año 1000 d.C.

Sin embargo, todavía permanecen seguidores en Europa y han estado creciendo en los EE. UU. Desde la década de 1960. Ahora hay menos de 80,000 paganos, como también se los conoce, según el censo de 2014 en América.

Y en 2015, el Ejército aceptó una solicitud para agregar la religión a su lista de códigos de fe. Pero antes de que se le concediera la aprobación final, el Pentágono anunció una revisión de todas las religiones reconocidas por el Departamento de Defensa.

El Martillo de Thor está disponible para ser colocado en las lápidas y marcadores del gobierno para los soldados caídos desde 2013.
El Open Halls Project, un grupo de defensa de los paganos en el ejército, admite que una barba no es un “requisito” religioso, sino una tradición en el paganismo.
A diferencia de los paganos, a los sijs se les exige por su fe que mantengan el cabello y la barba sin cortar
Los sijs tienen una larga tradición de servicio militar en la India y en otros lugares y han servido en los Estados Unidos desde la Primera Guerra Mundial. Pero las reformas uniformes después de la Guerra de Vietnam hicieron que les resultara difícil servir sin violar los principios de su fe.
Las nuevas reglas, presentadas en enero de 2017, permitieron adaptaciones religiosas para las barbas, pero no pueden ser más largas de dos pulgadas a menos que estén enrolladas o atadas.
Los soldados con un alojamiento religioso pueden usar un turbante o turbante conocido como patka.
Los soldados con adaptaciones religiosas aún deben poder usar cascos de combate y otros artículos de protección y modificar sus peinados para lograr un calce apropiado. Las nuevas reglas permiten pañuelos en la cabeza, o hijab, para mujeres musulmanas.

fuente:

http://www.dailymail.co.uk/news/article-5662191/Soldier-gets-authorization-wear-beard-Norse-pagan-faith.html

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El mito Odinista en Tolkien. parte I

El anillo de poder. Draupnir

Antes de empezar a leer El Silmarillion, cuando leía El Hobbit, indagué un poco sobre Tolkien y encontré algo que no me gustó: Tolkien era cristiano practicante. Esto me decepcionó bastante ya que me imaginaba que un hombre con tanta imaginación para crear una religión pertenecería a una que se pareciera a la que él habría creado, como el odinismo, o que simplemente creía en la suya que había creado. Pero no, resultó ser  católico practicante y entonces empezó a quedarme claro por qué había un dios, Illuvatar, por encima de otros espíritus a los que llamaba Ainur. Eso me abrió lo ojos un poco más, aunque seguí leyendo sus libros sin importarme la religión de su autor ya que su imaginación era increíble y la plasmaba de una manera muy bella.

Ningún pueblo en la historia estuvo tan obsesionado con el poder del anillo como los escandinavos. El anillo significaba riqueza, honores, fama y destino para esta gente guerrera. Bajo su signo cartografiaron mares desconocidos, libraron guerras bárbaras, sacrificaron hombres y bestias, juraron su fe, hicieron con él grandes regalos, y finalmente murieron por él. Los dioses eran señores del anillo de los cielos, y los reyes, señores del anillo de la tierra.

El mascarón de proa de los barcos era un anillo: sujeto entre los dientes de un dragón o tallado como escamas de una serpiente. Abrió por primera vez los horizontes grises del mar del Norte y la bahía de Dublín; señaló el camino a España, Italia, Tánger y Bizancio a lo ancho del azul Mediterráneo, y atravesó los mares helados del Atlántico Norte y los bancos de niebla de América.

Los barcos con anillos en la proa eran presagio de fuego, muerte y destrucción.

Ningún rey o conde terrenal conservaba mucho tiempo el poder si no era «dador de anillos». Pues con estos regalos de riqueza y honores, el guerrero esperaba ser recompensado por su fidelidad. Del oro saqueado el herrero forjaría anillos para los dedos, macizos brazaletes y grandes collares de oro entrelazado. Todos eran símbolos de nobleza, bienes y fama, y a menudo se podía juzgar con exactitud el poder de un reino por el «tesoro en anillos» del rey.

En los mitos escandinavos de búsqueda del anillo encontramos una de las fuentes de inspiración de Tolkien para El Señor de los Anillos. Aunque el símbolo del anillo era también predominante en muchas otras culturas antiguas, fueron los nórdicos los que desarrollaron el mito de la búsqueda hasta que llegó a ser el corazón mismo de su identidad cultural. Prácticamente todas las historias de búsqueda del anillo que vinieron después en los mitos y la ficción tienen una gran deuda con los mitos nórdicos. El Señor de los Anillos de Tolkien, aunque asombroso por su innovación y originalidad, no es una excepción.

Entre los escandinavos, el anillo de oro era una forma de valor corriente, un don honorífico, y a veces una herencia de héroes y reyes. (Un anillo semejante pertenece a la Casa Real sueca, el llamado Sviagriss de los reyes suecos). En otras ocasiones, cuando caían los grandes héroes o reyes, y se consideraba que ningún otro era merecedor del anillo, éste era enterrado con su dueño.

En el túmulo o en la caverna, en el mar o en la tumba, sobre una barca fúnebre hundida en el mar, los anillos dormían con sus señores. Más tarde se contaron historias de maldiciones de muertos y guardianes sobrenaturales. En los mitos nórdicos y en los cuentos de Tolkien, los guardianes de los tesoros y de los anillos tienen distintas formas: espíritus malditos, serpientes, dragones, gigantes, enanos, tumularios y monstruos demoníacos.

Los anillos de la mitología nórdica —como los de Tolkien— por lo general eran anillos mágicos forjados por los elfos. Estos anillos de oro eran insignias tanto de poder como de fama eterna. También eran símbolos del poder más alto: el destino, el ciclo de la predestinación.

En verdad, el Domhring —el Anillo del Destino—, el anillo de piedras monolíticas que se erguía ante el Templo de Thor, era quizá el símbolo más temido de la violenta ley de los escandinavos.

(En Tolkien, un «Anillo del Destino» se yergue fuera de las puertas de Valimar, la ciudad de los dioses). En el centro de este anillo de piedras estaba el pilar del Dios del Trueno, el Thorstein. En el siglo IX, el Rey irlandés Maelgula Mac Dungail fue hecho prisionero en el enclave vikingo de Dublín. Se lo llevó al Anillo del Destino y se le rompió la espalda sobre Thorstein. Sobre otro anillo igual en Islandia, en el siglo XII cristiano, un escriba apuntó que aún se podían ver manchas de sangre en la piedra central.

Sin embargo, el templo sostenido por grandes pilares del Dios del Trueno, feroz y de barba roja, albergaba otro anillo muy distinto —para la sociedad nórdica— e infinitamente más importante. El arma de Thor era el rayo, el martillo llamado Mjölnir, «el triturador», pero el don más preciado de Thor era el anillo del altar que se guardaba en su templo: el Anillo del Juramento de Thor, el emblema de la buena fe y los tratos justos. Sobre el altar sagrado había un cuenco de plata, una varilla de unción y el mismo Anillo del Juramento. Bien fuera de oro o de plata, pesaba quizá más de veinte onzas. La estatua de Thor, montado en un carro tirado por cabras, dominaba el santuario mientras alrededor del altar se agrupaban las doce figuras de los dioses hermanos, los ojos clavados en el Anillo.

Cuando se iba a tomar un juramento, se sacrificaba un buey, y se rociaba el Anillo con la «hlaut», la sangre sagrada. Luego el hombre ponía una mano sobre el anillo, con la mirada de Thor fija en él, se volvía de cara a la gente, y en voz alta decía:

Pronuncio un juramento sobre el Anillo,
un juramento sagrado; por ello ayúdame Freyr,
y Njörd y Thor el Todopoderoso…

Para los escandinavos este juramento era legalmente vinculante, y cuando el primer parlamento democrático del mundo, el Althing, se estableció en Islandia en 930 d. C., los sacerdotes del templo presentaron los Anillos del Juramento para reforzar la ley.

No obstante, Thor no era el único señor del anillo entre los dioses, ni el suyo era el más poderoso. El poder mayor se encontraba en el anillo de la mano de Odín, el rey mago de los Dioses. Odín era el Padre Supremo, el Señor de las Victorias, de la Sabiduría, de la Poesía, del Amor y de la Magia. Era el Amo de los Nueve Mundos del universo nórdico, y por medio del poder mágico del anillo que él llevaba era casi literalmente «el Señor de los Anillos».

Pero Odín no siempre fue el líder  de los Dioses y durante mucho tiempo buscó el poder y el anillo mágico y sólo lo consiguió a un alto precio. Recorrió los nueve mundos en su busca y se ocultó bajo muchas formas, aunque más a menudo aparecía como un anciano: un errante barbudo de un solo ojo. Llevaba un abrigo gris o azul y un sombrero de ala ancha de viajero. Sólo portaba un bastón y fue el modelo de los magos y hechiceros peregrinos que vinieron después, desde Merlín a Gandalf. Sin embargo, antes de adentrarnos más en el mito del anillo de Odín, merece la pena, y es necesario, echar un amplio vistazo general a la Tierra Media de Tolkien y compararla con las tierras de la mitología nórdica. Aunque en el mundo de Tolkien las perspectivas morales y filosóficas no son las de la mitología vikinga, hay muchas y significativas similitudes.

El paralelismo más inmediato, incluso para aquellos poco familiarizados con los mitos nórdicos, es que el mundo de los mortales tiene en Tolkien y en los escandinavos el mismo nombre: el nórdico «Midgard», literalmente: «Tierra Media».

Los dioses inmortales de los nórdicos están divididos en dos razas: los Ases y los Vanes; los dioses de Tolkien en un principio son llamados Ainur, aunque llegan a ser conocidos como los Valar en su forma terrenal. En ambos sistemas los dioses viven en grandes estancias o palacios en un mundo separado de las tierras mortales. Los ases moran en Asgard, a la que sólo se puede llegar cruzando el Puente del Arco iris en los caballos voladores de las valkirias. Los Valar de Tolkien viven en Aman, que sólo se puede alcanzar a través del «Camino Recto» en los navíos voladores de los Elfos.

La cosmología nórdica era algo más compleja que la de Tolkien. Asgard y Midgard sólo eran dos de sus nueve «mundos». No obstante, los dos «mundos» de Tolkien son mucho más cosmopolitas, y la mayoría de los habitantes de los nueve mundos nórdicos se pueden reconocer en ellos. Además de Midgard y Asgard, los mitos nórdicos hablan de unos mundos llamados Alfheim y Svartalfheim: los reinos de los elfos de luz y los elfos negros. Éstos son comparables con los Elfos de Tolkien, que comprenden dos grandes razas: los Eldar, que son (en su mayor parte) elfos de la Luz, y los Avari, que son elfos oscuros.

Los enanos de la mitología nórdica también tenían su propio mundo. Se trataba de un oscuro mundo de cavernas llamado Nidavellir, que se encontraba debajo de Midgard, donde los enanos trabajaban en las minas. Estos enanos comparten muchas de las peculiaridades de los de Tolkien, aunque en él tanto los enanos como los elfos están mucho más definidos, y tienen características más individuales, y genealogías mucho más complejas.

Es sorprendente que Tolkien sacara los nombres de la mayoría de sus enanos directamente del texto irlandés del siglo XII, Edda en prosa. El Edda relata la historia de la creación de los enanos, y luego cita sus nombres. Todos los enanos en El Hobbit aparecen en esta lista: Thorin, Dwalin, Balin, Kili, Fili, Bifur, Bofur, Bombur, Dori, Nori, Ori, Oin y Gloin. Otros nombres de enanos que Tolkien encontró en el Edda incluía: Thrain, Thror, Dain y Nain. El Edda da también el nombre de Durin a un creador misterioso de los enanos que Tolkien utiliza para su primer rey de los enanos del «Linaje de Durin». Otro de los enanos islandeses es llamado Gandalf. Sin duda fue el significado literal de Gandalf —«hechicero elfo»— lo que atrajo a Tolkien al elegir este nombre para su mago.

Los nórdicos atribuyeron dos mundos a sus razas de gigantes: Jotunheim y Múspelheim. Jotunheim era el hogar de los gigantes de la escarcha y de las montañas que moraban en cuevas. En ellos vemos las características reconocibles de los grandes, estúpidos y fácilmente burlados monstruos que evolucionaron hasta convertirse en los trolls de los cuentos de hadas escandinavos. En Tolkien, se transformaron en los también estúpidos Trolls de Piedra y Trolls de las Nieves.

Sin embargo, en el mundo de Múspelheim encontramos unas criaturas mucho más formidables: los gigantes de fuego. Sin duda los gigantes de fuego son personificaciones de los subterráneos poderes volcánicos. Pues una vez que se liberaban de Múspel eran virtualmente incontenibles. En el Ragnarök, la batalla final de los dioses y los gigantes en el fin de los tiempos, desempeñaron una parte importante en la destrucción del mundo. En Tolkien encontramos algo de estos terribles titanes en los Balrogs, los «demonios de poder» del fuego.

Otro mundo era Vanaheim, el hogar de una segunda raza de dioses, los vanes: una raza de espíritus naturales de la tierra y el aire que también son magos capaces de echar encantamientos aterradores. En los mitos nórdicos estos dioses magos no están muy definidos como en los dominantes dioses ases, pero se asemejan a los Valar de Tolkien en sus tempranas manifestaciones, como espíritus elementales o «fuerzas de la naturaleza».

El mundo más profundo de todos era Niflheim, la tierra oscura y nebulosa de los muertos. En esta tierra fría y venenosa se alzaba la gran ciudadela amurallada de Hel, la diosa de los muertos. La puerta de esta fortaleza estaba guardada por Garm el Perro y dentro se guardaban prisioneros los espíritus de los muertos. Esto puede compararse en El Silmarillion de Tolkien a la fría y envenenada tierra de Angband («fortaleza de hierro») que está gobernada por Morgoth, el dios de la oscuridad. La puerta de la fortaleza de Angband la vigilaba Carcharoth el Lobo, y allí muchos elfos eran espantosamente torturados y transformados en una raza de seres malditos llamados Orcos. Durante la Guerra de los Anillos, el discípulo de Morgoth, Sauron, intenta recrear Angband en la sombría y maligna Tierra de Mordor.

En última instancia, tanto las cosmologías del mito nórdico como la ficción de Tolkien comparten un estoico fatalismo. En el mito vikingo, los espíritus de los guerreros muertos se reúnen en la Estancia del Valhalla en Asgard, mientras que en los cuentos de Tolkien los espíritus de los Elfos muertos habitan las Estancias de Mandos en Aman. Los dos están allí esperando el tiempo en que serán llamados a participar en los cataclismos que acabarán con los mundos en que viven. Éste es el gran conflicto de las fuerzas elementales que los escandinavos llamaron Ragnarök, y Tolkien el Fin del Mundo.

La visión de Tolkien del Fin del Mundo está deliberadamente velada, pero hay algunas similitudes entre el Ragnarök vikingo —cuando el dios rebelde Loki conduce a los gigantes a la batalla contra los dioses— y la Gran Batalla cataclísmica de Tolkien en El Silmarillion. Cuando Eönwë el Heraldo de los Valar sopló su trompeta, los Valar partieron a la batalla contra el Vala rebelde Morgoth y sus monstruosos servidores al final de la Primera Edad del Sol. El Ragnarök vikingo fue una batalla entre los dioses y los gigantes, y de manera similar comenzó cuando Heimdal el Heraldo de los Dioses sopló su cuerno. Ragnarök terminó con la destrucción de los nueve mundos. La Gran Batalla de Tolkien tuvo como resultado la total destrucción de Morgoth y el maligno reino de Angband, pero también provocó trágicamente que los hermosos reinos élficos de Beleriand se hundieran en el mar.

Algunos relatos de Tolkien repiten de modo directo episodios de aquel cataclismo del Ragnarök. En «La Búsqueda del Silmaril», el héroe Beren intenta usar el Silmaril de fuego para repeler a Carcharoth, el lobo gigante de Angband. Sin embargo, la bestia arrancó de un mordisco la mano de Beren a la altura de la muñeca y se tragó tanto la mano como la joya llameante, en un claro paralelismo entre El Dios Tyr y el lobo Fenrir. Carcharoth Fauces Rojas sintió un dolor horrible cuando la joya le abrasó la carne maldita y desde el interior le consumió el alma. La enorme bestia es como un meteoro salvaje suelto por la tierra, llena de dolor y de iracundo poder hasta que por fin la destruyan.

En el cuento de Tolkien, Carcharoth puede compararse con el mito nórdico de Fenrir, el lobo gigante, que le arrancó la mano a Tyr, el heroico hijo de Odín. Fenrir era el monstruoso vástago del malvado dios rebelde, Loki, y junto con Carcharoth era el lobo más grande y poderoso en las esferas del mundo. Durante el Ragnarök, el lobo devoró el sol, que lo quemó y consumió por dentro, pero lo llenó con un colérico poder hasta que al fin muere.

En El Señor de los Anillos, la batalla de Gandalf con el balrog de Moria refleja otro duelo en el Ragnarök. El gigantesco balrog de Moria que lucha con el mago Gandalf con una espada de fuego en el puente de piedra de Khazad-dûm, es una versión reducida de Surt, el gigante de fuego, que lucha contra el dios Frey con una espada de fuego en el Puente del Arco iris de Bífrost. Ambos duelos terminan en desastre cuando los puentes se derrumban y todos los combatientes se precipitan al vacío envueltos en un frenesí de llamas.

Aunque tanto Tolkien como los nórdicos comparten una visión cataclísmica del fin de sus cosmologías, esta visión no carece de esperanza. De esos conflictos, las dos prometen que dicho fin también es una transición: un mundo más nuevo, mejor y más pacífico renacerá del antiguo y violento. Las fuentes de inspiración de Tolkien son extraídas de un abanico de fuentes mucho más amplio que lo que sugiere esta breve comparación de cosmologías. No obstante, resulta innegable la influencia del mito nórdico en la formación del mundo de Tolkien. Ello se hace aún más evidente cuando examinamos los mitos del anillo de esa civilización; y en especial aquellos mitos que están relacionados con el Rey de los dioses escandinavos, Odín.

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LOS NUEVE PILARES DEL ODINISMO.

Mirémonos a la cara. Nosotros somos hiperbóreos, -sabemos muy bien cuán aparte vivimos. “Ni por tierra ni por agua encontrarás el camino que conduce a los hiperbóreos”

Friedrich Nietzche

Fernando López de Prado

El Odinismo como religión neopagana pretende la reconstrucción de la  espiritualidad de los pueblos germánicos. Han pasado muchos siglos desde que los  últimos grupos paganos escandinavos fueron convertidos a la fuerza al cristianismo,  por este motivo el regreso a esta espiritualidad no es inmediato ni sencillo. A través del estudio de las fuentes de la mitología, del derecho, la sociedad, la familia, etc., se puede reconstruir como era la religiosidad nórdica y desde esta reconstrucción histórica adaptarla a nuestros días. Son posibles muchas reconstrucciones, como sin duda hubo infinidad de Odinismo en el pasado, teniendo en cuenta la gran variedad de confederaciones germánicas (godos, francos, suevos, sajones, anglos, vándalos, burgundios, etc.) que existieron a lo largo de los siglos. Cada confederación a su vez se dividía en varias tribus y éstas en a su vez en sippes (kindred), con su variantes religiosas.

El Odinismo, como cualquier religión debe tener un conjunto de principios fundamentales que lo caractericen frente a otras religiones, guiando a sus fieles en su crecimiento y dando uniformidad a los cultos y rituales. En este artículo vamos a presentar esquemáticamente los que consideramos Los Nueve Pilares del Odinismo.

  1. Politeísta: el Odinismo es una religión politeísta, la diferencia frente a los monoteísmos no radica en el indeterminado número de dioses, sino en la ontología de la divinidad. Los dioses germánicos y por ende los indoeuropeos, son entidades superiores al ser humano, pero no son omnipotentes, ni omniscientes, ni inmutables, ni eternas, etc. Los dioses ante todo representan para el hombre un camino de autorrealización. El odinista busca realizar la divinidad que lleva en su interior siguiendo el camino de los héroes, alcanzado la apoteosis y de esta forma transmutando su ser humano en divino. Los dioses a su vez se dividen en muchas tribus: Aesir, Vanir, Elfos, etc., con funciones cósmicas diferentes. Un dios es una entidad poliédrica, manifestado una fuerza distinta en cada dimensión de la realidad: física, psicológica, genética, histórica, etc. Al hablar de los dioses, muchas veces empleamos analogías, esta forma de hablar presenta la ventaja de la sencillez, pero al mismo tiempo emplea conceptos externos que no permiten una mayor profundización en la naturaleza del ser divino. Desde el punto de vista filosófico empleamos un metalenguaje para explicar las realidades divinas. Como ejemplo, podemos asociar los dioses a las fuerzas de la naturaleza:
  • la fuerza nuclear fuerte,
  • nuclear débil,
  • electromagnetismo
  • y gravitatoria.

Cada una rige un conjunto de fenómenos físicos e interactúan cuando convergen en una partícula o punto, siguiendo unas leyes. Platón, que era politeísta y fundó su Academia como una institución religiosa, concebía el Universo como una realidad viviente, con su cuerpo material y su alma cósmica. Esta última tenía consciencia de su existencia, poseía una mente. De aquí, podemos inferir que las fuerzas que rigen el Universo tienen cuerpo, alma y mente, es decir son dioses. Esta es una interpretación posible, cada odinista debe buscar la suya propia.

  1. No Dogmático: El Odinismo, como todas las religiones indogermánicas es un camino espiritual personal. El Odinismo no pretende crear una religión-estado, con un jefe de estado que ordena a sus fieles mediante encíclicas de obligado cumplimiento bajo penas pecunias, penales (incluida la pena de muerte) y el castigo eterno en el infierno. Las barbaridades cometidas por las religiones abrahámicas son suficientemente conocidas y por desgracia aun las sufre la humanidad.

No tener dogmas no significa que todo es posible en el Odinismo.

Al contrario, el Odinismo se rige por la tradición recogida en los textos que se han conservado y por el espíritu que se manifiesta en los descendientes de los paganos germánicos. La genética imprime carácter, un odinista siente las fuerzas de sus ancestros que le guían en su actuar, generando una ética práctica.

El Odinismo no necesita un decálogo de hipocresías, que solo sirven para atemorizar al fiel, situándolo siempre en el pecado, necesitado del perdón de un sacerdote (en muchos mucho más pecador que el propio fiel) para volver a sentirse querido, por un dios al que siempre mira con la cabeza baja y desde el miedo. El odinista ama a los dioses y diosas desde la admiración, como hermanos mayores que han superado vicisitudes en sus vidas que han quedado reflejadas en mitos que nos guían en nuestro periplo. Vivimos una sola vez, por este motivo nuestra vida es algo excepcional, no podemos malgastarla con miedos y complejos, debemos vivirla conforme a lo que somos, de forma heroica, dispuestos a dar lo mejor de nosotros mismos. No hay mayor honor que el ser recordado por nuestros amigos y familiares. La fama que buscaban los grandes héroes homéricos. El odinista no teme a nada, ni a los mismos dioses, a los cuales se puede enfrentar si este es su destino.

  1. Sin Clase Sacerdotal: los pueblos germánicos no tuvieron una clase sacerdotal, el jefe de la sippe, el kuni, el kindred y el padre de familia actuaban como sacerdotes. Si miramos a otros pueblos indogermánicos, las estructuras sacerdotales eran sencillas, pues la falta de textos sagrados y por lo tanto de unos dogmas revelados impidió la formación de estructuras sacerdotales poderosas. Como odinistas debemos mantener esta tradición. No es fácil, pues el contagio con las religiones abrahámicas nos puede arrastrar a crear estructuras clericales, con todos los vicios que de ellas se derivan. El primero es el dogmatismo, que tanto daño ha causado a la sociedad, el segundo es la generación de un negocio religioso, algo normal en la mentalidad abrahámica, donde el acaparar oro es vital. El día que en el Odinismo los godis cobren por sus ritos, como los sacerdotes abrahámicos, habremos perdido sin duda la pureza del rito y por lo tanto la conexión con los dioses. La limpia intención, la espontaneidad, la naturalidad deben ser virtudes que guíen los rituales odinistas. La profesionalización de los godis, si bien puede traer consigo unos ritos más elaborados, pierde en profundidad espiritual, pues ya no es uno más del pueblo quien conduce el ritual, es un funcionario al servicio de una institución con intereses mundanos. Otra cosa es que los fieles que son llamados por Odín, a conducir los rituales deben formarse en la espiritualidad y la filosofía del Odinismo, pues todo don implica una responsabilidad con el pueblo y una necesidad de realización de la persona, que si no es satisfecha genera lagunas en su crecimiento espiritual. Hoy en día vemos como la formación académica sufre una crisis que esta desembocando en un desprestigio social. El Odinismo como institución debe facilitar la formación de sus fieles, desde una perspectiva iniciática, donde el maestro guíe al neófito hacia su maestría, generando una cadena de transmisión de conocimiento, que comenzó en Odín y terminará en el Alfather.
  1. Nativo y Étnico: el Odinismo es una religión ligada a la familia, la sippe, la tribu, la nación. El Odinismo nace desde unos presupuestos genéticos. Los genes nos guían, cuando reconocemos en nuestros hermanos conductas de nuestros padres, abuelos y antepasados, su transmisión no solo es cultural, pues la cultura de nuestros abuelos es diferente a la nuestra. Cada pueblo es en sí mismo perfecto, por lo tanto debe seguir la espiritualidad que sus genes marcan, para conseguir el mayor desarrollo espiritual. La llegada de las religiones abrahámicas a Europa supuso la imposición de paradigmas contra natura para el europeo. La edad media fue un periodo en el que los pueblos europeos vivieron enfermos.

Podemos comparar la conversión a las religiones abrahámicas a una infección por un virus, estableciendo una analogía con sus fases. En este sentido durante la edad media los pueblos europeos perdieron la capacidad de crear, de pensar. Vivian del recuerdo del mundo grecorromano, pues su espíritu estaba amordazado por la moral abrahámica. Con el renacimiento, se perdió el miedo a pensar fuera de lo permitido por la fe abrahámica. La ciencia se mostró superior a la fe de un dios castrador. La genialidad de los griegos volvió a brillar en los corazones y las mentes de los europeos. Se recuperó el conocimiento matemático, la física volvió a brillar y con ella todas las ciencias que durante la edad media estaban estancadas. El virus del Yahvé estaba siendo vencido, el hombre volvía ser el centro del cosmos y la medida de todas las cosas. En los siglos siguientes las naciones europeas llevaron la ciencia y la civilización por los cinco continentes. El cristianismo seguía siendo la fe mayoritaria, pero había sido marginada al área moral, era posible desarrollar una ciencia y una tecnología independientes de la supervisión clerical. La fe de Yahvé quedaba relegada al mundo de lo intangible. Lentamente la Inquisición fue perdiendo fuerza hasta que los europeos comprendieron que era un instrumento malvado.

Si los pueblos europeos sufrieron más de diez siglos de oscurantismo por la imposición de una religión exógena, ¿no debería aprender todos los pueblos del mundo que en sus religiosidades nativas se encuentra el camino de realización personal y comunitaria? Por este motivo, el Odinismo es bueno para las personas de genética germánica  porque encaja sincrónicamente en nuestro puzzle anímico-espiritual-físico y también será bueno para personas de otras etnias, aunque ya no sea posible para éstas la íntima interconexión tripartita cuerpo-alma-espíritu. Al igual que a nosotros, que se nos ha impuesto una fe extraña a nuestra alma, animamos  a todos los pueblos de la Tierra a encontrar en sus raíces culturales su camino ancestral para ser ellos mismos, como hicieron sus mayores.

  1. Culto a los Ancestros: Igual de queridos que los Aesir y los Vanir son nuestros ancestros, ellos nos trasmitieron sus genes, nos instruyeron, nos dieron su cultura y nuestra identidad. Por ellos trasmitimos a nuestros descendientes la llama de la divinidad que ellos recibieron de los dioses. Nuestros antepasados son dioses, en los cuales encontramos la sabiduría y la fuerza para afrontar el destino. La estirpe, el linaje, la sippe, el kínder, la gens, todos estos conceptos nos hablan de una línea de sangre que se extiende desde la creación del hombre por los dioses y no tendrá fin. Nuestros mayores antes de salir de casa se dirigían a los Lares para pedirles protección en el mundo exterior. Al volver daban gracias por regresar otra vez con los suyos. Entorno del fuego se reunía la familia y siempre tenía presente a los ancestros. Los agasajaban con pasteles, bebidas, incienso y flores. A nuestros ancestros debemos dirigir oraciones, plegarias, deseos, pensamientos. Ante ellos necesitamos abrir nuestros corazones y mentes, pues en ellos tenemos no solo unos padres biológicos, sino unas fuerzas espirituales que nos fortalecen y purifican. Cuando estudiamos nuestra genealogía, recordamos como vivieron y murieron nuestros antepasados; tenemos modelos a seguir, en los errores y en los aciertos. El cristianismo en su afán de atrapar el alma indogermánica, creo a los santos, purgando todo aquello que consideraba amoral. Nuestra religiosidad es profundamente humana, todo lo humano es en sí mismo necesario, formando parte de un ecosistema. Por este motivo es tan importante tener presente los errores como los aciertos, pues es difícil acertar sin antes errar. No creemos en la perfección absoluta, es en sí misma absurda y fea. La belleza y la genialidad se producen por pequeños errores que nos permiten salir del camino trazado, descubriendo continentes que antes no existían. ¡Hail Ancestros!
  1. Familia: todos nacemos de unos padres, aunque hoy en día se pretenda crear familias sin un padre y una madre. Un ser humano se forma de la unión de un óvulo y un espermatozoide. Lo femenino y lo masculino son necesarios, son fuerzas diferentes y complementarias. Lo uno no puede existir sin lo otro. Por este motivo los odinistas creemos en la familia que heredamos de nuestros mayores, con sus defectos y virtudes. Cada generación debe adecuar las estructuras familiares a su tiempo, mejorando las relaciones, facilitando el desarrollo pleno de las potencialidades de sus miembros. Los pueblos europeos han permitido que el hombre y la mujer se desarrollasen mucho más que en otras culturas. El machismo no es propio de los pueblos indogermánicos. Las mujeres han gobernado la economía familiar con acierto, tomando decisiones que obligaban a todos los miembros. Las mujeres disponían de su herencia, de su dote y de su patrimonio que administraban con libertad. Las religiones abrahámicas impusieron un paternalismo exógeno. La mujer pagana romana, celta, germana y griega gozaba de mucha más libertad que las mujeres cristianas. El Odinismo por tanto lleva en sí mismo el espíritu de libertad y autonomía propias de las mujeres y los hombres indogermánicos.

Los hijos deben ser educados conforme al entender de los padres, sin intromisiones del estado en la familia, pues toda intromisión es una tiranía, aunque sea aprobada por ley en un parlamento. De esto nos advirtió Platón, la política debe estar en manos de filósofos, no de demagogos y ni sofistas.

  1. Pragmatismo Científico: la ciencia como creación del espíritu humano debe guíar el desarrollo del hombre y de la sociedad en su conjunto. La sociedad se crea como necesidad del hombre para afrontar su falta de adaptación al medio. Mediante el conocimiento práctico y la especulación científica los pueblos indogermánicos han podido desarrollar sociedades en la cuales la vida ha progresado. El europeo busca soluciones prácticas, el misticismo, si bien tiene su ámbito, no es la fuerza que guía las sociedades europeas como sucede en otras culturas. A través de la ciencia y la tecnología debe crearse sociedades en las cuales el hombre pueda desarrollar todas sus potencialidades. El arte en todas sus facetas son manifestaciones que divinizan al ser humano. ¡Quién no se estremece al ver los templos griegos, romanos, las catedrales, etc.! La misma ciencia a través del lenguaje matemático es una forma sublime de arte. Al leer una ecuación física que rige el comportamiento de los átomos en cualquier parte del Cosmos y en cualquier tiempo; ¡cómo no sentir el aliento de lo divino sobre nuestros cuerpos! La grandeza que hemos heredado de nuestros mayores es mucha, es nuestra obligación seguir aportando Belleza, Justicia y Bien a nuestros semejantes.
  1. Culto a la Naturaleza: nuestros antepasados siempre percibieron fuerzas divinas en los arroyos, las fuentes, los ríos, las montañas los bosques, en los animales. Los ríos poseían un numen y al adentrarse en sus márgenes pedían su permiso. El respeto y cuidado de la naturaleza era algo sagrado. Al sintonizar con las fuerzas de un río o de un bosque algo se mueve en nuestro interior, nos limpiamos y recobramos confianza en nosotros mismos. Vivimos en simbiosis con la naturaleza, cuando la destruimos nos estamos haciendo un daño irreparable. La economía actual no respeta la naturaleza, el ecologismo potenciado por los estados y ciertos partidos políticos es una falsedad. No atajan el mal, sino que con falsos remedios ocultan el daño irreversible que se está ocasionando. Son en el fondo semejantes a los charlatanes que vendían ungüentos que servían para curar una caries o limpiar el suelo. Mientras no se cambie el sistema productivo, el consumismo, el mercantilismo y la acumulación de capitales en multinacionales, la naturaleza irá muriendo y con ella nuestros espíritus. La hipocresía de las políticas de reciclaje basadas en poner la carga en las familias son inoperantes. Cuando se fabriquen cosas necesarias, diseñadas para durar y ser reparadas y no para ser consumidas y destruidas, entonces volveremos a un equilibrio con la Madre Naturaleza. El odinista ora al pasear por el bosque; simplemente con respirar, ver la luz entre las ramas de los árboles y sentir la humedad en la piel, entramos en sincronía con la Madre Naturaleza y ella nos enseña cosas inefables. En Ella se formaron nuestros cuerpos y a Ella regresaremos para dar vida a través de nuestra muerte.
  1. Culto Heroico: la vida odinista es una vida de retos imposibles. Lo banal, lo trivial, no tienen cabida. El odinista busca tensar la cuerda, alcanzar cotas inexploradas, conquistar mundos no soñados. Para ello dispone de unas armas divinas. Su cuerpo, genéticamente modificado por los dioses, pues no olvidemos que somos hijos de Odín y esto no es algo alegórico. Su mente regida por una lógica flexible (lógica difusa o borrosa) que le permite establecer algoritmos que establecen leyes donde otros no ven más que el azar y el caos. Una vitalidad que le lleva al esfuerzo y a la superación por la necesidad de dar rienda a su naturaleza. La voluntad de ser que le impele a realizar su destino, sin importar donde este le lleve. El odinista siempre triunfa, pues donde otros ven fracaso, por su visión del momento, el odinista ve éxito, pues la escala de tiempo del odinista es el milenio. El odinista lucha por la gloria de su linaje, su estirpe, su sippe, su tribu, su nación. Los dioses nos guían, pero también nos ponen zancadillas para que nos volvamos a levantar y así nuestra vida sea plenamente heroica. La lucha por y para la lucha. La naturaleza nos muestra como todos los seres son engranajes de un maravilloso cuerpo y estos se relacionan entre sí dialécticamente. Solo el odinista que vive su vida sin miedo alcanza la sabiduría heroica, transmutándose en un semidiós que iluminará a nuevas generaciones en pos de la gloria. Pidamos a los dioses y a nuestros ancestros que sepamos encontrar nuestra senda de lucha, que no busquemos atajos y nos enfrentemos a nuestros enemigos con todas nuestras fuerzas sin reservas. La mentira, el dogmatismo, el clericalismo, la cobardía, la globalización, el materialismo, la contaminación serán vencidas, no en este siglo ni en el que viene, pero sí en mil años, cuando un nuevo hombre y una nueva mujer, purificados de la mentira vivirán como lo que fuimos antes y como lo que volveremos a ser, hiperbóreos.

Fernando López de Prado y López,
Kindred Castilla, COE

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